SUEÑOS DE INSOMNIO
Juan Morera Peralta



¡¡¡SACERDOTES!!!


Sacerdote de Cristo, -sembrador-
que por el mundo la semilla
de tu vida esparces.
Sacerdote, que siembras y no miras
la semilla donde cae. Sacerdote.

Lágrimas muchas de estos ojos nacen;
lágrimas tantas como tus semillas;
lágrimas tantas como hojas al sauce;
Sacerdote.

Cuando fueres sembrando y no vieres el surco;
cuando fueres arando y el arado no avance;
cuando hollaren tus plantas collados abruptos;
cuando incienso ofrecieres que el huracán lo apague;
cuando en la era veas, con placeres muy justos
apretarse en gavillas la semilla;
las gavillas en haces;
cuando vieres las nubes cerner su sombra aciaga,
y tus labios cerrarse con la postrera nota de la mejor tonada;
no se cierre tu mano, sacerdote;
no escondas en la alforja la semilla;
no apagues en tu pecho los cantares;
no nublen tu mirada las pestañas;
uno será el que siembra;
uno el que riega;
uno el sudor y la semilla,
sin saber dónde cae;...
pero, de recoger, el que recoge,
¿no tiene muchas trazas?

Cuando vayas sembrando, sacerdote,
y a tus pies falte tierra,
o tu mirada advierta que son las landas muchas,
y son pocas las fuerzas,
y son dos manos pocas, para esparcir el grano
y recoger frutos y flores,
e inmenso el poderío y eres tú solo, las mesnadas;
recuerda de estos ojos que están vertiendo lágrimas;
recuerda al noviciado y en él a tus hermanos,
que ocultan en silencio
con sus mejores ansias,
-y son tus mismas ansias-
seiis alas, cada uno, de cuatro aves bicéfalas.

Si vuestros pies se hieren
con los hielos, los cardos,
o el ardor de vuestros pasos,
desplegad vuestras alas de águila;
elevad vuestro vuelo caudal;
despejad la mirada, hecha a ver en el rescoldo brasas,
y aguzad los oídos, amigos del cantar,
y volverán a despertar, mejor, no se os adormirán,
los vigores que en sueños hubísteis concebido.

Sacerdote de Cristo, sembrador...
no es tu largo piar una ilusión.
Sacerdote de Cristo
sembrador, en flor,
al jardinero que podó tu tallo,
lastimando sus manos,
tenle al alcance, el cáliz presto, siempre,
y en él la sangre vierte de sus yemas,
avezadas a la poda de espinas con tijeras de nieve,
y ofrécele en tu cáliz, con tu flor la otra flor,
de cada espina que arranque, cuajada de su sangre.

Sacerdote de Cristo,
sembrador,
de la ofensa haz cariño;
haz del pecado amor.
¡¡¡Sacerdote de Cristo
sembrador!!!

Algo no limpio imagino
en la sociedad sin ley;
la suciedad me barrunto
por la autoridad infiel.
Persigue a la que camina.
Le cobra impuesto al burdel.
Así dijo Juana Inés:
¿A quién queréis más culpar,
aunque cualquiera mal haga,
a quién peca por la paga,
o a quién paga por pecar?
Queredlas cual las hacéis.
O hacedlas cual las queréis.





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