EL MENSAJETécnicamente hablando, el mensaje es el contenido significativo del proceso de comunicación. Un estudio del proceso de la comunicación no debe detenerse en la clase de mensaje. Para este proceso lo objetivo es que exista un mensaje. Cuando se habla del mensaje como algo neutro solamente puede ser aceptado en este sentido del proceso de comuncación. Sin embargo, el mensaje lleva siempre, inherente, un contenido, esto es, un significado intencionado. En el proceso de comuncación interesa, pues, que exista un mensaje, independientemente de su calidad, de su intencionalidad, de su finalidad. Sin embargo, el problema es más profundo, pues todo mensaje es un significado y el significado está en función de una intencionalidad, lo queramos o no. La intencionalidad será más o menos manifiesta, perseguirá objetivos más o menos ocultos, pero la finalidad en el significado es imprescindible. Cuando decimos que el mensaje es el contenido significativo de la comunicación estamos en lo cierto. Y es que en ese contenido es donde se encuentra el objetivo de la comunicación: bien se trate de comunicación eminentemente interpersonal, bien de comunicación para las masas o bien de comunicación simplemente informativa. El mensaje es el contenido real de toda comunicación. Y cuando decimos "real" nos estamos refiriendo a todas las implicaciones que tiene el significado. Lo cierto es que no se puede desligar el mensaje de su contenido. Y más teniendo en cuenta que, en la mayor parte de las veces, y en este proceso de la comunicación masiva, ya no se puede hablar de un solo contenido en un determinado mensaje sino de la duplicidad o multiplicidad de contenidos o, de lo que se ha dado en llamar, de contenidos paralelos. Esto, evidentemente, nos lleva a plantearnos el qué del contenido del mensaje, o el significado del significado. Hay, o puede haber, varios significados dentro de un mismo significado o dentro de un mismo mensaje. En este sentido de la utilización de contenidos paralelos se pronunció el obispo venezolano, Pío Bello, al afirmar que los Medios de comuncación "no resultan educativos sino todo lo contrario, deseducativos; es decir, pregonan una serie de falsos valores y pregonan una serie de conductas inaceptables socialmente, tales como la violencia, el hedonismo, el consumismo y otros; de tal manera que las personas que ven esos programas se sienten llamados, de una manera falsa, pero realmente llamados a imitar esos modelos como si ellos fueran de verdad y dando la impresión a la gente, por la otra parte, de que esos falsos modelos de mala conducta, violencia, falta de solidaridad egoísta, etc., fueran la verdad y muchas gentes tienden a interpretar así lo que muestra la televisión es lo común y lo normal". Muchos de estos contenidos paralelos, significados aparentes, latentes, connotativos o como quiera llamárseles, vienen ya implícitos a la hora de la selección de los códigos para el ensamblaje del que podemos denominar significado principal. Ocurre que, a veces, el significado principal, una vez cumplido su objetivo, se desvanece para dar paso a esa otra cantidad de mensajes secundarios que terminan motivando al receptor hacia otros objetivos. Cuando se habla, por ejemplo, de que los mensajes inducen a la violencia, no es porque, en principio, se instigue a la violencia; se trata simplemente de que el mensaje principal ha sido ubicado, codificado, en un contexto de violencia que puede tornarse hasta atrayente, porque, en principio, pareciera haber logrado un objetivo justo. Si para lograr un determinado bien hay que matar, pareciera decirse que el matar viene a ser el medio idóneo para la consecución del bien; por ende, no sólo está permitido sino que aparece como la solución única y por ende, moral. Una conclusión que no necesariamente ha de aparecer a nivel consciente, superficial, pero sí condición eficaz para la conquista del bien apetecido, deseado. Surge, entonces, como válido el principio de que el fin justifica los medios, o el más antiguo del diente por diente y ojo por ojo. En esto opera con evidente eficacia el código de la imitación del ídolo; un ídolo que puede encarnar a una persona real o a una persona ficticia, esto es, a un protagonista novelesco. Lo que se dice para el caso del contexto de violencia sirve para otros temas tantas veces denunciados por psicólogos, sociólogos, teólogos o simples analistas de los Medios de comunicación social. "Los modelos falsos" a los que se ha hecho referencia anteriormente son de muy diversa categoría. Y también estos modelos falsos o no acordes con el sentimiento y el procedimiento del común, responden a una codificación establecida. La comunicación publicitaria vende en base a modelos de la más diversa índole: modelos de belleza, modelos de categoría social, modelos de desenvolvimiento, modelos de prestigio profesional, modelos en los que el factor económico es evidente, etc. Y esto, a la larga, crea un tipo de complejo o frustación social, cuando el gran público se percata de que lo propuesto es para él inalcanzable, con todo lo que esto significa tanto a nivel de la realización personal como de las relaciones sociales. Aún en el caso de que tales modelos o, sobre todo, parte de ellos, puedan ser alcanzados por algunos "privilegiados" la frustación no disminuye sino que adquiere otra categoría: la del vacío existencial, la del comportamiento ficticio, la de la actuación fingida, la del desdoblamiemto imprevisto: el personaje, muy en el fondo de sí, pasa a convertirse en un personaje-otro, en alguien que se mira al espejo sin reconocer su propio espíritu. Otro de los puntos a tener en cuenta a la hora de reflexionar sobre el contenido del mensaje, es el contenido de la programación en general y hacia quien va dirigido dicho contenido: es decir, quien es y cómo es el receptor y como está o no está preparado para asimilar sin frustración la programación y el contenido de la misma. Pero esto es un asunto para ser abordado más adelante, cuando afrontemos el tema del receptor. Los Medios de comunicación social, y todos y cada uno de los elementos que constituyen el proceso de la comunicación masiva, no pueden ser evaluados en abstracto. Si algo es eminentemente concreto es el acto comunicativo. Estos elementos del proceso comunicativo actúan en una determinada sociedad, la cual tiene unas relaciones complejas. De ahí el cuidado sumo a la hora de la elección de la programación, de la selección de programas que están enmarcados en el contexto de relaciones sociales distintas a la nuestra. Aquí reside lo que en tantas veces se ha criticado como la infiltración cultural en base a los "enlatados". Son muchos, y de muy variada categoría, los condicionantes del contenido del mensaje televisivo. Algunos de ellos, y en forma esquemática, fueron señalados por el sacerdote jesuita Arturo Sosa en una entevista. Por ejemplo, pareciera que los denominados "programas de opinión" actuarían como una especie de pararrayos que mitigaran la cantidad de deformaciones a que se somete a la información; es decir, que la objetividad pareciera salir a flote gracias a esos programas. El sacerdote jesuita afirma categóricamente que en tales programas no existe ninguna representación del país "porque siempre es la misma elite política la que es invitada a estos espacios audiovisuales. Ahí no opina el país, ahí sólo lo hace un reducido grupo de gente". Si esto es así, como efectivamente lo es, habría que buscar alternativas viables, como la implementación de espacios de opinión, perfectamente elaborados, y con el cuidado, esmero y técnicas adecuadas, para la gente del común, pero no por esnobismo ni ocasionalmente, ni buscando excusas para la "compensación", sino como auténtica base de una programación que tienda a la objetividad y al equilibrio de las fuerzas de opinión que integran las relaciones sociales. Esto adquiere más relevancia en momentos conflictivos, y por ende, de auténtica decisión del común, porque pueden ser intentos de desestabilización del sistema vigente. ¿No sería una auténtica programación social efectiva el implementar programas de opinión que sean manejados por el común y no por los intereses de los protagonistas del conflicto social?. Porque de lo contrario nos exponemos a una manipulación afianzada en eslóganes que suenan trascendentes pero que no son más que puro camuflaje. Efectivamente, "una de las grandes dificultades de la televisión es que se trata de un Medio pasivo para el espectador; o sea, el televidente observa la televisión y además adopta una actitud pasiva ante la programación y en que no puede decidir en nada". Pasiva en el sentido de que se trata de un receptor sin decisión, auténticamente receptor, esto es, almacenador; ahí van quedando los mensajes y aunque no surtan efecto en el mismo momento, poco a poco van saturando el espacio emotivo del receptor; cuando salgan a flote actuarán en forma "natural", como si se tratara de algo inevitable, que no pudiera ser de otra manera. Así que el receptor es pasivo en cuanto almacenador de contenidos, y que los sufre. Cuando actúa lo hace presionado por las motivaciones que se han adueñado de él. Por lo tanto el fondo del planteamiento es quién maneja la televisión, como cualquier otro instrumento; así como para qué la maneja. Si la televisión no forma parte de un proceso social organizativo más amplio siempre va a ser el mensaje del dueño del Medio el que prevalece sobre el conjunto de la sociedad, sin que haya ninguna articulación entre ellos. Sabemos que la televisión que tenemos está articulada a un tipo de correlación de fuerzas, a un modelo social y a un tipo de poder político. Un diagnóstico de este cariz pareciera sumirnos en un contexto fatalista, de resignación, de imposibilidad. Si esto es así, como seguramente lo es, la conclusión pareciera clara: la sumisión a la dictadura de la estructura de los Medios, la cual ha sido hecha así y no hay posibilidad de cambiarla. La Iglesia católica se ha quejado de esto en muchas oportunidades; a veces oportunamente, otras no tanto. Lo cierto es que la Iglesia latinoamericana está sumamente preocupada por la programación que se viene imponiendo en nuestras empresas televisivas, de la que no escapan ni siquiera las televisiones estatales. Los obispos insisten en que "Las programaciones de la televisión privada son dañinas, son producciones de países industrializados, éticamente decadentes que, sumadas a producciones nacionales trasculturizadas son productos altamente destructivos". Un juicio realmente apocalíptico. Para la Iglesia católica esta degradación del mensaje televisivo estriva fundamentalmente en la escalada programación tanto del sexo degradado como de la degradante violencia. Quizá no sean los únicos tópicos, y hasta podría asegurarse que ni siquiera los más importantes en eso de la ética decadente y de la trasculturización, pero sí son los que más preocupan a la Iglesia. Al parecer, la Iglesia latinoamericana quiere poner el cascabel a un gato que no se le amilana a la hora de seguir lanzando arañazos. Y creemos que este asunto lo han clarificado mejor los empresarios televisivos que la misma Iglesia, al afirmar que "la Iglesia había llegado tarde al manejo de la televisión". Lo correcto es pensar que la Iglesia no ha tenido éxito en su mensaje de educación cristiana de los Medios de comunicación. Los criterios de ética y moral, predicados por la Iglesia, carecen de soporte a la hora de planificar una programación televisiva, es decir, no tienen rating. Los representantes de la Iglesia católica se han preocupado más de "regañar" que de orientar, más de divulgar lo que a su juicio es malo que en demostrar lo que, también a su juicio, debe de ser correcto; más en denigrar de lo negativo que en proporcionar pautas para el ensamblaje televisivo de lo positivo. Es decir, que "han llegado tarde" a la hora de enderezar este entuerto de la programación de la televisión. La típica sospecha con respecto al mensaje de la Iglesia sigue siendo la de siempre: que se trata de un mensaje sumamente aburrido. No que lo sea sino que se muestra como tal. El codificador religioso continúa siendo típico y tópico: misas dominicales, homilías de idéntico corte, consejos paternalistas, bendiciones desde el Vaticano, Viacrucis y algunos viajes papales. Es demasiado reiterativo. Es una especie de telenovela sin avance, con capítulos todos idénticos, sin posibilidad de un desenlace final. La Iglesia, y hay que decirlo con todo el pesar que ello supone, no ha sido capaz de producir programación para la televisión con el lenguaje que la televisión, como Medio, exige. Ha llegado demasiado tarde a meterse en este Medio. Es discutible eso de que la Iglesia no puede dedicarse a producir para la televisión. Es discutible sobre todo si tenemos en cuenta que hoy, la televisión es el púlpito moderno y efectivo, como lo fue en épocas pasadas el de las catedrales (oral) y el de las obras pictóricas y escultóricas pendientes en los altares y fachadas (visual). Hoy nadie discute este aspecto. Hoy día el debate se centra más bien en que si la Iglesia debe disponer o no de Medios propios. Más adelante responderemos a este planteamiento. Pero aún dejando a la opinión libre de este interrogante, queda otro más serio por resolver: ¿cómo es que la Iglesia no ha sido capaz, ni siquiera en las naciones "cristianas", de educar a los comunicadores sociales para que se hagan responsables de un mensaje ético y moral sin desvirtuar las exigencias técnicas del lenguaje televisivo?. Y es en este aspecto donde realmente la Iglesia ha llegado tarde. Pretender que la televisión se nutra de programas "religiosos" es una utopía en la cual ni la misma Iglesia cree. Se trata entonces de falta de orientación, no de falta de crítica. Se trata de formar conciencia cristiana para que el programa "no religioso" sea cristiano, sin dejar de ser televisivo; esto es, conservando rating. Quizá sea este el camino de la nueva evangelización. Y si los obispos están realmente preocupados por lo que se ve "en la pantalla, deben de trabajar para que en la pantalla se vea con agrado lo que se debe ver". Quizá entonces, sí se trate de rescatar un tiempo perdido. Porque son incontables las formas, las corrientes, los temas y los medios por los que puede discurrir el proceso de evangelización. Podría decirse que cualquier tópico de expresión y de contenido auténticamente humano puede ser utilizado como apto para la expresión cristiana. Igual que la cultura se manifiesta bajo diversos matices, todos ellos válidos, igual la evangelización puede aceptar esas formas de comunicación humana que van desde las más naturales hasta las más sofisticadamente técnicas. La evangelización, a la postre, no es ni más ni menos que la comunicación del mensaje de Jesús de Nazaret en su más genuina expresión. Hablar de nueva evangelización significa, pensamos, hablar de nevas formas para amplificar dicho mensaje y no tanto hablar de un mensaje distinto, a no ser que reconozcamos que el mensaje que ha imperado hasta ahora en los procesos evangelizadores no fuera el auténtico o hubiese sido, quizá inconscientemente, deformado o manipulado. Un editorial católico ha plasmado, en efecto, que al igual que son múltiples las manifestaciones culturales "también son muchas las formas de evangelización cristiana, es decir: de proclamación de Jesucristo y de su mensaje. Desde las palabras proféticas al martirio cruento por el reino de Dios; de la lucha por la justicia a la promoción y liberación de personas y pueblos. Todo eso es anuncio y buena noticia del Evangelio". Preservando, por lo tanto, lo esencial, caben las formas, las maneras, o lo que los semiólogos dicen, el significante, la materialización del significado. Los nuevos tiempos han traido nuevos medios, nuevos "materiales", nuevas formas de implementar signos y símbolos, nuevos lenguajes y codificaciones, nuevos vehículos transmisores y amplificadores. Y creemos que la Iglesia no ha sabido aprovecharse lo suficientemente de éllos con fines de evangelización. A lo sumo se ha querido echar vino nuevo en odres viejos y la mezcla no ha resultado beneficiosa. También ha habido un empeño, y no cabe que justificado en escritos pontificios y episcopales, por denunciar, después de analizar críticamente, el influjo que sobre las personas y pueblos producen los mensajes emitidos a través de los modernos Medios de comunicación social. Pero se ha quedado en esta unilateral parte del problema sin ahondar en los beneficios que para el proceso evangelizador pueden aportar dichos instrumentos. Ahora sí. Ahora la Iglesia quiere rescatar este tiempo perdido con respecto al uso de los Medios y tomarlos en todo su significado y en toda su fuerza con el propósito de encauzar a través de ellos el mensaje liberador. Es la moda. Y bienvenida sea. Puede que haya un afán desmesurado en querer utilizar estos Medios masivos de comunicación, lo cual puede acarrear sus "percances" evangelizadores. Por muy bueno que sea el Medio, éste no debe ser usado por quien no sabe usarlo. Los modernos Medios de comunicación social no son un juguete, y para que McLuhan no tenga razón hay que cuidar muy bien de que el medio no se convierta en mensaje, esto es, no lo desfigure, no lo manipule, no lo reduzca, no lo deshumanice. Cabe decirlo en otras palabras: la Iglesia tiene necesidad urgente de preparar técnicamente a profesionales que puedan codificar el mensaje para los Medios modernos según las reglas técnicas de los mismos. Lo cual no implica la necesidad de que tales profesionales tengan que ser eclesiásticos. Ahora que se habla tanto de la incorporación del laico a la tarea evangelizadora, ahí hay un campo abierto y muy poco explotado. En otro capítulo se harán sugerencias sobre este planteamiento. Cristianizar a los Medios de comunicación no quiere decir eclesiastiquizarlos; ni siquiera tienen por qué ser apellidados como Medios cristianos. El Medio que más ha utilizado siempre la Iglesia para anunciar la buena noticia ha sido la palabra, el más natural de todos, y no podemos decir que sea un medio cristiano; simplemente humano.
Es bueno que la Iglesia esté tomando en serio ésto, y sabemos que ya se están realizando trabajos profesionalmente idóneos. Ahí, por poner el último ejemplo, las producciones de Audio-Video-Misión, una empresa no eclesiástica pero sí con auténticas motivaciones cristianas. Y como medio moderno, en alguna manera compensatorio, hay que tener en cuenta el vídeo, por el uso que se le puede dar, y por la ya facilidad de su utilización. Pero sobre este particular será conveniente hablar más adelante.
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