El público según las condiciones demográficas.
Las condiciones demográficas son determinantes no sólo para las personas en cuanto entes individuales sino también para los grupos y para las masas. Las grandes aglomeraciones de personas, las enormes urbes, funcionan a un nivel totalmente distinto a como funcionan los poblados o las pequeñas ciudades.
La interrelación de las personas en las grandes ciudades es casi, e inevitablemente, impersonal, anónima; lo cual no ocurre en los pequeños centros urbanos donde todos se conocen, no solamente por "nombre y apellido" sino, y lo que es sin duda más importante, por sus características individuales, propias.
El hombre ciudadano es fundamentalmente un hombre-masa, un ser despersonalizado, un individuo que diariamente se topa con infinidad de personas con las cuales mantiene, si las mantiene, relaciones muy pasajeras. Cuando asiste a su lugar de trabajo se relaciona con sus compañeros, pero casi inevitablemente por obligación, cumpliendo una función, la cual termina cuando el reloj anota la hora de salida.
Inclusive en las celebraciones litúrgicas ocurre algo muy parecido. Se predica que es la reunión fraternal de una comunidad pero la mayor parte de los congregados en el templo son anónimos entre sí, y aunque concurran al mismo lugar para realizar una oración en común realmente no la hacen en común sino en grupo, que no es esencialmente lo mismo. Su acto litúrgico podrá denominarse un acto grupal pero en escasas comunidades se efectúa un acto realmente comunitario, de interpretación personal.
Los lugares a los cuales acude el hombre ciudadano son lugares iguales para todos, a pesar de que cada uno se comporte individualmente. Los transportes públicos, por ejemplo, ponen en contacto físico, y a veces brutal, a las personas, pero no las interrelacionan. Los espectáculos a los cuales acude son igualmente espectáculos para todos, con la única afinidad del público en que se encuentran allí porque han pagado una entrada o porque tienen gustos parecidos, pero nada más. Es posible también que coincidan en algunas otras cosas, pero esta coincidencia, ese vibrar ante el mismo acontecimiento es solamente casual. Los sentimientos unánimes de aceptación o rechazo ante lo visto u oído terminan a la salida de la sala de cine, del campo de fútbol, de la carrera de caballos, del teatro o de cualquier otro evento. Son ciertamente grandes las diferencias que atañen al hombre ciudadano y al no ciudadano.
Los mensajes codificados para los hombres de la ciudad tienen la característica de querer atrapar a los perceptores como si se tratara de gentes individualizadas. Los locutores de televisión, por ejemplo, se preocupan enormemente por mirar a la cámara para producir el efecto de que están dirigiéndose personalmente a quien se encuentra ante la pantalla. Se trata de un truco para intentar personalizar el mensaje, para simular un diálogo que en realidad no existe, pues el telespectador tiene necesariamente que conformarse con asimilar el monólogo.
Los líderes políticos principalmente han entendido a la perfección este truco y a veces se esfuerzan tanto con la rigidez de esta técnica que aparentan más falsos que la naturalidad del momento denotaría, pues no parece lógico que el entrevistado se salga del contexto de su interlocutor para dirigirse a un público posible, más allá del contexto donde se encuentra. Se aprecia una ruptura en el diálogo, lo que implica falsedad.
Pero esto no es porque la técnica sea infructuosa sino porque ha sido mal digerida, por copiar al pie de la letra las reglas del librito de la simulación.
Resulta sumamente difícil personalizar a las masas, de ahí que la más esencial de las psicologías hable del mensaje de la motivación más que del mensaje de la lógica. Esto lo ha entendido a la perfección la estructuración del mensaje publicitario, mayormente confeccionado para las masas, y con los efectos evidentes en el ámbito de la persuasión. Tal así que con frecuencia se culpa a la publicidad de manipulación de los sentimientos ciudadanos.
Los modernos Medios de comunicación se han ganado con todo merecimiento la denominación de Medios de comunicación de masas, expresión a nuestro entender poco afortunada, pues a través de estos Medios las masas no se comunican entre sí sino que gracias a éllos se convierten en receptores pasivos de una comunicación impuesta para todos y de la misma manera. Sería, por ende, más apropiado llamarlos medios de mensajes para las masas, pues el fenómeno de la participación de las mayorías valiéndose de ellos es, evidentemente, reducidísima.
¿Podría ser de otra manera?. Quizá pudiera serlo, lo cierto es que nos encontramos inmersos en una estructura de Medios masivos difícil de superar.
Lo que importa, en este momento, es estar conscientes de esta realidad y de procurar en que forma el mensaje de salvación puede ser codificado para un público tan heterogeneo e impersonal.
Es evidente que el hombre ciudadano ha perdido la noción de muchas cosas. A la vez que parece más extrovertido, por eso de su impersonalidad, por eso de su no identificación en medio de la masa, también se ha tornado más introvertido. Hay menos posibilidad de vivir los problemas en la intimidad con los otros, de ahí que tenga que vivirlos en la intimidad consigo mismo; una intimidad, por otra parte, que intentará ser rota constantemente por los más dispares mensajes que le llegan desde los más diversos sujetos y bajo las formas más disímiles.
El público según las condiciones geográficas
No solamente la cantidad numérica de las personas reunidas para vivir, aposentadas en un determinado lugar, imprime carácter singular. También las condiciones propias del lugar son determinantes.
Es cierto que el clima (calor, frío, diversidad de estaciones, lluvia, secano, etc.), influyen en las costumbres de las personas que habitan en determinados lugares.
Pero no solamente el clima, también la propia estructura geográfica de la zona. El hombre del campo abierto tiene reacciones diferentes a las del hombre que vive encuadrado entre montes. El hombre de las zonas costeras, el hombre de mar, también adquiere costumbres y motivaciones propias. Los hombres de las zonas industriales se diferencian de los hombres del trabajo campestre.
Todo esto puede apreciarse en el estudio de las fiestas, el folclore, la artesanía, los utensilios, la misma vivencia, etc., de las distintas zonas, incluso dentro de una misma razón.
El fenómeno religioso a este respecto es importantísimo. De ahí que hoy día los teólogos estén hablando tanto de la inculturización del Evangelio, que no es otra cosa más que codificar el mensaje de salvación según las características culturales de pueblos concretos. No se puede ubicar un mensaje dentro de una codificación que no se entiende. La misma palabra salvación no tiene las mismas motivaciones para unos que para otros.
El público según los países.
Cada nación posee su propia idiosincrasia. La nación se constituye no solamente por una delimitación geográfica, o por un conjunto de individuos que puebla esa determinada geografía, sino y sobre todo por los valores patrios, valores de tipo espiritual que mantienen vivo, dinámico e imperecedero el espíritu de la propia nación.
Cada nación tiene su historia, venera a sus héroes, define una forma de vida, se individualiza por sus símbolos patrios, posee sus mártires, se dinamiza en sus costumbres, en su música, en su literatura..., todo esto es lo que constituye el alma de la nación. Y esto es algo sagrado para cada uno de los individuos que conforman la nación.
Cada individuo en particular puede tener sus propios puntos de vista, su propia ideología, su propio sistema de valores, pero a la hora de defender, defiende lo nacional.
Es curioso, inclusive, ver a ciudadanos mofándose de ciertas costumbres, de ciertos hábitos, de ciertos signos que poseen valor para el conjunto de los ciudadanos; pero eso sólo lo realizan a nivel personal, en interrelación con los de su misma especie nacional.
A la hora de enfrentarse con el "extranjero" este mismo ciudadano defendrá a capa y espada esos mismos símbolos que él, en su fuero interno, hasta inclusive puede despreciar. Él sí tiene derecho a criticar lo suyo, pero nadie que no pertenezca a los de su "especie", está capacitado para criticar lo que es común a todos los integrantes de la misma nacionalidad: el alma nacional es intocable para el "extranjero". De ahí que en algunas naciones, y en momentos determinados, se produzcan indicios de xenofobia.
Todos los ciudadanos están de acuerdo en la defensa de sus fronteras; pueden opinar con respecto al cómo. Lo que no cabe discutir, porque sería incurrir en crimen de lexa patria, es la defensa de lo que es de la nación o se considera de la nación.
Esta clasificación que hemos realizado de los públicos no es, en ningún momento, exhaustiva. Todo lo más, descriptiva.
Tampoco hemos intentado realizar una descripción totalmente detallada, ni cada una de las clases de público ha sido analizada en profundidad. No era ese el objetivo. Por otra parte, corresponderá a la sociología, a la antropología y en definitiva a la psicología marcar las pautas diferenciadoras, las motivaciones, de cada uno de los públicos.
Sí hemos querido enunciarlos para dar una idea de conjunto de este problema del receptor, el cuál, en ningún momento, puede ser estudiado como público abstracto sino como seres humanos muy concretos por los factores como el sexo, la edad, la situación familiar, la economía, la profesión que se ejerce, el lugar donde se vive, la religión que se profesa, la educación que se recibe, el país donde se habita y del que se considera parte integral, etc.
Todos estos factores, no cabe duda, determinan a públicos diferentes, con sus diferentes características y sus diferentes inquietudes. Y los públicos, entendidos como receptores dentro de un proceso normal de comunicación, están condicionados por todas estas caracterísiticas enunciadas.
En definitiva, los condicionamientos del receptor son los mismos que los del emisor, tanto a nivel individual como a nivel social. La misma información no va a ser captada con la misma intensidad por los diferentes públicos, porque estos condicionamientos, estas características señaladas, actuan, o pueden actuar, en el momento determinado, como ruidos, como interferencias semánticas a la hora de descodificar el mensaje, de tal forma que un mensaje que puede haber sido estructurado bajo una óptica objetiva, puede muy bien ser captado bajo una óptica totalmente subjetiva, debido a la interferencia semántica de cualquiera de estos fenómenos que condicionan el ser y el comportamiento, y también la comprensión, del receptor.