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EL ANUNCIO - Capitulo II
Nicanor se asomó a la puerta: María, manda a decir tu madre que si le puedes enviar un par de huevos, que ella te los devuelve cuando le pongan las gallinas. - Esta mamá! -sonrió María. Y dirigiéndose al muchacho le dijo: -Entra tu mismo al corral, busca en los nidales y mira a ver qué hay. El muchacho regresó: - Sí hay. Cuántos?. - Dos en uno y uno en otro. - Se los quieres llevar a mi madre. - Los tres?. - Los tres. - Con una condición. - Vaya! Ahora me quieres chantagear... El Muchacho, avergonzado, agachó la mirada. - Dime -lo animó María. - Es para que me dejes ayudarte a calentar el horno, cuando lo prepares para cocer el pan. - De acuerdo -sonrió María-. Pues cuanto antes vayas, antes regresas. El muchacho enfiló carrera por el empedrado callejón, sorteando las casas desparramadas por la ladera. Vio a José. Clavando tablones. Sintió impulsos de acercarse y contarle lo del forastero. Le restó importancia a hecho, sin duda para no perder tiempo y regresar cuanto antes a casa de María para echar leña al horno. A la señora Ana, la madre de María, si se lo contó. - Un forastero vino esta mañana a hablar con María. - Será con José, muchacho. - No, con María. - Y cómo era el forastero?. - Bueno, señora Ana..., pues mejor que los mozos de aquí. - Chiquillo..., deja las impertinencias!. No sabes que María ya está desposada con José? Cuida tu lengua!. Y tu fantasía! Que eres demasiado pequeño para hacer esos comentarios!. - Si no digo lo que usted piensa, señora Ana... - Y qué pienso yo, demonio de muchacho? Pon ahí los huevos y déjate de tonterías!. - Que se los devuelva!. - Eso dijo mi muchacha?. - Ella no. Se lo recuerdo yo. Sólo había tres en los nidales y le envió los tres. - Claro que se los devolveré!. Cuando su madre la interrogó sobre el forastero, María, sin mentirle, le dijo: - Ay, madre!. Qué te ronda por esa cabecita, eh?. - Nuestra familia siempre ha sido una familia decente. - Madre...! - Y tú lo sabes!. - Lo pongo acaso en duda?. - Es preferible no dar ocasión a habladurías. - Pero qué estás sugiriendo, madre!. - Yo confío en ti, María. Pero lenguas largas hay en todas partes. - El forastero, al que te refieres, no era ningún pretendiente. - Tampoco he dicho eso. - Era un mensajero. - Vaya, ahora te envían mensajeros de la ciudad!. - Madre... - Que no me gusta nada esto, María!. - Ni a mi, madre!. Luego de un momento tenso, y ya dulcificando el tono, madre Ana preguntó: - Y el mensaje, es un secreto?. - Hasta cierto punto. - O sea, que me quedaré en las nubes. María sonrió. Conocía a su madre lo suficiente como para no poder mentirle, aunque lo intentara. Era de esas mujeres para quienes el Altísimo constituía el principio y fin de todo. - Ya sabes cómo es tu padre de recto. Vendrá a pedirte explicaciones -insistió Ana-. - No hará falta. Si te quieres adelantar a la sorpresa, allá tú. Yo quería verle la cara a los dos, pero prefieres no esperar a la noche, verdad?. - Bueno... si te empeñas... - Está claro que no quieres. - Pues no, ea!. Una madre es un madre!. Y debe estar al tanto antes que nadie. María tardó unos instantes antes de anunciarle el secreto. Sabía que su madre iba aumentando en tensión, en ganas por saberlo. Cuando apreció que el semblante de Ana ya no resistía más, dijo: - Nuestra parienta Isabel va a tener un hijo. - Tonterías!. - En serio, madre. Está embarazada. - Fue eso lo que te dijo el mensajero?. - Pues sí. Luego de fruncir el ceño, Ana sentenció: - Alguien que quiere echarnos una broma de mal gusto!. Tu sabes lo doloroso que es para una mujer israelita no dejar descendencia!. Crees que alguien quiera jugar con eso?. Pues claro, mujer. Isabel ya no está en edad. Demasiado ha sufrido, la pobre, por no haber traído un vástago!. Así que no te alegres demasiado!. - Yo sí lo creo, madre. - María, todavía eres una niña que no entiende el cuerpo de la mujer. Nuestro cuerpo no es un a máquina, hija. Dios le ha dado su tiempo para que germine lo que tiene que germinar. Hasta eso, en medio del dolor, lo ha entendido Isabel. Que no le vengan ahora con recuerdos inútiles!. - Y qué gracia tiene entonces que un mensajero se llegue hasta aquí para comunicárnoslo?. - Pues eso es lo que yo me pregunto!. - Y no podría ser, madre, que el Altísimo le haya concedido ese favor en la vejez?. Ana quedó un momento pensativa. Luego respondió: - Si me lo pones así...! Lo que es imposible para los humanos se convierte en sonrisa para Dios. Pero tampoco nos está permitido tentar al Altísimo. Así que tómalo como una broma y olvídate de ese forastero. María sabía que no era broma. Pero no insistió. La mañana había avanzado en todo su esplendor. De cada boca de Nazaret salía el mismo comentario: los zelotes han vuelto a atacar a los romanos. El acontecimiento había provocado los sentimientos de siempre: "Tenemos que exterminar a esos romanos invasores". Tema que, no obstante, traía discusiones con diversos matices. Para unos, los zelotes eran unos suicidas que en vez de ayudar al pueblo, se convertían, por su fanatismo, en motivo para que los romanos exprimieran más a los israelitas. Para otros, en cambio, el Mesías tan esperado surgiría de las filas de los zelotes: "Son los únicos capaces de desafiar al poder romano. Hacen algo nuestras autoridades?. Mucha palabra de odio, mucha condena, pero nada más!. Qué pasa con el Sanedrín? Mientras los del Sanedrín continúan gozando de la buena vida, y de los privilegios que les concede el poder, la intranquilidad es para el pueblo. Hasta los romanos son para ellos una garantía de buena vida...". El tema se prestaba a discusiones enojosas. En más de una ocasión los nazarenos llevaban sus discusiones hasta la amenaza. José no era dado a entrar en semejantes disputas. Sabía que de los zelotes no vendría la salvación. Y de las discusiones, menos. En más de una oportunidad había comentado con María sobre la tardanza de la llegada del Mesías. Y se habían preguntado ambos: Como será?. Evidentemente, debería ser un guerrero. Pero no al estilo de los zelotes. Un guerrero distinto, capaz de reunir en torno a sí al todo el pueblo. Sin embargo, no sonaba un nombre en todo Israel que pareciera ser el enviado de Yahvé. Aunque el Mesías era esperado con insistencia, casi con desesperación, lo cierto es que la desilusión cundía entre las gentes. No hay peor mal para las discusiones que la desilusión colectiva. Los zelotes se habían convertido en una especie de conciencia nacional de esta desilusión; a la vez, causaban cierto recelo entre sectores grandes del pueblo. "Mientras los zelotes continúen con sus escaramuzas, los romanos darán más vueltas a la tuerca". Aquella tarde se desbordó la pasión en la taberna de Nazaret. Ayudó a ello el vino de la región. Para el viejo Jacobo la culpa de que todavía no llegara el Mesías tan ansiado la tenía el mismo pueblo: - De qué mujer va a nacer el Mesías si ni siquiera los hombres tenemos lo que hay que tener para que nazca?. Unicamente los zelotes pueden sembrar la semilla de la que nazca el Mesías. Semejante apreciación no gustó a muchos. Hubo quien dijo que si el Mesías nacía de la descendencia de un zelote, era preferible que no llegara. José, para cortar las tensiones, entró en la conversación: - Somos nosotros quienes debemos imponer condiciones al Altísimo?. El Mesías nos será enviado por el camino que yahvé crea más apropiado. Ya sabemos que es por la rama de David. Pero desconocemos el día y la hora. Ni siquiera el Sumo Sacerdote lo sabe. - Es cierto lo que apunta José -terció Josué-. Así que estas discusiones carecen de sentido. - Lo que no entiendo es cómo lo reconoceremos cuando llegué -dudó uno de los más exaltados. Samuel, quien presumía de conocer las Escrituras, sacó a relucir su erudición: - Un momento, un momento. En una de esas escapadas que hago a Cafarnaún, entré en la Sinagoga para escuchar el relato de los escribas. Sí hay cómo reconocer al Mesías prometido. Recuerdo que se leyó un pasaje del profeta Isaías que dice: Oid, pues, casa de David; os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios?. Pues bien, el Señor mismo va a darnos una señal: he aquí que la doncella ha concebido y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. - Sí, pero también oí yo ese oráculo de Isaías, y el comentario en la Sinagoga fue que se refería a Ezequías, no al Mesías -intervino otro, que hacía siempre la oposición al letrado. - Nosotros no somos quiénes para interpretar las Escrituras -intentó calmar José- Y menos las profecías. Así que es inútil que intentemos continuar cansando a nuestro Dios. - Además, qué señal puede ser esa de la doncella?. Cuántas doncellas hay en Israel? Cómo podremos saber de cual de ellas nacerá el Mesías? Es mejor, como dice José, no seguir tentando. Los simpatizantes de los zelotes no daban su brazo a torcer. Insistían en que el Mesías se manifestaría con fuerza, con poder, con espada, con decisión irme de aniquilar a los invasores. Y sacaban a relucir a Miqueas, a Isaías también, cuando afirmaba que el pueblo que andaba a oscuras se topó con una luz intensa porque el yugo que les pesaba y la barra de su hombro -a vara de su tirano- había sido quebrada. De qué otra manera podría caer ese yugo y esa barra si no existíeran israelitas como los zelotes, que pusieran en aprietos al poder de los invasores?. Cada escaramuza de los zelotes contra los romanos era un paso dictado por Yahvé a favor de su pueblo. . Para acelerar ese camino no cabía más que alentar, ayudar, apoyar a esos guerrilleros israelitas que eran quienes estaban poniendo en práctica las Escrituras, y quienes lograban que el pueblo judío no se sumiera en la modorra de la desesperanza. Cuando llegó José a casa no sospechaba la sorpresa que le tenía María. Como siempre, saludó a su esposa con la ternura de los recién desposados. No tocó el tema del forastero. Esperaba, eso sí, que María le informara acerca del mensaje. Observó a maría radiante. Ella le tenía preparada la cena, como de costumbre. También le tenía lista el agua tibia para que se desentumeciera los pies. Acostumbraba maría a calentarle el agua con una mezcla de hierbas que le habían asegurado eran para ayudar a la circulación. Además, poseían el extra de un aroma especial. Mientras José dejaba que el agua le relajara el cansancio, maría le dijo: - Tengo un secreto, José. - Que el pueblo anda revuelto?. - No, eso no lo sabía. Y por qué anda revuelto?. - Por lo de siempre: zelotes y romanos. Cuando los nuestros atacan, cunde la euforia. Cuando los romanos atacan, corre la desesperación. Parece que la mejor parte, en esta oportunidad, la llevaron los zelotes. Y lo que yo digo: de qué sirven estas escaramuzas?. Luego arremeterán con más rabia los romanos y el resultado será sangre derramada. El Mesías no puede llegar envuelto en sangre. Si es el príncipe de la paz, como ha sido anunciado, cómo va a sembrar a nuestras familias de sangre y odio?. - Piensas, entonces, que debemos dejar a los romanos que nos humillen indefinidamente? -alternó María, que en esto seguía los lineamientos de su padre.. - Tampoco eso. Pero no me parece muy táctico el proceder de los zelotes. Qué pensaríamos si tuviéramos un hijo que siguiera los pasos de ellos?. María instintivamente se llevó las manos al vientre. José se percató. Sonrió. Se frotaba con las manos el pie derecho. - No temas, María. Sé muy bien que por ahora eso es imposible, pero algún día, y no a mucho tardar, hemos de pensar en la descendencia. - Ese es el secreto -cortó María. José continuó frotándose los pies. Sabía que la revelación del secreto estaba a punto de llegar, por lo que no forzó a su esposa. Dijo, en cambio: - Creo que Josué sí va a pagarme. Ha vendido unos cuantos corderos y ahora no anda tan apurado. - Gracias a Dios. Falta nos va a hacer. A lo mejor podemos comprar una pareja de ovejas. Tenemos algunos ahorros, no muchos. - Ya anduviste contando, no?. - Claro. - Todo llegará -la tranquilizó José. María le alargó una toalla. - Quieres oir el secreto?. - Estás ansiosa por revelarlo. - Pues, la verdad, sí. - Dí, entonces. - Que nuestra parienta, Isabel, está embarazada. José dejó escapar una carcajada. Ciertamente esperaba un secreto de otro tenor, algo que, por remoto que pareciera, luciera creíble. Repentinamente cortó la carcajada para increpar a maría: - No me gusta ese tipo de bromas, maría. - José, piensas que estoy burlándome de la vejez de Isabel?. - Tu no, pero alguien ha venido a soplártelo en los oídos, con intención de burlarse de la familia. Y eso no me gusta!. Mientras José se enjugaba el pie derecho, le vino la sospecha: - El forastero!. - El forastero -condescendió María. - Debiste haberme llamado, María. De estas burlas es necesario defenderse. - De verdad piensas que se trata de una burla?. - Y de qué, si no?. - Es un mensajero!. - De isabel?. - Pues, la verdad, no lo sé. - Te das cuenta, María? Alguien que quiso reirse de nosotros. Solamente le faltó convencerte de que era un enviado del Altísimo. María sintió impulsos de corroborarlo, pero se contuvo. No era el momento. - Hay gente que es todavía peor que los romanos -se quejó José. Había vuelto a ponerse las sandalias. María le tendió una escudilla repleta de guisantes, le acercó la jarra con vino y le tendió la hogaza de pan. José estrujó la hogaza. Meneó afirmativamente la cabeza. - No hay pan como el que tú amasas, María. - Eso siempre lo dicen cuando me queda bien. Recuerdas aquella vez que se me fue la sal? No había quien le hincara el diente!. María dibujó un gesto de asco con los labios. José rió. Dijo: - Tu madre fue la que salió ganando. Vaya banquete que se dieron los cochinos!. Y luego de probar el pan: - Pues te digo una cosa, María: el pan salado es malo, pero el sin sal no hay quien lo trague. No obstante, no era esta la conversación que ambos llevaban por dentro. José, luego de probar el pan, terció de nuevo: - Sabes qué pienso?. María no pudo disimular un estremecimiento. Antes o después debería enfrentarse, junto con José, al misterio. Y no se trataba de un misterio fácil de enfrentar. Sin embargo, estaba segura de que la ocasión vendría por sí sola. Mejor, que el mismo mensajero se las arreglaría para lograr que la obra de Dios fuera aceptada como tal por José. O sería la incomprensión el precio que ella debería pagar?. Todavía no le había dado tiempo a sopesar los dos platillos de la balanza. Ni siquiera, en el momento del anuncio, se le ocurrió plantear al mensajero una intercesión ante José. Todo lo que había acertado a balbucear fue que estaba presta a que en ella se realizara lo que el Altísimo tuviera a bien. Al fin y al cabo, cualquier mujer de Israel era una esclava del Señor, una mediación para que a través de ella se hiciera realidad la promesa. Si así había de acontecer... cómo torcer esos caminos que habían sido diseñados para la salvación del pueblo?. - María... Ella devolvió la mirada a José e intentó sonreir para auyentarle el conflicto. - Heme aquí, José. - María, no te turbe lo de Isabel. Quizá sea cierto. Quizá no se trate de ninguna broma. Por qué no te vas a la montaña para que ambas gocen la misma alegría?. - La misma alegría? -intervino maría, presintiendo que José ya tenía conocimiento de lo del anuncio. Nada de extraño tenía que el mensajero, luego de comunicarle a ella el mensaje, se hubiera acercado hasta donde José para ponerlo al tanto. Pero de ser así, por qué José lo ocultaba?. Si lo de Isabel le parecía una burla, no sería más burla lo de ella?. Quizá José le estaba ocultando su conversación con el mensajero para que ella no se sintiera enojada. O quizá simplemente esperaba que fuera ella quien tomara la iniciativa. Lo que parecía obvio, en el supuesto de que José hubiese sido informado del fenómeno, era que no lo había recibido con agrado. Y lo más seguro que no hubiese hecho caso alguno al mensajero. Parecía claro: de lo que se trataba era de una broma de muy mal gusto. - Claro -aclaró José-,. Isabel ya no pasará a la historia de las mujeres estériles de nuestro pueblo; ya no será el signo de que el Altísimo la privó del don de la esperanza. - Pero es muy anciana! -se atrevió a corregir María. - Bueno... milagro es milagro!. -atinó a sentenciar José. Luego, para quitar drama al misterio, aconsejó: -Precisamente porque es anciana necesitará más cuidados, y tú eres buena mujer para atender en los menesteres de la casa..
- De verdad así lo crees?. - María!. El tono con que lo dijo José no permitía dudarlo. Ahora sí le floreció a María su sonrisa de siempre, tan delicada y generosa como la desbordante alegría primaveral de fuera. |