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La predicación profética. Jesús es un profeta. Y como tal fue identificado. Su lenguaje aparece sinónimo al lenguaje de los profetas del Antiguo Testamento. No se descarta en él ni la dulzura ni la ira. Leonardo Boff, en su obra Jesucristo, el libertador, lo sintetiza en este párrafo: "El mensaje de Jesús es de radical y total liberación de la condición humana de todos esos elementos alienatorios. Él mismo ya se presenta como el hombre nuevo (como el comunicador distinto), de nueva creación, reconciliada consigo mismo y con Dios. Sus palabras y actitudes revelan a alguien liberado de las complicaciones que los hombres y la historia del pecado crearon. Ve con ojos perspicaces las realidades más complejas y simples y va luego a lo esencial de las cosas. Sabe decirlas breve, concisa y exactamente. Manifiesta un extraordinario buen sentido que sorprende a todos los que están a su alrededor. Tal vez este hecho haya dado origen a la cristología, esto es, a la tentativa de la fe de descifrar el origen de la originalidad de Jesús y de responder a la pregunta: ¿pero quién eres al fin, Tú, Jesús de Nazaret?". (L. Boff: Jesucristo, el liberador, Latinoamericana de Libros S.R.L. Buenos Aires, 1975, p. 95). Este es el retrato de un auténtico comunicador y del estilo que utiliza. Como profeta es conciso y no se anda con rodeos. Jesús es duro en ocasiones. La dureza no la lanza contra los débiles sino contra los "duros de corazón". Con los profanadores del templo apela inclusive a la violencia física. Ya no sólo se esfuerza en el tono de voz sino que coge el látigo. Era una forma contundente y profética de lanzar el mensaje contra los profanadores del templo, casa de oración, de comunicación con Dios, profanadores en un sentido, por cierto, muy peculiar: la utilización de la religión como negocio. El mensaje de Jesús, cuando va destinado a los fariseos y mantenedores de la Ley y de la escrupulosidad de la práctica es francamente contundente. Palabras como hipócritas, raza de víboras, hay que entenderlas en un contexto de denuncia profética. Esas condenatorias frases de "¡Ay de vosotros...!", aparecen a los oídos de los receptores, como injurias. Así se quejan los legalistas: "Maestro, diciendo estas cosas también nos injurias a nosotros". Pero Él dijo: "¡Ay también de vosotros, los legalistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!". (Lc. 8.45) Jesús, para que su mensaje llegue allí donde tiene que llegar, se ubica en el contexto de los destinatarios: para los duros e intransigentes, duro e intransigente; para los desafortunados y débiles, dulce. Por no quedar fuera no quedó ni el contexto de los niños, a quienes acariciaba y aplaudía sus gritos y algarabías, como en el episodio de la entrada en Jerusalén. El mensaje enviado a Herodes a través de emisarios tiene una significación especial: "Decidle a ese zorro...". Herodes había ordenado matar a Juan, el bautista, y contra ese crimen Jesús utilizó el desprecio y el anatema, tal cual lo hacían los más agrios de los profetas precedentes. La táctica del lenguaje profético es el realismo: el social y el religioso. La irrealidad religiosa era atacada en cuanto falsa, en cuanto ocultadora de una realidad que tiene como eje central las relaciones amorosas entre Dios y el hombe. Las prácticas, por muy legales que fueran, jamás podrían atentar contra la dignidad humana. Es sintomático, como ya habrán observado exégetas y teólogos, que Jesús nunca utilizó la palabra "obediencia", y no porque se tratara de una palabra ajena al plan divino (Él fue obediente hasta la muerte, y muerte en cruz, según lo expresa Pablo de Tarso), sino porque tal concepto estaba degradado por la práctica de la legislación vigente. Una obediencia insensata podía anular la libertad en las relaciones hombre-Dios, podía cortar la comunicación auténtica. Cuando la obediencia se toma en el significado exclusivo de sometimiento al orden establecido queda automáticamente devaluado su significado y corre el riesgo de convertirse en sumisión irracional, en silencio cómplice, en incomunicación, utilizable así por quienes están interesados en mantener el desorden social y religioso. De ahí que la obediencia, en lugar de ser una virtud se convierta en un vicio, en vez de ser camino hacia la felicidad se convierta en refuerzo para favorecer a la opresión. Y el mensaje de Jesús, por ser eminentemente liberador, no podía caer en la trampa de auspiciar, aún con el lenguaje, un estado irracional. Se trata, por lo tanto, de un lenguaje que se ciñe al resultado de un diagnóstico socio-político de la situación presente. Igual que era proféticamente dura, era proféticamente dulce. Todos los milagros, ya se ha dicho, parten de un acto de compasión hacia el afectado. Los milagros son, evidentemente, signos para probar el mensaje profético de Jesús. |