El público según el nivel de instrucción
Otro de los grandes condicionamientos a tener en cuenta a la hora de catalogar a los públicos, es la instrucción, la educación programada que se ha realizado, uno de los elementos más significativos a tener en cuenta a la hora de la utilización de códigos para el ensamblaje de los mensajes a ser comunicados.
La mayor parte de los mensajes-documento elaborados por las altas jerarquías eclesiásticas están codificados mediante un lenguaje no apto para la instrucción de las mayorías. Para ello sería necesario una re-edición del documento, una re-codificación del mensaje. Quizá se abusa de una terminología bíblico-teológica no en consonancia con la instrucción de los fieles-masa.
Y en este sentido, valiéndose de las modernas técnicas de la comunicación y de los modernos medios de transmisión del mensaje, los agentes de pastoral deberían hacer un esfuerzo máximo para la "aclaración" del mensaje en función del público al que va destinado.
Es evidente que no puede codificarse igual para los "teólogos" que para los creyentes de a pie. Inclusive es evidente que no puede codificarse igual el mismo mensaje para los fieles de la cultura occidental o para los de la cultura oriental, para los sumidos en la pobreza o para los definitivamente estables económicamente.
La instrucción es también un condicionante, y de no poca monta, a la hora de poder captar el mensaje con la intensidad debida.
El analfabetismo, hoy por hoy, es todavía uno de los grandes males que aquejan a grandes zonas de la humanidad.
Aunque el problema real, serio, no es solamente el analfabetismo crónico, sino ese otro que se nos viene encima: el analfabetismo de no poseer juicio crítico suficiente, de no tener sistemas de valores apropiados para poder enjuiciar la vida y sus acontecimientos, el mirar a la vida bajo un sólo ángulo, en no poder discernir entre lo justo y lo injusto, el no poder darse cuenta de cuales son los verdaderos problemas que afectan al hombre en la actualidad..., y un sin fin de preguntas que podríamos hacernos y que, no cabe la menor duda, están también en función de la instrucción.
Está comprobado psicológicamente que los públicos de baja cultura y de baja instrucción no tienen los mismos gustos, ni responden a las mismas motivaciones que los públicos de cultura media o de cultura superior.
También el status está en función de la instrucción. De ahí que se tenga en mayor estima y reconocimiento a una persona que luzca un título universitario que a otra intitulada. No afirmamos que esto deba de ser así, simplemente constatamos que, desgraciadamente, así es. Tratamos de constatar los hechos, no los enjuiciamos.
El público según las creencias religiosas
La religión es otro de los factores que inciden en los públicos y bajo el cual podemos también distinguir y clasificar a éstos.
Vivimos en un mundo desacralizado, donde la técnica ha ido robándole a Dios el puesto de credibilidad, es decir, de fe, que hasta ahora tenía. Los mitos religiosos han ido desapareciendo lentamente. Las propias religiones han procurado madurar sus creencias y han formulado dogmas menos radicalizados, más a tono con la situación actual en la que vive el mundo.
Sin embargo, las grandes religiones todavía siguen teniendo peso y hasta es posible que a estas alturas de agonía del siglo las religiones estén nuevamente recuperando parte del terreno perdido.
En una sociedad como la nuestra, dominada casi exclusivamente por la idea de la religión católica, los condicionamientos son realmente fuertes. Pensemos en temas como la indisolubilidad del matrimonio, el aborto, la contracepción..., por enumerar tres de los que actualmente están en el tapete de la opinión pública.
Los verdaderos creyentes, los practicantes de la forma religiosa, aceptan los postulados de la Iglesia sin ninguna posibilidad de discusión, de entredicho. Otros, los más liberales, los cuestionan, al menos los ponen entre paréntesis.
Lo cierto es que cualquiera de estos temas enumerados saltan a la luz pública a la menor insinuación Papal y repercuten en toda la estructura social. No harán mella en los ateos, en los indiferentes o en los pertenecientes a otros credos, pero sí en la conciencia cristiana.
Por otra parte, cualquier religión tiene sus reglas de juego y los súbditos, en mayor o menor grado, las aceptan y las practican. Unas reglas de juego que a veces no coinciden con el común vivir de la mayor parte de los ciudadanos.
Los públicos están también afectados por las creencias, y no en pequeña medida.