LA HUIDA - Capitulo III

Las sombras del atardecer obligaron a encender las antorchas en el palacio de Herodes. El rey había pasado el día estudiando la estrategia a seguir con los astrólogos. No pudo llegar a conclusiones decisivas. Optó por dejar que los acontecimientos discurrieran a su ritmo. Las decisiones vendrían después.

Los emisarios de Herodes se encaminaron a la posada donde residían los tres astrólogos. No era precisamente una escolta lo que pretendía Herodes sino cautela, precaución. De hecho, y aunque no lo supieran los personajes llegados desde Oriente, toda la jornada habían sido espiados. Herodes impartió órdenes hasta para controlarles el pensamiento: movimientos que realizaban, personas con quienes hablaban, lugares en los que se detenían, objetos que adquirían en los tarantines del mercado de Jerusalén...

Ninguno de los movimientos constados se hizo sospechoso. Solamente uno sa salía de lo normal, aunque tampoco le pareció anormal al monarca: a la posada habían llegado emisarios de los sacerdotes para indagar acerca de los tres personajes y por los motivos de aquel viaje:

- Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo.

Herodes sabía que tal aclaratoria no podría ser del gusto del Sanedrín. Los judíos únicamente permitirían la adoración a Yahvé. Con la insistencia de los astrólogos todo lo que podían conseguir era el desprecio del Sumo Sacerdote y del resto de las castas judías.

Los espías de Herodes relataron el malhumor de los emisarios del Sanedrín, quienes apostrofaron a los astrólogos de que la adoración no era ni para hombres ni para astros, sino para el Dios único, Yahvé, el Altísimo.

- Nosotros hemos visto su estrellas y venimos a adorarlo -insistían los astrólogos contundentemente, aunque procurando no entrar en polémica.

Este incidente complació a Herodes. Al fin y al cabo los astrólogos estaban más a tono con la religión de Roma que con la de los israelitas. ¿No se había iniciado ya en Roma el culto al Emperador?.

Hubo expectativa en las calles de Jerusalén cuando los tres personajes se encaminaron a palacio, guiados por los emisarios de Herodes. A pesar de las objeciones de éstos, los tres personajes se empeñaron en cruzar las calles de la ciudad a lomos de sus respectivos camellos, lo cual, evidentemente, contribuía al espectáculo.

Como la noticia de la intención de los astrólogos se había divulgado por la ciudad, muchos creyeron que esta invitación del viejo monarca terminaría en desgracia. Observaban a los tres individuos con lástima; si pudieran convencerlos de que desistieran de esa invitación, lo harían. Sin embargo, las ansias por alertar se nublaron. Conocían de los ímpetus de Herodes y de las intrigas de sus lacayos. La estampa les pareció como una recua de corderos camino del matadero.

También el Sumo Sacerdote y los partidos que operaban en Israel esperaban con ansia los resultados de esta entrevista. Era evidente que algo tramaba el monarca y quería involucrarlos.

El Sanedrín había discutido sobre la posible mala intención del monarca al enviarles emisarios en busca de una información que, por más que se empeñaran en disimular, era como una bofetada. Resulta que había nacido el rey de los judíos y ellos, jefes del pueblo, representantes de Altísimo, cuidadores de las promesas, quienes suspiraban día y noche por restablecer su monarquía, guardianes de la ley de Moisés y de todas sus fantasías..., no lo sabían. ¿De qué rey, entonces, se trataba?. ¿Cómo era posible que anduviera tan escondido, tan sigiloso, ocultándose de los suyos?. ¿Cómo poder explicar que el tronco de David permaneciera bajo tierra?. ¿Y cómo, sobre todo, que unos paganos, ajenos a la fe israelita, contrarios inclusive a ella, sin relación alguna con el Altísimo, fueran portadores de tan buena noticia y ante las autoridades legítimas del pueblo?.

Sonaba a desconfianza. O los astrólogos eran unos locos, o unos magos con su truco tan bien entrenado, que ni ellos mismo se habían percatado que eran la pieza absurda de un rompecabezas que Herodes había ideado en su vejez.

Hubo mucha confusión en el Sanedrín. Hubo pareceres disímiles. Los representantes de las distintas facciones no se pusieron de acuerdo. Retornaron las acusaciones; saduceos contra fariseos, celotes infiltrados contra todos. La llegada de aquellos personajes estaba comenzando a resultar desestabilizadora. Aunque pareciera ilógico, solamente Herodes podía sacarlos de aquel embrollo.

- Que se deshaga de ellos -gritó un saduceo.

- Siempre es preferible que se presente como defensor del pueblo judío por haber desenmascarado a unos farsantes, y no que nos ponga en ridículo ante el pueblo.

Tan rotunda afirmación cobró aplausos ante el comentario de un funcionario sacerdotal quien había murmurado al oído del Sumo Sacerdote:

- En los barrios bajos de Jerusalén la gente dice que ha nacido nuestro verdadero rey, nuestro Mesías.

El Sumo Sacerdote, luego de atusarse las barbas para contener la rabia, alzó ambos brazos rogando un silencio que ya estaba presente en el recinto.

- ¡Ganas me dan de rasgarme las vestiduras!.

Los representantes de los judíos, presentes en el Sanedrín, se llevaron las manos a sus mantos, imitando al Sumo Sacerdote y esperando que éste se desprendiera al menos de un botón de su túnica. Sin embargo, y una vez que observó la disposición de los presente, prestos a rasgarse las túnicas, intentó quitar importancia a lo dicho:

- Quizá no sea para tanto. Los integrantes del Sanedrín se miraron sin lograr entender reacciones tan dispares en el Sumo Sacerdote. Este comprendió la incertidumbre de los presentes, apresurándose a aclarar:

- El pueblo ya repite lo que han venido diciendo los astrólogos: que ha nacido nuestro rey.

De nuevo se interrogaron asombrados, con sus miradas, pero ahora con preocupación. Era necesario comenzar a contar con la reacción del pueblo y eso no estaba planificado. De tal forma que decidieron recluirse en el recinto de sesiones hasta lograr un plan acertado para contener cualquier desvarío de la turba.

Mientras los tres camellos entraban por la puerta principal del palacio de Herodes, el Sanedrín comenzó a deliberar.

Había resultado una noche invernalmente tibia. El cielo de Jerusalén se vistió de estrellas. Tanto el palacio de Herodes como los guardianes del templo espiaban en el firmamento en procura de aquella estrella que supuestamente había guiado a los astrólogos. Ni en el templo ni en palacio pudieron captar los observadores otras luces que las mortecinas estrellas invernales.

No obstante, en los barrios bajos de Jerusalén ya el dedo índice de las personas apuntaba hacia una luz pequeñita, asegurando que tal brillantez jamás se había visto. Podría haber llegado desde Oriente.

Por más que los espías del Sanedrín se empeñaban para convencer a la gente de que tal estrella tenía nombre en los catálogos de los astrólogos, de que no era nueva ni venía de Oriente, la gente, sin tantos conocimientos, no quedó satisfecha. La razón vino a darla una prostituta que salió a medio vestir del burdel. Gritó:

- ¡Es esta una noche fatal!.

Los curiosos la observaron, atónitos. Luego del primer e inevitable asombro, uno de los presentes lanzó el primer chiste:

- Esta esperaba a los reyes de Oriente.

Pero la ramera no bajó la mirada. Se acercó con paso lento, aunque decidido, y con la destreza que le imprimía su profesión, espetó al oído del joven ocurrente, con grito suficiente para que lo oyeran todos:

- Este cuerpo se mantiene con los cuerpos de judíos, no de extranjeros. ¡Y tú no tienes cuerpo para mantenerme!.

Luego, atusándose hacia atrás la revuelta cabellera, alzando la mirada hacia el firmamento y apuntando hacia la supuesta estrella, nueva y con luz pequeña aunque distinta, alertó:

- Oídme, ciudadanos de Jerusalén: esa luz que veis allá se cuela hasta mi alcoba y le quita las ganas a los hombres. ¿Qué demonios está pasando?. Debemos tomar medidas contra esos personajes venidos de Oriente. ¡Que se vayan a su región y nos dejen el ritmo a nuestra vida!.

- ¡Está loca!. ¡Qué tiene que ver la estrella con la impotencia masculina!. ¡Será ella quien ha perdido los encantos para hacer a los hombres viriles!.

- ¡Soy la mejor puta de Jerusalén! -chilló la mujer, y rasgó la parte superior de su vestimenta de cama, mostrando unos senos amplios y maduros. -¡Quien sea suficientemente hombre que venga y toque!. ¡Y si hay mujer que quiera comparar con los suyos, que venga y palpe!.

Las más jóvenes se llevaron instintivamente las manos a sus senos. No los tenían duros porque no habían sentido todavía el calor de la provocación. Pero ni mujeres no hombres se aventuraron a aceptar el reto de la prostituta. Como hubo silencio, la del burdel atenuó su tono y continuó:

- Habitantes de Jerusalén: esa lucecita es la culpable. Desde que llegaron los reyes, o príncipes, o astrólgos, o magos, o lo que sean, esa lucecita se cuela por el ventanuco y revolotea como unas cosca por toda la alcoba. No solamente distrae a los clientes de mis encantos, algo peor: los encandila, alejando su mirada de mi cuerpo. De nada sirve que muestre mis dotes, esas que muchos de los aquí presentes conocer, porque las han disfrutado, de nada vale que contornee mi cuerpo al estilo de las bailarinas de Arabia; de nada que desparrame por la estancia perfumes penetrantes. La lucecita anula todos los encantos. Mi cuerpo no puede competir con ella. ¡Qué maldito hechizo posee esa luz que hasta ha logrado desairear este cuerpo siempre apto para los mejores momentos?.

Aquella primera euforia había ido descendiendo. Las miradas de los presentes se dirigían alternativamente a la diminuta estrella y a los senos visibles de la mujer.

No hubo más reproches. La del burdel, en un ensayado movimiento de cabeza, logró que su larga cabellera le cubriera el rostro, así los presenten no sabrían si era para ocultar su vergüenza o para que no apreciaran sus lágrimas. Subió su ropa íntima hasta lograr ocultar aquellos senos que habían servido para corroborar la entereza de su profesión.

Los espías del Sanedrín se cuidaron de intervenir en el espectáculo. Una vez que la mujer se introdujo en su estancia y los curiosos continuaban haciendo suposiciones sobre el embrujo de la estrella, los espías se dieron con el codo y fueron lentamente separándose del grupo. Unos decían que había la estrella había perdido el brillo desde el momento en el que la prostituta provocó a los presente con la exuberancia de sus senos; otros afirmaban lo contrario.

Se encaminaron hacia el Sanedrín. Informaron a escribas, fariseos, saduceos y sacerdotes en general, pormenorizadamente, acerca de los acontecimientos. El Sumo Sacerdote instó a uno de los espía a que describiera nuevamente la escena:

- ¡Si no lo veo, no lo creo! -murmuró el Sumo Sacerdote.

Luego, llevándose las manos hacia la túnica, a la altura del cuello, repitió:

- ¡Definitivamente estamos en tiempos de rasgarnos las vestiduras.

Los tres astrólogos se apearon de sus camellos una vez traspuesta la primera de las puertas de entrada al palacio de Herodes. Se asombraron de la majestuosidad del edificio. En cambio, los servidores del rey se percataron de que aquellos personajes no tenían porte de reyes, ni de príncipes, ni de haberse familiarizado con la nobleza. Los hacían impresionantes, eso sí, sus vestimentas.

La proliferación de antorchas en los corredores de palacio y los potes estratégicamente ubicados, en los cuales se quemaban inciensos, imprimían al palacio un deje de refinamiento ocasional.

No hubo recibimiento especial. Los servidores del rey se limitaron a mostrarles el camino. Los astrólogos, como motivados por un impulso súbito, se asomaron a uno de los ventanales y escrutaron la noche. Uno de ellos apuntó hacia el firmamento. Los otros dos aseveraron con la cabeza. Cuando reanudaron el paso, algunos de los acompañante se acercaron al ventanal escrutando en la misma dirección. Su movimiento de cabeza fue el contrario: nada. Si los astrólogos habían identificado en la negrura de la noche alguna luz especial, ellos no.

Herodes no se encontraba en el amplio salón comedor cuando los astrólogos, guiados por el servicio, penetraron en él. Les mostraron sus respectivos lugares, frente a la larga mesa; el salón fue llenándose de invitados. Al poco un típico sonido de trompetas anunció la llegada del rey. Herodes entró luciendo sus mejores galas, pero no podía disimular la pesadez de la edad. No pareció dar importancia a la presencia de los tres personajes. Luego de ubicarse en su asiento, realizó un gesto con la mano derecha, lo suficientemente elocuente, para que camareros y gentes del servicio se pusieran en movimiento.

Contra lo esperado, resultó una cena silencioso. En algunos momentos solamente se escuchaba el sonido de los cubiertos. La fastuosidad en la presentación de los manjares era impresionante. Algunos del servicio comentaron que una cena así no la había prodigado Herodes ni a los emisarios romanos que de tarde en tarde llegaban al reino de Israel con misivas de Octavio.

En un primer momento, los tres astrólogos se alimentaban con precaución. Una vez que observaron la voracidad de Herodes dieron rienda suelta a su apetito y engulleron los alimentos pensando más en la avidez de sus estómagos que en la ponderación de invitados.

Herodes hacía señas a los escanciadores de vino para que las copas de los tres personajes permanecieran siempre llenas. Como no se había efectuado brindis algunos, los astrólogos se abstuvieron de la ingerencia alcohólica en el primero momento; luego siguieron el ejemplo del monarca. Era un vino selecto, reservado para las mejores ocasiones, y se dejaba colar sin resquemor en la garganta.

Herodes parecía insimismado en su apetito. Aprovechaba cualquier movimiento de sus manos, al tomar los alimentos, para observar el comportamiento de los invitados.

Los invitados no comprendían el silencioso comportamiento del rey y sus allegados. Tenían referencia del bullicio que normalmente contextuaba a estas recepciones. El más moreno de los tres, luego de una reverencia al monarca, se encaminó a uno de los ventanales de la estancia y dirigió la mirada hacia el firmamento. Todos los comensales, excepto Herodes, siguieron con la mirada el comportamiento del astrólogo. Luego de unos segundos de espiar el firmamento retornó a su asiento sin realizar el más mínimo gesto. Tomó la copa de vino y la apuró del todo, hecho que suscitó pensamientos disímiles en la mente de los invitados. Sus dos compañeros tampoco realizaron la más mínima observación, lo que ayudó a que los comensales se dedicaran a saborear las frutas y los pasteles.

Una dama de servicio se acercó al lugar de Herodes con una palangana de plata. Otra doncella vertió agua en ella. El monarca realizó su personal ablución. Se secó las manos y con un gesto indicó al mayordomo que anunciara la segunda parte del espectáculo.

- Nuestro señor, el rey Herodes, rey de Israel, invita a sus comensales a acompañarlo al salón real para disfrutar del espectáculo preparada para sus invitados, los huéspedes venidos de Oriente.

Ayudaron al anciano monarca a auparse de su asiento. Con paso lento se encaminó al salón real. Lucía decorado al mejor estilo romano, mezclando alfombras persas y egipcias, colgadas de las paredes y diseñadas con figuras geométricas, con los butacones y poltronas para recostarse. Las losas del piso habían sido cubiertas con alfombras variopintas. Además de adornar, tenían la virtud de mitigar el frío adosado al mármol.

Las columnas, que seguían su alineación milimétrica, respondían a un jónico tardío, bien trabajado. Del techo pendían sedas abombadas y orlas que daban terminación a los encajes.

Herodes se acomodó en su poltrona e invitó a los astrólogos, con gesto sonriente, o ocupar asientos cerca de él. Era la primera vez que lo veían sonreir. El resto de los invitados fueron acomodándose en las poltronas ubicadas entre la columnata. Al fondo, los músicos hacían sonar sus cítaras, logrando una melodía cadenciosa, reposada, casi antesala de un descanso o de una invitación al sueño. Era una receta para después de la sustanciosa cena.

Los sirvientes fueron colocando delante de las poltronas mesitas de caoba tallada, semicubiertas con bordados multicolores. Sobre ellas pusieron copas repujadas en oro y bandejas con frutas y dulce.

Herodes dio la orden y comenzó la fiesta.

José llegó a la casa, prestada por Roboam, turbado. Había ocupado la tarde en Belén realizando algunas compras. En los mercaditos circulaba la noticia, llegada desde Jerusalén: dicen que ya ha nacido nuestro rey y que reyes de otros reinos han llegado a adorarlo.

El chisme había sido recibido con exaltación por unos, con temor por otros. Entre los segundos se encontraba José. Esperó la visita de Roboam para conversar sobre estos decires pero el pastor, aquel atardecer no apareció por la casa.

María captó inmediatamente la intranquilidad de su esposo. Preguntó si algo anormal ocurría en Belén. No era mucho lo que José había comprado, por lo que María intuyó que el dinero les había menguado.

-No te preocupes, José. ¡Saldremos adelante!. ¡Con tal de que tengamos para el niño...!.

José sonrió. Tomó al niño en brazos. Jugó con él. Haciéndole muecas, llamándole grandote, agachando la barbilla para que el pequeño tropezara sus manos con los pelos ya un tanto crecidos.

- Cuando estemos en nuestra casita de Nazaret te voy a llenar el patio con juguetes de manera. ¡Ya verás!. ¡No habrá en todo Israel un niño con tantos juguetes como tú!.

Lo decía convencido, ideando en su mente caballitos trotones, recuas de ovejas, carritos para engarzar a los caballos, sillas con ruedas, botones y arados y palas para escarbar en la tierra. Un mundo de madera traducida a sueños infantiles.

- Y cuando estés más crecido, te enseñará a tocar la flauta de Roboam.

- ¿Cómo vas a enseñarle a tocar la flauta si tu no sabes? -se reía María.

- Aprenderé primero.

- Allí no tendremos a Roboam.

- Allí también hay pastores -dijo José, consciente de que, efectivamente, allí no estaría Roboam.

Sin embargo, el semblante de José no terminaba de aclararse. No le gustaba nada el rumor que corría de boca en boca: "¿Cómo nuestro rey puede nacer..., en dónde..., de qué familia..., sin que nadie lo sepa..., y tengamos que enterarnos por extranjeros...!.

Igual que durante los días fuertes del censo, una especie de resurrección de nacionalismo invadía el corazón de muchos israelitas, principalmente entre la gente humilde: "Cuando nuestro rey se haga cargo tendrán que salir los romanos y nuestros campos volverán a florecer y no tendremos que pagar impuesto, y nuestras cosechas serán nuestras, y el rey repartirá la riqueza por igual, y comenzará el tiempo de la salvación". Era demasiado hermosa esta utopía para ser creída.

A José se le ocurrió pensar que la llegada de estos personajes podía ser un anticipo de la muerte inminente de Herodes. Esa era la clave. Lo que habían leído en los astros podía resultar el anuncio de un nuevo rey para los israelitas, más que la corroboración de que un rey judío despojara a los romanos del trono. Pero semejante apreciación no llegó a reconfortarlo: ¿hasta cuándo tendría que vivir sumidos en medio de los caprichos de Roma y de los personales caprichos de un mandatario impuesto?. Las carantoñas que prodigaba al pequeño fueron perdiendo intensidad. María no apreció:

- Algo está ocurriendo que no quieres decirme. Y si me lo ocultas es porque no es bueno para nosotros.

José dejó al niño sobre la cunita, forrada con pajas para reducir el frío, y contestó:

- ¿Qué malo puede pasarnos?. Todo lo malo que nos podía pasar era un mal parto, y ya ves.

Semejante razonamiento no convenció a María. María prefirió no insistir.

Ya habían caído las sombras sobre los alrededores de Belén. José atizó el rescoldo dentro de la casita. El firmamento había destapado la claridad lejana de algunas estrellas cuando, desde las montañas cercanas, comenzó a fluir la melodía angustiosa de flautas pastoriles. José y María salieron al exterior tomados de la mano. Era evidente que estaban transmitiéndose, así agarrados, la fuerza ante el temor, la cual provenía como respuesta a un miedo sin fundamento.. José, con el propósito de aliviar la tensión de su esposa, comentó:

- Son sus costumbres.

- Nos hubiese alertado Roboam.

- Roboam no puede tenernos al tanto de todo.

- Este atardecer no ha venido a ver al niño -insistió María como argumento de que las cosas no andaban bien.

- Ahí tienes la razón -replicó José-. Si esto es una especie de ritual para ellos, tendría que estar con los suyos.

José no estaba tampoco convencido de lo que decía. María, en cambio, sí estaba segura de que la respuesta de José carecía de fundamento.

- ¿Será que en algún sitio se habrán revelado contra el censo?.

- ¿Y qué tienen que ver en eso los pastores? -preguntó José.

- Poseen sus trucos para alertar. Y para informar. Recuerda la noche del nacimiento del niño: los cuernos resonaron entre los montes y todos entendieron la señal.

- Estamos haciendo suposiciones sin fundamento.

- Eso es por estar en tierra extraña -se lamentó María.

- No debemos quejarnos.

- Quejarnos... nada. Agradecer... mucho.

- Si algo malo sucediera estoy seguro de que Roboam nos hubiera alertado.

Este razonamiento sí logró tranquilizar a María.

El joven matrimonio, sin soltarse la mano, prestaron atención a la música que fluía desde la cercanía de las montañas. Era, ciertamente, triste.

María se daba cuenta cómo una flauta puede gemir, quejarse, protestar, a la vez que anunciar, ser portadora de alegría y adormecedora para un recién nacido.

José elevó su mirada al firmamento no para observar las estrellas sino para dirigir alguna oración silenciosa al Altísimo, implorando librarles de cualquier acechanza. Sin pretenderlo, la mirad se le quedó prendida de una estrella diminuta, la más pequeña de todas; sin embargo, con un embrujo especial. Apretó la mano de María. Dijo:

- Mira.

María observó el firmamento. Únicamente acertó a decir:

- No parece una noche de invierno.

A pesar de semejante observación el frío nocturno les estaba rodeando el cuerpo. José comentó que no podía ser bueno para ella, recién parida, permanecer a la intemperie:

- No hace tantos días que diste a luz. Refúgiate junto a la lumbre, que ya entro.

José permaneció fuera, alternando la atención entre aquella estrellita que, sin saber por qué, le había cautivado, y la nostálgica cadencia musical que provenía desde las colinas. Le pareció una estrella triste, igual que la música. ¿Sería aquella la estrella que, según los rumores que circulaban por Belén, había guiado a los astrólogos desde sus tierras hasta aquí?. ¿Qué mensaje había leído en ella para obligarlos a emprender un viaje tan aparentemente ilógico?.

Sintió repentinamente imperantes deseos de abandonar aquellas tierras para refugiarse en su Nazaret y comenzar una vida sin sobresaltos. Presentía, no obstante, que algo estaba atándolo en aquella tierra. La figura de Roboam retornaba una y otra vez a su mente, a veces con semblante risueño, otras con rasgos de preocupación. No sabía descifrar aquellas bruscas motivaciones, ilógicas, sin sentido.

Le entraron ansias de que la música lejana, procedente de las colinas, avanzara en dirección a ellos, como aquella noche del parte. No sucedió. La melodía, aunque no enmudecía, persistía en su nostalgia, conservando la distancia entre los pastores y ellos. Habría que esperar al día siguiente para que Roboam, si se dignaba visitar al niño, les diera alguna explicación.



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