La predicación parabólica.

No se trata, ciertamente de un estilo literario que pretenda, en base a la utilización de la parábola, la belleza estética. También es verdad que esta no queda excluida; pero no como objetivo último sino como medio inherente a lo comunicacional de la parábola.

Si Jesús utiliza la parábola es porque sus oyentes viven en un contexto comunicacional parabólico. Habla de los lirios del campo, de los pájaros, de pastores y ovejas, de viñas y viñadores, de negocios e inversiones (Lc. 19,14ss.; Mt. 25,14ss.), de las relaciones padre-hijo, de la importancia de los puestos en los banquetes, de lo que se pierde: una oveja, una dracma, un hijo; de semillas, de higueras estériles, de puertas angostas, de lámparas, de ballenas, de siembra y recolección..., y de tantas otras cosas que constituyen el contexto normal y natural de sus oyentes y de la misma vida.

No le resulta a sus receptores complicado extraer el mensaje comparativo que emerge de toda metáfora. Porque no son metáforas abstractas, alejadas de la realidad, sino comparaciones que se dan en la vida corriente.

En ocasiones las metáforas y parábolas utilizadas por Jesús son para dulcificar la vida; a veces para criticar situaciones y contextos; en ocasiones para instar a la rectificación.

Son como sugerencias curativas, pero no moralizantes. Jesús eliminó de su mensaje todo moralismo barato, precisamente para anunciar la moral de los tiempos nuevos, la moral cuya base se asienta en el amor.

Si bien es cierto que la palabra obediencia, por su significado devaluado, quedó excluida de su léxico, no así la palabra amor. Esta constituye la base de toda comunicación, tanto en las relaciones de los hombres entre sí como en las relaciones de las personas con Dios. El amor es la clave del mensaje de Jesús, y los ataques que dirige van todos encaminados hacia los hombres y contra las actitudes que impiden la realización y concreción de este mensaje. Actitudes no sólo de tipo personal sino también de tipo social y religioso.

Las parábolas de Jesús ahondan en esta dirección: la parábola del sembrador se fija en la semilla que cae en la tierra buena o mala, es decir, allí donde el amor puede fructificar o no. Exactamente lo mismo ocurre con la parábola del hijo pródigo donde se muestra la respuesta amorosa del padre aún a costa de los reproches del hijo mayor y obediente. Se nota una contraposición entre el egoísmo y mezquindad, que es lo que mata al amor, y éste que es el que devuelve la felicidad, la estabilidad, gracias al retorno a la casa paterna, símbolo de amor y comprensión y perdón del Padre.

No es el caso de ir analizando una a una todas las parábolas de Jesús, pero sí dejar constancia de que en cualquiera de ellas se observa, en una forma u otra, el rasgo amoroso.


La predicación contestataria por el lenguaje común.

Si las parábolas están acopladas a lo más común del entendimiento y capacidad de comprensión de los receptores-pueblo, el léxico utilizado por Jesús luce de lo más sencillo. No se muestra como un intelectual. La codificación de su mensaje va a tono con el contexto del común de la gente.

Con muchísima frecuencia, sobre todo a la hora de responder a preguntas capciosas, Jesús utiliza la técnica de las máximas: "No necesitan médico los sanos, sino los que se encuentran mal". No hay nadie que no entienda esta disyuntiva. Pero de la captación de este mensaje tan sencillo y si se quiere de perogrullo, viene la otra: "No he venido a llamar a conversión a los justos sino a los pecadores" (Lc. 5.32). Se le estaba reprochando el trato que tanto Él como sus compañeros tenían con publicanos y pecadores.

Pero, además, esta forma de estructurar su respuesta llevaba implícito otro mensaje capcioso que no se les escapaba a los capciosos interrogadores: éllos, considerados por sí mismos como justos y elegidos de Yahvé, comenzaban a formar parte de una clase social que no era de las preferencias de Jesús. Estaba marcando una diferencia radical entre aquellos que estaban dispuestos, o eran aptos, para protagonizar una conversión y para ser integrantes de hecho y derecho del nuevo reino anunciado, y entre aquellos otros que, por considerarse dueños de una verdad y una práctica se acomodaban en la vieja vida y se cerraban a su mensaje salvador.

El mensaje de Jesús marca, bien directa bien indirectamente, estas clases socio-religiosas. Es decir, destaca una realidad social estructurada en base al rechazo de unos y a la aceptación de otros; estructura basada en principios de corte netamente legalista.

Esta ruptura legalista la formuló Jesús en varios eslóganes, los cuales quedan resumidos en este: "Señor es del sábado el Hijo del Hombre". O en este: "No está hecho el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre".

No se trataba tanto de la licitud o ilicitud de que los discípulos arrancaran unas espigas para comérselas en día prohibido. Era, sobre todo, la defensa del principio de que no hay ley que pueda impedir la satisfacción urgente de las más elementales necesidades humanas. La comida, entre ellas. Si comer espigas no era una alimentación adecuada, menos adecuada era la capciosa objeción: "¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado?".

Este simbolismo de la absurda sacralidad del sábado fue uno de los más atacados por Jesús. No pocos de sus milagros fueron realizados en este día de descanso legal. Jesús se empeña en demostrar la importancia del hombre sobre las instituciones y el carácter sagrado de éstas.

Las respuestas que Jesús da al Tentador también gozan de la calidad del eslogan comunicador sencillo: "No sólo de pan vive el hombre. Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás. No tentarás al Señor tu Dios". Son respuestas válidas no solamente para auyentar al Tentador, sino como principios éticos para la acción y el comportamiento humanos. Lo mismo ocurre con la respuesta que da a quienes le interrogan sobre la validez de los impuestos: "Dad al César lo que es del César".

Los ejemplos se pueden multiplicar. Baste recordar que el lenguaje utilizado por Jesús es de corte normal, absolutamente popular, acoplado a las circunstancias y a los contextos. Oscila entre la indignación y la dulzura. Habla al pueblo en máximas, sin excesivo desarrollo del principio formulado. El sermón en la montaña es, sin duda, uno de los mejores exponentes: bienaventurados unos, malaventurados otros.

Su predicación oscila entre el perdón y la condena, con la característica de que son perdonados precisamente los anatemizados por la sociedad y son condenados los "cumplidores" y legalistas.


El amor como base de la comunicación

Todo lo expuesto se resume en que el mensaje de Jesús se ancla en el amor como comunicación, como común unión. El mensaje del amor es de radicalidad total, llega hasta el enemigo: "Amad a vuetros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldicen, rogad por los que os maltraten" (Lc. 6.27ss). En esto consiste precisamente la novedad del mensaje de Jesús en contraposición al antiguo principio del "diente por diente y ojo por ojo".

Pero este mensaje del amor y del perdón no lleva implícita la resignación absurda, esa que se constituye en cómplice para que prospere el mal y la injusticia. De no ser así, su mensaje contra Herodes, los escribas y fariseos, no hubiese sido tan radical y, en apariencia, tan desconsiderado y apocalíptico. Y es que el mensaje de amor lleva implícito la oposición contra quienes, o contra lo que no permite el desarrollo del amor. De ahí que Jesús de Nazaret no lanzara un mensaje de resignación sino de lucha a través del amor.

Un amor no teórico, no de formulación abstracta: un amor de dar de comer, de beber, de consolar a la viuda, de practicar la justicia. Un amor activo, de relación hombre-Dios. Un amor inclusive de muerte en cruz. El amor pasa por el tamiz de la verificación o no es amor.

Lo hemos ejemplarizado ya con los milagros: Dios se manifiesta a través de signos misericordiosos, concretos y liberadores. Y de ahí debe partir el ejercicio del amor del hombre hacia Dios: con gestos amorosos. Quien diga que ama a Dios sin amar al prójimo, sin tomarlo en cuenta, es un mentiroso, según la máxima de Juan. La ofrenda no tiene valor sacramental si tiene el impedimento del odio: deja la ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.



ESTRATEGIAS COMUNICACIONALES DE LA IGLESIA
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