EL CÓDIGOYa hemos identificado al Codificador como el Quien que utiliza, con el fin de mostrar un mensaje, de materializar una idea, un sistema de signos y de símbolos comunes al emisor y al receptor. Cuando hablamos de sitemas nos referimos a un conjunto ordenado de elementos y de reglas. En realidad, el concepto de sistema funciona a todos los niveles, y el mismo proceso de comunicación se totaliza como sistema. Así damos el nombre de sistema económico a ese conjunto de principios y reglas que constituyen la base para el ordenamiento de la economía de la sociedad, teniendo en cuenta las grandes ideas de carácter económico, de repartimiento de riqueza, etc. De esta forma nos encontramos con los dos grandes sistemas económicos: el capitalista y el socialista. Dentro del mundo de la lingüística apareció el término sistema para referirse a una totalidad organizada, compuesta en base a una serie de elementos enlazados entre sí, solidarios, dependientes; con la particularidad de que cada uno de ellos no puede definirse "si no es en relación de unos a otros y en función de su puesto en dicha totalidad". Si analizamos el proceso de comunicación bajo el concepto de sistema nos daremos cuenta de la realidad de la interrelación, de la solidaridad y de la dependencia de los distintos elementos que conforma y cómo es prácticamente imposible definir uno de ellos si nos desprendemos del otro. Porque, efectivamente, existe un Comunicador, un Emisor y un Codificador siempre en la base de la existencia de un Receptor, de un Descodificador, de un sujeto que esté en capacidad de entender el comunicado que le llega. De tal forma que no habrá Emisor en la práctica si no hay Receptor en la práctica. Así como el mensaje, el significado, no llegará hasta el receptor si no se dispone de una materialización precisa, oportuna, común, realizada mediante un conjunto de signos y/o símbolos, y si no se dispone de un medio apropiado por el cual transcurra el mensaje. Cada uno de estos elementos del proceso está íntimamente ligado al resto, y sin el apoyo necesario de cada uno el proceso comunicativo no podrá efectuarse. De ahí que habláramos de interferencias como obstáculos que afectan a todos los elementos del proceso, o a cualquiera de ellos en particular. Inclusive, podemos hablar de sistemas dentro de los propios sistemas; y en este sentido, igual que afirmamos que el Código es un elemento dentro del Sistema que permite el funcionamiento del proceso de comunicación; podemos, igualmente, comprender al Código dentro de su propio sistema, esto es, dentro de unas reglas que le son inherentes, de unos elementos propios que dan forma a su propia estructura. Es un subsistema dentro del proceso de comunicación pues si no funciona como subsistema tampoco puede ser elemento efectivo dentro del sistema global del proceso comunicacional. Se han intentado diferentes definiciones de Código; "todo grupo de símbolos que puede ser estructurado de manera que tenga algún significado para alguien", o "un sistema de convenciones explícitas y socializadas". Todo lo cual implica diferentes posibilidades de codificación. Nosotros preferimos una definición más sencilla: "conjunto de signos y/o símbolos, comunes al emisor y al receptor, por medio de los cuales podemos materializar significados en significantes para construir estructuras comunicacionales". En definitiva, todas las definiciones coinciden en sus elementos fundamentales. El Código sirve para codificar, esto es, para realizar una operación por medio de la cual la persona que tiene interés en enviar mensajes, a partir de la idea de la Fuente, elabora el significado por medio de elementos que soporten esa idea, y soportarán esa idea si los signos y/o símbolos utilizados pertenecen a un repertorio común a quien emite y a quien recibe, siguiendo, lógicamente, unas reglas previamente establecidas. Codificamos palabras por medio de l-e-t-r-a-s: estas letras están todas llas ubicadas dentro del repertorio de un determinado alfabeto. Codificamos pensamientos uniendo palabras: estoy - alegre; estas palabras están ubicadas también dentro del repertorio que constituye el léxico de una determinada lengua; en nuestro caso, el castellano. Codificamos mensajes por medio de signos no lingüísticos, como son los mensajes que nos llegan a través de las luces de un semáforo; y estas señales de colores luminosos están ubicadas igualmente dentro de un repertorio convencionalmente establecido, el cual constituye el lenguaje social de las señalizaciones de tráfico. Codificamos mensajes por medio de gestos, bien sean gestos de procedencia innata, bien que respondan a convencionalismos sociales; e, igualmente, éstos están ubicados dentro del repertorio gestual preestablecido. De tal manera que la posibilidad de utilizar códigos es prácticamente indefinida, ya que si nos adentramos en el tema de la comunicación artística (pintura, escultura, ballet, música, etc.), los signos utilizados por los codificadores del mensaje artístico pueden salirse fuera de la común captación de las mayorías; para las masas estas formas de codificación serían inefectivas y la propia forma artística completamente arbitraria actuaría como interferencia para la comprensión cabal del mensaje transmitido. A este respecto anota el profesor Aranguren: "La obra de arte no existe sino en cuanto es percibida por una reducidísima élite, por una minoría o por el gran público. Y por lo mismo, es susceptible de descodificaciones o interpretaciones completamente diferentes". Lo cual implica que el factor "común" asignado al signo codificable, en las obras de arte, no es "tan común"; de ahí que no pueda ser interpretado de la misma manera: la significación tendrá, por lo mismo, diferentes interpretaciones. Por eso, los sistemas de codificación empleados no responden todos al mismo concepto de denotación. Algunos estudiosos de la comunicación se atrevieron a establecer diferentes grados en la codificación de mensajes, dando prioridad esencial al denominado código lingüístico fonético, mediante el cual el ser humano puede cifrar mensajes hablados, configurando así el lenguaje por antonomasia. Como un grado inmediato vendría el segundo: es decir, el lenguaje escrito. Es cierto que estos dos tipos de comunicación continúan siendo los más generalizados, los más usables y, por ende, los más comunes. Pero también es verdad que los modernos Medios de comunicación han venido diseñando otras formas de comunicación ya generalizadas; y si bien es cierto que aún la mayoría de los receptores no están en capacidad técnica de manejar esos códigos para emitir una respuesta con ellos, también lo es que están capacitados para recibir, esto es, descifrar los mensajes como si se tratara ya de algo natural. El cine y masivamente la televisión, han conseguido hacer del "código audio-visual" algo de uso común, de tal forma que ya nos vemos más inmersos en el contexto de la imagen tecnificada que de la palabra. El código audio-visual asalta hoy día al ser humano desde todos los ángulos, y desde todas las vertientes. Lo mismo da que se trate de mensajes para la distracción que para el más serio de los trabajos científicos. Algunas de las actividades humanas parecieran no poder realizarse si no están apoyadas en la proliferación de mensajes audiovisuales: cabe decir, el comercio, la actividad económica, la oferta y la demanda, actividades que generalmente van precedidas y después apuntaladas por la actividad publicitaria, la cual se nutre, para la emisión de mensajes o proclamas, de la codificación audio-visual. Sin exagerar, podríamos decir que hoy, lamentablemente, "es más aceptada la credibilidad por la imagen que por la palabra", aunque es evidentemente cierto que el lenguaje hablado continúa siendo el de uso común para la comunicación interpersonal. Así que hoy día podríamos hablar de dos primeros grados en el proceso de la comunicación para el ensamblamiento de mensajes: conserva el lenguaje hablado la prioridad para la comunicación masiva, el primer grado de codificación audio-visual. Tiene en su haber, además, "la comunicación audio-visual", el hecho de nutrirse de diferentes tipos de codificadores, en donde la imagen ciertamente ocupa el primer lugar en impacto pero que se refuerza a sí misma, tanto con la palabra como con la música, con la coloración, con la "diagramación", vale decir, la ubicación de la misma imagen en contextos diferentes, etc. A esto puede haber contribuido, entre otras razones, la "emotividad" que caracteriza a la imagen. Si la palabra tiene ya de por sí un alto grado de emotividad, la imagen la supera; y es que la imagen, aún la misma imagen, puede ser "preparada", tratada, confeccionada, maquillada y, si se quiere, "manipulada", para poder ser "leída", es decir, captada según una gran pluralidad de emotividades. No es ningún secreto afirmar, por ejemplo, que la imagen utilizada para la codificación publicitaria, emite o sugiere mensajes mucho más allá de su propia materialidad, vale decir, de lo que aparentemente deja ver. Las sugerencias a nivel de imagen comunicacional son de un alto grado de exposición, y muy bien podemos afirmar que, además del mensaje patente, emerge el mensaje oculto o, más técnicamente, el metamensaje (subliminal). Abríamos estas reflexiones con el ejemplo de Jesús-Comunicador. Es obvio que Él, a la hora de elegir los códigos apropiados para la emisión de su mensaje se veía "condicionado" por las técnicas de la época: no pudo utilizar la codificación audiovisual simplemente porque entonces se desconocía. Pero de alguna manera la usó, y no en poca proporción. La utilización tanto de la metáfora como de la parábola no es más que un primer intento de visualizar, de trasladar a imágenes mediante la narración, contextos visuales. Este es uno de los recursos fundamentales del que dispone tanto la codificación del lenguaje hablado como del lenguaje escrito: "evocar imágenes en la mente del receptor", crear imágenes intencionales más que valerse de imágenes materiales para la codificación de mensajes. De tal forma que la imagen, aún en este sentido de imagen intencional, tiene una gran dosis de fuerza para la confección de mensajes comunicacionales. Al analizar el fenómeno Jesús-Comunicador nos encontrábamos con el hecho de la elección de los códigos para la emisión de su mensaje. No siempre hablaba con la misma "claridad", ni siempre desvelaba con idéntica nitidez su "discurso". También el tipo de personas a las cuales se dirigía en un momento concreto imponía la elección del código. En algunos pasajes nos encontramos con el fenómeno "enigmático", con el "qué querrá decir", y también en ocasiones su misma actuación era interpretada "de distinta manera". Además de la frase llana, de la frase común, Jesús utilizó la más "complicada", la metafórica, esa técnica que, inclusive, "induce a captar distintos significados o distintos grados de un mismo significado". Así la codificación gestual estuvo también en la base de su mensaje: gestos como la imposición de manos, o el colocar barro en los párpados de un ciego, o el hecho de someterse al rito bautismal de Juan y, por supuesto, el ritual de la Última Cena, son mensajes estructurados en base a signos completos en unos casos o tradicionales en otros (sacramentos). Tal fue así que la fe de algunos de sus seguidores desveló esta posibilidad de codificación efectiva de Jesús; es el caso, por ejemplo, del centurión, cuando le insta a curar a su siervo "a distancia", con una sola palabra, sin necesidad de que se desplace hasta su tienda para imponerle las manos. La referencia de los escritores de los Evangelios al intentar visualizar el comportamiento de Jesús como alegre, templado, triste, furioso, contemporizador con los niños, serio con escribas y fariseos, denota ya la utilización de un código muy concretizado, tanto en lo gestual como en lo lingüístico, según los públicos diferentes. Dificilmente podremos encontrar una estampa bíblica en donde, en su relación con fariseos y escribas, no sea de gesto adusto, casi rayando en el desprecio; a la vez que en su trato o referencia a pecadores sociales, tales como publicanos o prostitutas, el gesto, el comportamiento se torna apacible, comprensivo, contemporizador (teología del pecador y opción por los marginados). Todo esto quiere decir, primero, que un correcto comunicador debe ser una persona capaz de asimilar y emplear correctamente las diferentes posibilidades de codificación; vale decir, las distintas técnicas, para que su mensaje llegue y sea captado con el mayor grado de intensidad por el receptor. Y en esto, con no poca frecuencia, se ha fallado a la hora de codificar los mensajes evangélicos. Vamos a decir, a modo de ejemplo, que se ha creado una especie de lenguaje eclesiástico, identificado muchas veces como frío, ajeno, lejano, incomprensible o indiferente, poco fiable. Por las causas que sean, y no es este el momento ni el lugar de analizarlas. Algo parecido a lo que en este momento está ocurriendo en el mundo del lenguaje político: un lenguaje reiterativo, acartonado, estereotipado y no solamente en la palabra, en la frase, sino también en el tono, en el gesto. A veces ya no importa quién lo diga: el rechazo está ya en la forma; ese tipo de codificación ha perdido valor porque ha perdido credibilidad. La proliferación indiscriminada de mensajes del mismo tono, (denuncias de corrupción a troche y moche, difamación indiscriminada, sabotaje a pretensiones de liderazgo, promesas del mismo tono para los electores; en fin, todo ese montaje de "declaraciones", de "titulares", de "propuestas", enunciaciones, hacen que, en muchos casos, la sinceridad objetiva que puedan llevar implícita quede desfigurada, minimizada o anulada, por la desconfianza. Como podemos apreciar, el sistema de comunicación empleado no es algo cerrado, sujeto a leyes intocables. Son muchos los elementos que van introduciéndose en el camino que tiene que seguir el proceso de comunicación para que ésta se haga efectiva. Ya nos habíamos topado, al hablar de la Fuente-Emisor-Comunicador, con todo el problema implícito en la persona del quién, con todos los condicionamientos que en él deja el proceso de socialización. Lo mismo ocurre en el Código. La misma elección de un determinado código a la hora de intentar materializar un mensaje es ya una elección parcializada, y por lo tanto, teñida de subjetividad, de intencionalidad. Las modernas técnicas publicitarias nos ilustran ampliamente sobre este fenómeno. No se trata solamente de elegir un código para llegar al receptor sino de elegir el mejor para influir en él más convenientemente, para que el mensaje transmitido tenga toda la fuerza emotiva proyectada. Sin embargo, hay que entender que existen grados también en el proceso de objetividad. No podemos medir por el mismo rasero a la codificación publicitaria y a la codificación científica. Ahora bien, se nos plantean algunos problemas con respecto a la codificación lingüística verbal, como a la no verbal, y sobre todo a la confluencia de ambas. Resumiendo podemos concluir que el Codificador es la persona que utiliza, con el objeto de materializar un mensaje, bien consciente bien inconscientemente, un sistema de signos y/o símbolos comunes a los dos extremos del proceso comuncacional: Emisor-Receptor, por medio del cual podemos convertir un significado en significante logrando una significación y comunicándola. Los sistemas para ensamblar mensajes son de muy variada categoría: oscilan entre lo primario, (lo más consustancial al ser humano), hasta lo más elaborado. Todas las profesiones, todas las artes, todas las actividades humanas, poseen sus propios sistemas de codificación. Inclusive, existen los códigos secretos, solamente utilizados por personas o entidades muy concretas y restringidas. Las finanzas, por ejemplo, poseen su código especializado, al igual que la medicina, la aeronáutica o los distintos tipos de realización artística. Un código universalmente técnico es, por ejemplo, el utilizado para la confección de mensajes musicales, como una forma de escritura perfectamente delimitada, la cual responde también a sonidos, tiempos, ritmos, etc. Existe, igualmente, un lenguaje eclesiástico, y no solamente en la elaboración de la literatura religiosa y ritual sino también en el uso normal de la palabra, del protocolo, de las poses, de los comportamientos externos. A modo de ejemplo, y por la importancia que tienen los gestos en la confección de mensajes para ser emitidos por los modernos Medios de comunicación, enumeraremos algunos: en primer lugar, los denominados paralingüísticos que son utilizados o para relevar al lenguaje usual o para sustituirlo o para auxiliarlo: el morse, el braile, el sistema marinero de señales con banderas, son ejemlos típicos de relevos del lenguaje: los jeroglíficos, los pictogramas, los signos del argot de sociedades secretas son ejemplos de códigos sustitutos del lenguaje; las entonaciones sonoras, la mímica, los gestos son ejemplos de auxiliares del lenguaje. Basta, por ejemplo, que en la pantalla del televisor veamos a uno de los personajes hablar por teléfono con otro, independientemente de lo que se digan, captamos de inmediato otro mensaje sin palabras: el de que ambos no se encuentran presentes, el de que existe una distancia física entre éllos; se ha utilizado el código proxémico, el cual codifica el espacio existente entre el emisor y el receptor. Es importante hacer notar la diferencia de estos tipos de códigos lógicos paralingüísticos. Los códigos de relevo del lenguaje están cumpliendo la misma función que cumpliría el lenguaje verbal, de tal forma que las letras del alfabeto no hacen más que dibujar los sonidos que corresponden al lenguaje verbal. Sin embargo, los códigos sustitutivos del lenguaje no dependen del lenguaje verbal: lo sustituyen. Los ideogramas chinos tienen un signo preciso para nombrar a la realidad árbol, y ese ideograma no corresponde a una traslación fonética sino más bien a una designación directa del objeto al cual se refieren. Son códigos "autónomos e independientes del lenguaje articulado". A su vez, los códigos prosódicos, kinésicos y proxémicos no sustituyen al lenguaje ni lo reconstruyen sino que lo intensifican, es decir, lo auxilian. Los gestos, la entonación, la distancia o proximidad entre los locutores refuerzan el mensaje que se está emitiendo oralmente. Quizá uno de los conjuntos de códigos más importantes, utilizados hoy día en la elaboración de mensajes, sean los denominados códigos estéticos. Se trata de sistemas de codificación utilizados más para materializar lo subjetivo que lo objetivo; más las apreciaciones personales y las propias experiencias interiores que la objetividad informativa. Los códigos estéticos son, inclusive, de elaboración personal, y constituyen algo parecido a lo que podríamos denominar "estilo". El estilo es una peculiaridad del procesador, del ensamblador, y mediante él, no solamente apreciamos su forma de ver las cosas, sino como es él a través de las cosas. Alguien ha dicho que el estilo es el hombre: el repertorio de signos que utiliza para codificar sus sentimientos dice más de él que de la obra realizada. De ahí que podamos afirmar que los códigos estéticos son todos aquellos sistemas de codificación que dejando a un lado la experiencia lógica, se abocan más a la experiencia afectiva o estética. Ya no se refieren, como en el caso de los códigos lógicos, a la codificación de la percepción objetiva del mundo exterior sino más bien a la codificación que cada uno de nosotros realizamos de nuestros gustos. Se trata de una codificación de la subjetividad, es decir: no lo que la realidad objetivamente nos presenta sino lo que a mí me inspira, que por supuesto, puede ser totalmente ajena a la inspiración de otra persona. Esta codificación se refiere fundamentalmente a la creatividad artística, de ahí que reciban el nombre de códigos estéticos. No menos importantes en los actuales sistemas de comunicación son los denominados Códigos Sociales o del comportamiento del individuo dentro de un determinado contexto social. En la confección de mensajes para la divulgación masiva estos códigos han adquirido una importancia capital. Existen los denominados signos de identidad, que no están tanto para cumplir la necesidad de la identificación individual de una persona cuanto la "diferencia" que esta persona o grupo de personas tienen con respecto al resto del grupo. El grupo de los denominados "protocolos" es sintomático de lo que decimos y hasta los mismos oyentes de Jesús de Nazaret, según el relato de los Evangelios, se lo atribuían; en no pocas oportunidades se le denominaba Maestro, lo cual implicaba un título. Pero estos títulos, estas etiquetas, eran ya de uso común en aquella época y así vemos como se diferenciaba a las personas según la etiqueta de publicanos, fariseos, samaritanos, doctores, leprosos, viudas, pecadores, justos, prostitutas, discípulos, etc. Cada una de estas etiquetas servían para "individualizar" a personas o grupos, para diferenciarlas del resto y, a veces, se hacía con el fin objetivo de precisar y también con el de difamar. La sociedad moderna cuida mucho estos detalles, tal así que cada vez más se están encumbrando las denominadas páginas de sociedad, un título un tanto conflictivo y separatista, casi discriminatorio, pues encumbra como a auténticos sujetos sociales a quienes "aparecen" sólo por la "categoría" que les da la separación del resto. Sirven, además, estos códigos sociales, para aclarar, rubricar, enfatizar cualquier mensaje. En otras palabras, que el mensaje puede adquirir mayor, menor o nula importancia dependiendo de quien lo diga. De ahí la importancia que le dan los Medios a la codificación protocolar del emisor. Un periódico tituló: "Clinton aconsejó a Yeltsin desconfiar de los japoneses". Una noticia, no cabe la menor duda, de capital importancia internacional, precisamente por la categoría del emisor y del receptor de tal mensaje. No hubiese ocurrido absolutamente nada, no hubiese llegado ni siquiera a la categoría de noticia, si tal comentario se hubiese dado entre dos ciudadanos comunes; la diferencia, y la importancia, radica en el quién de los hablantes, en su categoría actual, ni siquiera en quien son individualmente estos señores sino en quienes son socialmente: presidentes de las naciones más importantes del mundo, expresión que en sí ya constituye una etiqueta más. "Cuando los japoneses dicen si, quieren decir que no", dijo Cinton a Yeltsin en un acto privado, pero tal "papel" se extravió, dando a parar a manos de un periodista, por lo que la Casa Blanca "se apresuró a declarar este comentario (para evitar un revuelo diplomático) con el cual el presidente norteamericano aconsejó a su colega ruso que desconfiara de los japoneses". ¿Se trata simplemente de un incidente diplomático?. Posiblemente sí, pero que condicionó el nerviosismo de mucha gente durante algunas horas. Etiquetas, títulos, saludos, fórmulas de cortesía, al igual que los maquillajes, los tatuajes, los peinados, los logotipos, las marcas de fábrica, las profesiones..., son algunos de los tantos códigos sociales utilizados con prodigalidad hoy día en la confección de mensajes masivos de comunicación; los modernos Medios de transmisión los utilizan a veces agresivamente, siempre como una forma de distanciamiento entre "los protagonistas" y el común de los receptores. Como podemos apreciar, se ha intentado realizar una completa ubicación de todas las codificaciones que puede realizar el ser humano, tanto a nivel individual como motivado o presionado por la influencia social, por el tiempo en el que vive, por el grupo al cual pertenece, por la ideología que profesa, por la fe en la que cree... Es evidente que ameritaría un estudio serio cada una de estas clasificaciones, y en qué sentido pueden poseer importancia social, en qué forma pueden ser realmente codificaciones significativas. Siempre hay que tener en cuenta la relación entre el Emisor y el Receptor, porque si yo pertenezco a un determinado grupo social y quiero, por pertenecer en él, hacer valer para todos las codificaciones que se manejan en mi "grupo", puedo llegar a crear un tipo de confusión significactiva, o dejar simplemente que el receptor no capte la totalidad o parte de mi mensaje. Por eso no podemos hablar de códigos en estado puro, es decir, de códigos con valor universal. Siempre ha de estar presente la idea de que los signos y/o símbolos utilizados por el codificador sean aceptados como tales (aceptados significativamente) por el receptor. De lo contrario, la codificación no será significativa, no tendrá valor.
En esto hay que ser muy claros. Muchas veces las artes quedan sin ser comprendidas por un exceso demasiado técnico en rebuscar codificaciones subjetivas. Cada Emisor artístico tendría que dar un curso explicativo de los signos y símbolos que utiliza para que el receptor masa (si queremos hablar de arte para el público) pueda entenderlo. Con razón afirma el profesor Aranguren que el arte es una comunicación para las élites (intelectuales), esto es, para aquellos receptores que, por su formación, puedan captar los significados imbricados en esa determinada codificación, en la utilización de esos signos y símbolos concretos.
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