ESTRUCTURACIÓN DEL PROCESO COMUNICACIONAL



La Teoría de la comunicación establece un cronograma, el cual es apto para conseguir el objetivo que se persigue; un cronograma que responde a una necesidad esencial, fundamental del ser humano: la necesidad de interrelacionarse. Esto es debido al hecho de que el hombre es un ser social y sociable, no aislado ni aislable; no solo, ni desamparado, sino sujeto a un mundo al cual llegó y en el cual encontró todo un complejo estructurado de reglas que marcan las relaciones sociales. No cabe la menor duda de que el ser humano es un ser circunstanciado y, por ende, sujeto, lo quiera o no, a las circunstancias que lo rodean. Quien da forma y clarifica esta necesidad esencial de interrelación es precisamente la comunicación estructurada.



DESCRIPCIÓN - DEFINICIÓN

Una definición muy simple de comunicación, pero que refleja a cabalidad lo que estamos comentando, nos la proporciona la raíz etimológica: común-unión, poner en común (comunión).

Y es en esta común-unión en donde la interrelación se hace efectiva. La puesta en común, en nuestro caso, son simplemente ideas, pensamientos, significados ensamblados en significantes comunes y oportunos. Estos significantes comunes van a ser la materia prima de los códigos.

La comunicación cumple, por tanto, la necesidad humana de entrar en relación, más que a nivel físico a nivel intencional, emotivo, significativo, de unos con otros.

Son muchas las definiciones que se han dado sobre Comunicación. Al griego Aristóteles se le consideró siempre como uno de los más conspicuos filósofos en toda la historia de la humanidad. Su filosofía se centra en torno al realismo. Aunque Aristóteles no nos dejó una definición concreta sobre la comunicación sí, al menos, en su Retórica, dejó señalado lo que a su juicio, era el propósito de la comunicación: influir. Efectivamente, define a la comunicación, que él llama retórica, como "la búsqueda de todos los medios de persuasión que tenemos a nuestro alcance". El gran medio de comunicación de los griegos era la Oratoria, la persuasión por medio de la palabra hablada. Y el manejo de las técnicas de comunicación oral llegó a límites insospechados. Si Aristóteles daba importancia a los medios de persuasión, a su búsqueda, a su selección, es porque, indudablemente, sabía que toda la comunicación es, al menos, un intento de persuasión.

Pareciera que Aristóteles nos está introduciendo ya en un tipo de comunicación muy concreta: la hoy considerada comunicación publicitaria y/o propagandística, la cual en este siglo se ha convertido en la mayor de las industrias comunicacionales.

En efecto, la comunicación publicitaria-propagandística va a basar toda su estrategia en la persuasión del receptor para la adquisición de un determinado producto.

Y hoy día, ya no se trata de productos exclusivamente de consumo material sino, y quizá lo que sea más rentable, de productos de consumo anímico: vale decir comportamientos, actitudes, referencias, ansias, formas de ser, impulsos hacia el conseguir; y sin otro fin de ideologías no tipificadas precisamente como filosóficas sino, como decíamos al principio, de comportamiento.

No se refería a ésto Aristóteles, puesto que la publicidad, en aquella Grecia dramática no había adquirido aún los hábitos de consumo de nuestro tiempo. Pero, aun sin sospechar lo que en el tiempo iba a ser esta forma de comunicación publicitaria, Aristóteles toca ya el talón de Aquiles: comunicación es simple y llanamente persuadir. Ahora bien, ¿sobre qué hay que persuadir? ¿Para qué hay que persuadir? O, en otras palabras, ¿cuál debe ser el contenido del mensaje? Esta pregunta no se la plantea Aristóteles, pero es necesario plantearla, dado el desarrollo que ha experimentado el fenómeno de la comunicación. Adelantando mucho la historia nos venimos a nuestra época. Es en el siglo XIX y sobre todo en el XX cuando las definiciones sobre comunicación han proliferado. Los estudiosos de las distintas disciplinas, desde las más humanísticas a las más técnicas, han incursionado en este campo de la comunicación: filósofos, psicólogos, técnicos de las ciencias informáticas, profesionales de la denominada comunicación social, arquitectos, médicos, ingenieros, biólogos..., ven en la comunicación humana el elemento fundamental que debe humanizar sus respectivas tareas. Y es precisamente por lo que surge el axioma: "En sentido estricto, sólo hay convivencia cuando existe comunicación".

De tal forma que otro estudioso de este problema, el profesor Castilla del Pino, llegó prácticamente a la conclusión de que, a pesar de vivir en un mundo inundado por las más sofisticadas técnicas de la difusión de conocimientos, podemos considerarnos anclados en la era de la incomunicación.

Pero esto ya responde a otro problema: la manipulación que se puede realizar de la comunicación y, concretamente, de la información elaborada profesionalmente.

No vamos a detenernos en el análisis de las diferentes definiciones que, desde diversos ángulos, se han venido dando; pero parece claro que la influencia, la persuasión, es nota común en casi todas ellas. De tal forma que el proceso comunicacional se nos presenta como un proceso dictatorial, por medio del cual yo intento modificar tu conducta, tus aspiraciones, tus sentimientos, tus acciones... imponiéndote mis puntos de vista, mis ideas, mis formas de ser, mi conjunto de valores.

Y, a la vez, tú intentas no solamente zafarte a mi intento sino ejercer la misma presión sobre mis sentimientos, mis aspiraciones, mis acciones... De tal forma que el acto de la comunicación pareciera ser un acto violento.

Ya no se queda en el simple hecho de poner en común sino de presionar "por todos los medios de persuasión" para que el proceso que yo utilizo cale en tu personalidad hasta tal punto que logre modificarla. Una lucha que no puede darse a partes iguales, en igualdad de condiciones; sino que tienen las de ganar quienes, personas o instituciones, disponen de los mejores implementos o resortes para planificar la persuasión.

Algunos autores, por ejemplo Lasswell, no se detiene con tanta insistencia en este hecho de la influencia o persuasión. Ensambla su definición comunicacional bajo una supuesta apariencia objetiva. Dice que la comunicación es "un acto por el cual dos personas entienden el mismo significado del mismo modo". Lasswell entiende el acto comunicativo como un acto netamente denotativo, omitiendo en el acto todo el proceso emocional, subjetivo, ideológico; esto es, todos los poderes de presión en los que se ve envuelto el emisor y el receptor, no haciendo énfasis en el problema de las interferencias, tanto a nivel técnico como a nivel ambiental y personal. Sin embargo, cada uno de los elementos del proceso de comunicación posee un conjunto de factores que no les permiten ser, la mayor parte de las veces, eminentemente objetivos.

Entender "el mismo significado del mismo modo" debería ser el objetivo fundamental de la comuncación objetiva, netamente humana y netamente informativa. Esto, más que nada, es un objetivo a perseguir, nunca a negar, puesto que negarlo, rechazándolo de principio, estaríamos dando pie a considerar a la comunicación como un método naturalmente manipulante y opresivo.

Hacia esto apunta Colley cuando define a la comunicación como el mecanismo "por medio del cual existen y se desarrollan relaciones humanas, es decir, todos los símbolos de la mente, junto con los medios para transmitirlos a través del espacio y conservarlos en el tiempo".

Podemos llegar a la conclusión de que prácticamente todos los autores ven a la comunicación como un proceso para influenciar, para persuadir, para entablar relaciones humanas, para materializar ideas, estados subjetivos, etc., los cuales hacen que la vida humana pueda cumplir con esa finalidad de interrelación social. El que esto se cumpla o no, no depende tanto de la comunicación como principio teórico cuanto de la intencionalidad de los agentes del proceso de emisión de los mensajes.




ESTRATEGIAS COMUNICACIONALES DE LA IGLESIA
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