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La predicación por los signos Los milagros de Jesús son parte de su mensaje. Cada milagro es un signo a través del cual Jesús intenta clarificar el plan de salvación de Dios a realizarse en la historia humana. Jesús inaugura su vida pública con un milagro, a todas luces alegre, y hasta podría pensarse un tanto profano: el milagro de la Boda de Caná. Son muchas las enseñanzas que se pueden extraer de este signo, pero lo que queda claro es que remedia una necesidad. Ante la posibilidad de que los contrayentes queden en ridículo con los invitados por la falta de vino, Jesús interviene y hace que ese previsible reproche a quienes comienzan a gozar de la felicidad de la unión, de pareja en el amor, desaparezca. No ha cortado la alegría de la fiesta sino que ha intervenido para que la felicidad, incluso la más natural y mundana, perdure. Pero, además de este gesto visible y tangible, que solucionó una necesidad material y social, está la proyección del mensaje. Todo signo es acreedor a otros mensajes implícitos en lo explícito. El milagro está ahí para comunicar algo más, y ese algo más, lo explica Juan en su Evangelio: "Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos". (Jn. 2.11). Pues adelantó "la hora" a instancias de su madre. "La hora" de Jesús era la salvación liberadora de la humanidad. Y es que la fe se apoya también en estos hechos materiales. Los seguidores de Jesús tenían necesidad de saber quién era ese profeta al que ya seguían. Todavía no podían entender la realidad total y divina que cubría la humanidad de Jesús. Aparece el signo, y aparece, logicamente, como una especie de garantía de que el camino que ya han emprendido no es el equivocado. En otras palabras, que Jesús al que siguen es alguien creible porque es capaz de realizar las esperanzas soñadas y remediar las necesidades concretas. Todo milagro es una comunicación del remedio. Jesús logra algo para alguien y, además, proyecta ese logro para que los espectadores, valga decir, los receptores, saquen las consecuencias. Juan Pablo II, lo ha enseñado catequéticamente de esta manera: "Los milagros y signos que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada de la fe. Esta llamada con relación al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro; más aún, es condición para que se realice. La fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él". Este milagro de las Bodas en Caná, y según el relato de Juan, se ubica en la última de las estrategias descritas por Juan Pablo II. Los discípulos, receptores-espectadores, "creyeron en Él". La intensidad de esta creencia es un punto aparte, y muy posiblemente en ese momento los discípulos captaron con mayor intensidad la "misión mesiánica de Jesús que la venida del reino de Dios a la manera como el mismo Jesús lo predicaría más adelante". En cualquiera de los casos, el proceso de comunicación se ha dado y el efecto se ha conseguido. O los efectos: María, novios, comensales y discípulos, aunque en tonos diferentes para cada uno de los afectados. El milagro ha sido utilizado. Se presenta también el milagro como la respuesta de Jesús a las solicitudes humanas, a las necesidades de los necesitados. El milagro de Caná parte de una solicitud: la de su Madre. La resurrección de la hija de Jairo es la respuesta a la solicitud de éste. Marta solicita la resurrección de su hermano Lázaro. La mujer que padecía de hemorragia desde hacía doce años hizo su solicitud de curación tocándolo, sin mediar palabra previa, con un gesto comunicativo más allá de las interpretaciones defectuosas. El ciego Bartimeo hizo su solicitud a gritos. La desesperada solicitud de la mujer cananea rogando la expulsión del demonio que atormentaba a su hija. El ruego del paralítico, con el que sus familiares se inventan el truco de abrir un agujero para colocarlo ante Jesús. Y así otros. La respuesta de Jesús a las peticiones de los necesitados se efectúa a través de signos, los cuales, evidentemente, transmiten otros mensajes. Algunos de estos signos aparentemente son "ilegales". El ejemplo clásico es el del ciego de nacimiento. (Jn. 9 ss.) No es posible dudar sobre la ignorancia de la Ley de parte de Jesús. Más aún, cuando los garantes de la Ley le recriminan por lo realizado, Él no se excusa: se defiende con argumentos extralegales, pero humanos. Es decir, el mensaje del signo ya realizado se extiende y profundiza mucho más allá del efecto inmediato: la curación. Su mensaje es metacomunicacional porque trasciende la significación primera en pos de una significación más profunda. Una vez contemplado el portento, innegable, pues está a la vista, "algunos fariseos decían: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado". Es decir, para los fariseos el signo realizado se constituía en un antivalor, en una ruptura del hombre con la comunicación divina por quebrantamiento de la Ley. Es una anticomunicación. Lo curioso de todo esto, según el relato joáneo, es que los opositores no llegaban a ponerse de acuerdo sobre el valor comunicacional del signo. En efecto, nadie podía quebrantar la Ley, y quien lo hiciera, incurriría en pecado. ¿Cómo, entonces, un pecador podía realizar semejantes portentos?. Los signos de Jesús, y su persona, y su mensaje, chocaban con la interferencia comunicacional de la Ley; lo cual suscitaba, en los receptores, cierto tipo de dudas. Los acusadores de Jesús, aferrados a la Ley, despreciarían el signo y sus consecuencias para defender lo establecido: otro tipo de noticias, otros mensajes. Otros, en cambio, comenzarían a dudar del valor absoluto de lo establecido: "¿Pero cómo puede un pecador realizar semejantes señales?", "Y no se ponían de acuerdo". Lo más fácil, ante esta disyuntiva, era dudar de la realidad del signo. Y se vieron en la necesidad de llamar a los padres del afectado para comprobar donde estaba el truco: si era en el ciego o si en el taumaturgo. Ante la evidencia comprobada, los legalistas no tuvieron más que un tipo de respuesta; la dictatorial: expulsar al ciego de la sinagoga, del lugar donde se encuentra la "verdad", donde se dogmatiza el mensaje. La contrarrespuesta de Jesús ante semejante atropello no deja de ser contundente: "Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: vemos, vuestro pecado permanece". Juan, juega con la dicotomía comunicacional de la luz y las tinieblas. Las contradicciones aparentes proyectan un significado nuevo. El mensaje del signo está en trascender la ceguera material. La visión física no necesariamente es la visión auténtica, y hay más ciegos con ojos que ciegos de nacimiento. ¿Cómo puede curarse a uno que se niega a ver? ¿Cuales son las interferencias contextuales (sociales y religiosas) que impiden la captación de una realidad nueva?. En este caso concreto ya se ha anotado que el aferrarse ciegamente a una Ley deshumanizada se constituye en muro para captar el auténtico mensaje, ese que trasciende a lo puramente material. El análisis de cada uno de los signos obrados por Jesús nos remitirá a significaciones con una base común. Pero, además, significaciones pluralistas, con mensajes apropiados para la categoría de cada uno de los receptores. Como ya se ha dicho, los receptores de los milagros no son solamente los beneficiarios directos sino los espectadores-receptores de distinta categoría. Esto es, la codificación del mensaje, a pesar de ser concreta, no es cerrada, no es partidista. La grandeza de la codificación reside en la aceptabilidad de la misma por parte de los distintos recipientarios. Mientras a unos salva, porque la aceptan tal cual, otros se condenan éllos mismos, porque la rechazan. Mientras para unos se convierte en mensaje de salvación, es decir, hace que vean, para otros se convierte en tinieblas: se hacen más ciegos. Se trata, por ende, de la disposición de cada quién ante el signo, ante la noticia. Luz y tinieblas. Salvación y condenación. Libertad y encadenamiento. Verdad y mentira. |