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LA HUIDA - Capitulo II
La llegada del emisario de Herodes ante el Sanedrín causó perturbación. La primera reacción del Sumo Sacerdote fue despreciar al rey romano y considerar que aquella intempestiva misiva no era más que el resultado de un delirio nocturno del anciano monarca. Pero inmediatamente sus asesores le comentaron la certeza de que en Jerusalén se hallaban unos personajes llegados supuestamente de Oriente haciendo preguntas raras. También afirmaron que no estaba claro su estatus: para unos era magos, para otros astrólogos; los muchachos de Jerusalén los trataban como reyes. De tal forma que algo había de cierto en la misiva de Herodes. No parecía prudente, por tanto, desatenderla. El Sumo Sacerdote, a su vez, envió esta misiva al rey: "Nuestros escribas revisaron las Escrituras y las profecías, y remitiremos a palacio la respuesta oportuna". El Sumo Sacerdote no entendía todo aquel alboroto. Temía que Herodes, en su locura, utilizara este incidente para humillar una vez más al pueblo judío. ¿Cómo iba a nacer el rey de los judíos, el Mesías anhelado, sin conocimiento del Sumo Sacerdote?. ¿De dónde podría proceder semejante locura?. ¿Quiénes eran esos personajes que, llegando desde lejos, traían una revelación ocultada por el Altísimo a sus más allegados?. A pesar de la incongruencia de la situación, al Sumo Sacerdote le ocurrió lo que a Herodes: es preferible investigar antes de desestimar. Envió de inmediato emisarios para informarse ante estos personajes sobre cuál era su misión en Jerusalén y de qué nacimiento hablaban. Los tres astrólogos orientales se habían aposentado ya en una de las posadas, a las afueras de la ciudad. No resultó difícil a los emisarios del Sumo Sacerdote dar con su paradero. Todo Jerusalén habla de ellos, afirmando que hacían preguntas raras solicitando información sobre el nacimiento de un rey. ¿Quién en Jerusalén no se hubiese enterado de la venida del Mesías tanto tiempo anhelado?. De ahí que se corrió el rumor de que tales personajes no estaban en sus cabales, de que la lectura de los astros les habían secado los sesos. Sin embargo, los emisarios del Sumo Sacerdote, los encontraron extremadamente lúcidos: "Queremos saber dónde está el rey de los judíos que ha nacido". En vano se esforzaron los emisarios del Sumo Sacerdote en convencerlos de que tal afirmación no podía ser cierta: ningún rey había nacido y ni siquiera el Sumo Sacerdote tenía noticia de ello: - Cuando llegue nuestro Mesías, el primer lugar que pisará será el templo -dijeron. Sin embargo, los astrólogos adujeron sus argumentos, argumentos científicos, y hablaron de la estrella que les había comunicado tal acontecimiento. Dijeron también: - No es un rey fácil de conocer. Solamente quien siga los trazos de la estrella dará con su paradero. Esta observación fue suficiente para que los emisarios del Sumo Sacerdote torcieran los labios en evidente mueca de desprecio por aquellos personajes. El Sumo Sacerdote, no obstante, calibró más allá de las apariencias; ordenó reunir a todos los sacerdotes del templo y a todos pos peritos en las Escrituras para detectar, si era posible, cualquier revelación que tuviera referencia a este supuesto rey nacido. Los escribas no tardaron en toparse con un pasaje del profeta Isaías: "Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel". - Ese caudillo ya lo tuvimos. - Cierto. La profecía de Isaías se cumplió. - David apacentó a nuestro pueblo durante mucho tiempo. - El ungido de Yahvé, con nacimiento en Belén, fue David, el pastor. El Sumo Sacerdote, para tranquilizar la expectativa reinante en la reunión, insistió: - ¿Nada más preciso?. Uno de los sacerdotes presentes quiso enfatizar: - Nuestro Mesías será Sumo Sacerdote, a la vez que será rey, encargado de los asuntos temporales del pueblo. Deberá devolvernos la alegría de vivir y la prosperidad. No hay indicios de que tal acontecimiento sea inminente. A pesar de nuestro deseo. Así que propongo cerrar el asunto y enviar a Herodes un recado de circunstancias. Si quiere buscar al rey de los judíos enviémosle la cita de Isaías: "Belén de Judá!. ¿Qué rey va a conseguir en Belén?. Algunos, no obstante, insistieron: - Los astrólogos hablan de una estrella. ¿Alguien de los presentes ha visto una estrella nueva en el firmamento, un signo que al menos indique que estos personajes no desvarías?, Nadie la había visto, por supuesto. Para justificar de alguna manera la ciencia de la que los astrólogos eran portadores, otros precisaron: - Hay que entender esa referencia. Cada niño nace en una cierta coyuntura astral. Esa es su estrella. No que cada quién tenga una estrella en el firmamento. Si así fuera, luego de la muerte de la persona, la estrella dejaría de lucir. Quien hablaba era un saduceo. No creía, por supuesto, en la resurrección. Tanto los escribas como los sacerdotes obviaron esta aclaratoria para no entrar en discusión sobre el particular. Decidieron por unanimidad enviar a Herodes la respuesta de Isaías: "Belén de Judá será la cuna del rey de los judíos. Herodes no acertaba a descifrar esta fría aclaratoria enviada por el Sanedrín. Luego de dar mil vueltas a la profecía de Isaías llegó a la conclusión de que tanto los astrólogos como los sacerdotes del templo estaban locos. Y si no lo estaban parecían querer aparentarlo. Lo cierto era que no existían indicios suficientes para dar crédito al nacimiento de un supuesto rey de entre los judíos. Por lo cual podría seguir durmiendo tranquilo. Sus últimos días pasarían sin sobresaltos. Los tres astrólogos, luego de la inevitable desilusión, retornarían a su origen comprobando que el firmamento les había tendido una trampa. Súbitamente recordó aquel sueño de días atrás, cuando Salomé paseaba a un recién nacido por la estancia.Esto sí le preocupó. ¿Qué relación podría haber entre aquel sueño macabro y la llegada a Jerusalén de estos astrólogos, preguntando por un recién nacido, y rey?. También en aquella oportunidad del sueño él había atinado a observar una corona real en la diminuta cabeza del niño. La delicadeza de su hermana Salomé para con el pequeño denotaba que no podía tratarse de un judío sino más bien de alguien relacionado con la familia. Todos los intentos por clarificar aquel sueño durante los días posteriores habían dado como resultado que se trataba únicamente de una pesadilla. Su hermana se había reído a carcajadas: - ¡Yo acunando a un rey judío!. Herodes llegó a pensar que era preferible silenciar el sueño antes de que se corriera por el pueblo una posible demencia del anciano monarca. De tal forma que echó tierra al incidente y siguió los consejos de su hermana: si daba crédito a estos desvaríos no lograría vivir tranquilo los últimos días de su existencia. Ahora, estos tres magos, o astrólogos, o lo que fueran, habían llegado para resucitar aquella pesadilla. Sintió deseos enormes de que llegara la noche para tenerlos frente a él. Podría ocurrir que sus consejeros no habían sabido interpretar el lenguaje de los astrólogos. Envió al feje de la servidumbre para que supervisara hasta el menor detalles los preparativos de la cena. En cualquiera de los casos los astrólogos deberían regresar a sus países convencidos de que la única autoridad real en Israel, por obra y gracia del Senao Romano y del gran emperador Octavio, era él, Herodes el Grande, hijo del idumeo Antipatro y amante de las más grandes realizaciones. Igualmente debería quedar claro que en Israel no hay otro rey más que Herodes, y que ni siquiera la descendencia estaba todavía anunciada. El impero romano se había conservado fuerte gracias a hombres como él, en quienes Octavio había depositado su total confianza. Si los magos habían leído algo en las estrellas que contradijera esta certidumbre, o había leído mal, o las estrellas habían equivocado su rumbo. No era bueno para él que llegara a Roma el chisme de que en Israel tomaba auge una monarquía paralela, ajena a los lineamientos del Senado. La recepción a los magos debería servir sobre todo para eso: si habían llegado hasta Jerusalén como portadores de una intriga, deberían desandar el camino proclamando la falsedad de tal anuncio; dejar a las estrellas quietas en su firmamento y dejar al trono tranquilo en sus manos. Los días que le deparara la vida sería más que suficientes para que en todos los rincones del Imperio quedara constancia de quién era Herodes. Y quizá la posteridad. Nuevamente sintió deseos de que se acortaran las horas. El gusanillo de la intranquilidad le azuzaba para enfrentarse a aquellos tres extranjeros y extravagantes personajes que estaban haciendo preguntas excesivas. La mayor preocupación en estos momentos no era lo que al respecto pensara el Sanedrín sino el fruto que pudiera cosechar en el corazón del pueblo semejante anuncio. Estaba convencido de que era preferible toparse directamente con el supuesto rey nacido que con la leyenda. Si nadie sabía dónde se encontraba tal rey, todos comenzarían a buscarlo. Hasta los celotes tomarían en sus manos la motivación, brindada por los astrólogos, para inventarse un rey a su capricho. Al fin y al cabo más le interesaba un rey fantasma a los celotes que al Sanedrín. ¿Qué haría el Sanedrín con un rey judío al lado?. Los celotes sí. No porque a ellos les interesara un rey, pensaba Herodes, sino porque les interesaba una insurrección. El anunciado rey podría convertirse en el motivo. Herodes reunió otra vez a sus consejeros, a los de más peso, a los de absoluta confianza, con el fin de planificar una estrategia al respecto. Cabía la posibilidad de encerrar a los tres extravagantes astrólogs y deshacerse e ellos acusándolos de sediciosos. Noe era necesario forzar demasiado el argumento: venir proclamando un rey distinto a él era delito suficiente para volar cabezas. Ante esta posibilidad, algunos de sus consejeros recomendaron prudencia. Adujeron razones tácticas: "No es conveniente en este momento, cuando el Imperio, por obra de Octavio Augusto se encuentra en paz, provocar alteraciones con vecinos. Una ejecución de astrólogos llegados desde la Media podría provocar movilizaciones". No era Herodes persona que se dejara cautivar por estos razonamientos. No obstante no realizó sus típicos gestos de desaprobación. Tampoco elevó el tono de sus preguntas. Evidentemente su pensamiento había volado hasta Roma. No pudo menos de sopesar el impacto que una decisión así podría tener en el Senado y hasta en el mismo Emperador. Por más que se sintiera protegido no se le escapaba la posibilidad de las intrigas. Siempre hay alguien que siembra cizaña y a ésta es difícil cortarla, sobre todo cuando el acusado no está presente para defenderse. Tanto creció este supuesto que Herodes perdió el hilo de la conversación de sus consejeros. Comenzó a torturarle otra idea: ¿no sería la llegada de estos anónimos personajes una especie de prueba que le tendían desde Roma para comprobar la capacidad de mando que le quedaba en su vejez?. Los consejeros se percataron de que el rey no estaba atento a sus argumentos. Guardaron Silencio. Herodes tampoco se dio cuenta de que el silencio se había apoderado de la estancia; mucho menos de las furtivas miradas que se dirigían los consejeros, intentado adivinar cuál sería el pensamiento del rey. Uno de ellos tosió con el propósito ividente de regresar a Herodes a la realidad. Otro se inclinó para atizar el brasero que mantenía templada la estancia, con idéntico propósito. Herodes permanecía respaldado en su asiento, sin muestra de retornar a la realidad. Cuando, por fin se incorporó, dijo: - Lo que haya que hacer... lo haremos. Los consejeros volvieron a mirarse. Cuando Herodes pronunciaba sentencias de esta índole sabían que la sangre comenzaba a rebelarse. Zacarías, el sacerdote de Ain Karin, padre del pequeño Juan, se enteró en los corredores del templo de la llegada de los tres personajes desde Oriente; también de la preocupación de Herodes ante lo que estos individuos preguntaban. Por los pasadizos se divulgaban infinidad de versiones, cada cual más contradictoria. Aunque nadie daba crédito al anuncio de los astrólogos, todos se regocijaban de que tales personajes hubieran logrado quitar el sueño al monarca. A la vez, cundía otro temor. Herodes, loco y viejo, supersticioso más que nunca, estaría planeando cualquier estrategia para que su categoría de rey no fuera puesta en entredicho por nadie. Se enteró de la respuesta que los sacerdotes y demás autoridades habían enviado a palacio: "El rey de los judíos nacerá en Belén de Judá. Así está escrito". Zacarías revisó personalmente las escrituras y pensó que era la respuesta acertada. Pero, expurgando en los libros sagrados, se topó con otra profecía, la de Jeremías: "Un clamor se ha oído en Ramá, llanto y lamento grande: es Raquel que llora a sus hijos y no se quiere consolar, pues ya no existen". El recuerdo intempestivo de Raquel perturbó a Zacarías. Se apelmazaron en su mente todos los esfuerzos que aquella mujer había realizado por darle descendencia a Jacob, descendencia de su propio vientre. Y cómo había nacido José. Y cómo nació luego Benjamín, cerca precisamente de Belén Efretá. Pero Raquel, por el esfuerzo del parto, había fallecido. Jacob la enterró en el camino de Efretá, esto es, en Belén, y erigió una estrella sobre su sepulcro. Jacob fue convertido por Yahvé en Israel. José, el preferido, sin duda por haber nacido el primero de los hijos que le dio Raquel cuando ya no creía tener esta descendencia. Y Benjamín, el más pequeño, en el más querido de José. Una historia fascinante la de Jacob-Israel y sus hijos. Aunque Zacarías recordaba las preferencias de José y Benjamín, por ser los dos hijos habidos con Raquel, reparó igualmente en las bendiciones de Jacob a Judá: "A ti, Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano en la cerviz de tus enemigos; inclínense a ti los hijos de tu padre. Cachorro de león es Judá; de la presa, hijo mío, has vuelto; se recuesta, se echa cual león o cual leona, ¿quién te hará alzar?. No se irá de Judá el báculo, el bastón de mando de entre tus piernas, hasta tanto que venga aquel a quien le está reservado y a quien rindan homenaje las naciones". Esta última frase retumbó en el interior de Zacarías: "Rindan homenaje todas las naciones". Uno de los comentarios que se divulgaban por el templo se refería preciasamente a que los tres personajes eran príncipes de distintos reinos. No se trataba de israelitas que quisieran esperanzarse ante el nacimiento de su rey. Eran extranjeros, paganos, gentes llegadas desde lejos, que venían a rendir pleitesía a un rey desconocido, inclusive por sus propios súbditos. Un rey de la extirpe de Judá, de la extirpe de >David, procedente de Belén. ¿Era coincidencia?. ¿Era tan diafanamente claro el mensaje que la estrella había dictado a estos reyes, astrólogos, magos, o todo a la vez?. ¿O era ésta la forma de manifestarse nuevamente Yahvé, formas inauditas, como había acontecido con el nacimiento de su hijo, el pequeño Juan?. ¿Tendría que ver esto con lo acaecido con su esposa Isabel?. Cuando Zacarías llegó a casa, en Ain Karin, se encaminó hacia la pequeña cunita del niño. Lo contempló sonriente. Como siempre lo saludó con carantoñas de dedos y labios, mientras el pequeño hacía esfuerzos con las manos para apropiarse de las luengas barbas de su padre. Isabel observaba desde fuera de la estancia el espectáculo. Gozaba con la estampa. Hacía también muecas con los ojos, como de incomprensión: - No sé qué hubiese sido preferible, tenerlo cuando lo hemos tenido o haberlo engendrado como fruto de nuestro juventud. - Yahvé es el que decide y cualquier momento elegido por el Altísimo es el apropiado -comentó el anciano sacerdote. Luego, dirigiéndose a su esposa, aseguró: -También para mí este es el mejor momento. - Y para mí -corroboró Isabel. La anciana mujer observó que el habitual brillo de los ojos de su esposo tenía ahora una especie de deje de intranquilidad. Y quiso saberlo: - ¿No andan bien las cosas por el Templo?. - Sólo precauciones. - ¿Precauciones? - Herodes ha enviado un recado para que se le informe en qué lugar nacerá el rey de los judíos. - Herodes ya delira -contestó Isabel, quitando importancia, con un gesto de su mano derecha, al recado del monarca. - Eso es lo malo -replicó Zacarías-. Los desvaríos de un loco y viejo son los peores. Todavía pretende ser dueño de la vida y de la muerte de nuestro pueblo. - ¿Qué quieres decir, Zacarías?. Isabel, presintiendo instintivamente un maléfico augurio, se aproximó hasta la cuna del pequeño y lo tomó en brazos. Le hizo todos los mimos posibles y lo apretó contra sí, evidentemente para protegerlo de quien fuera. Zacarías, aproximándose a ambos, y para quitar tragedia a sus palabras anteriores, dijo: - Ahora no son los judíos quienes han venido a importunar a Herodes sino unos astrólogos procedentes de la Media. Y le contó. José, luego del nacimiento del niño, había decidido instalarse unos días en Belén, antes de emprender camino de regreso a Nazaret. El y María acariciaban la idea de realizar una escala en Ain Karin. María sabía que Isabel y Zacarías no le perdonarían el haber estado tan cerca y pasar de lejos. Era la mejor oportunidad para que las dos familias conocieran a sus respectivos retoños, los cuales se llevaban de diferencia solamente unos meses. José estaba entusiasmado con la idea: quería estrechar la mano del pariente sacerdote y escuchar de sus propios labios los pormenores del portento. Por más que María se los había relatado, el escucharlos de boca del propio protagonista adquiría un valor singular. Pero prefería, por María y por el niño, aguantarse unos días más en Belén. Abandonaron la cueva. Los mismos pastores se empeñaron en conseguirles mejor alojamiento. Aunque Belén todavía sufría la congestión por el censo, Roboam logró, no lejos de allí, una pequeña casa en la que él mismo vivía por temporadas; siempre conseguirían más comodidades que en la cueva. Durante aquellos primeros días, los siguientes al parto, José explotó todas sus cualidades de cocinero. Por más que María se empeñaba, José no le permitía trabajos ajenos a los de la primeriza maternidad. La parturienta continuaba visitando diariamente a María. Cambiaba los pañales al niño y le untaba el ombligo con aceita especial, para que cicatrizara. Nada había por qué preocuparse. Tanto María como el niño disfrutaban de días normales. Inclusive, el frío parecía ceder y la casa suministrada por Roboam aparecía más caldeada que la cueva. José se empeñó en hacerle reformas. A pesar de que Roboam no deseaba aquellos remiendos, José insistió: apuntaló algunas tablas en el techo, cepilló la puerta para que ajustara mejor, fabricó una portezuela para taponar la ventana, clavó dentro unos pequeño tajos, de los que se usaban para ordeñar a las ovejas, hizo una mesa y ajustó en las paredes unas tablas para colocar sobre ellas los utensilios. En realidad, la casita tomó otro ver. El pastor acudía a visitarlo todos los atardeceres. - ¡Ya has estado metiendo la mano aquí! -le reprochaba amistosamente a José. - De alguna forma tengo que pagarte -le respondía el carpintero galileo con sonrisa de agradecimiento. Roboam se pavoneaba ante sus compañeros de pastoreo de los buenos arreglos que el galileo estaba haciéndole a la casucha. María, como agradecimiento a Roboam, conservaba al lado de la cunita del niño (un comedero de ganado arreglado por José) la flauta que le regaló la noche del parto. Era el mejor premio para Roboam. María lo sabía. - Roboam, ¿no quieres tocar una melodía suave para que el niño se duerma?. Roboam alargaba la mano cuidadosamente, tomaba la flauta y ensayaba melodías cadenciosas, lentas, acordes. El pequeño se dormía. María comentaba: - Roboam, vamos a tener que llevarte a Nazaret. Cuando nos vayamos, ¿qué música arrullará al niño?. Roboam sonreía y callaba. Antes de retornar con su rebaño compartía con María y José el queso que él mismo, o algún otro de los pastores, les habían traído. Los pastores de la comarca le había tomado cariño a aquel muchachito, a aquella familia galilea, aunque no sabían por qué. Quizá por haber nacido en su territorio. Quizá por haberlos visto desplazados de la ciudad. En sus reuniones, alrededor de las fogatas nocturnas, comentaban los acontecimientos habidos. Nunca el cuerno había sonado como sonó aquella noche; nunca las llamas de una hoguera habían desprendido tal claridad como cuando Roboam la atizó para anunciarles el nacimiento. Inclusive, habían comentado: fue una noche de luz, fue una noche de paz. Uno de los pastores se atrevió a decir: - Cuando nazca nuestro Mesías no sé por qué me da que nacerá como este niño. Los que nacen en cunas de palacio jamás sabrán ejercer el poder como es debido. El buen mando solamente puede ejercerlo quien haya pasado por el corazón de la necesidad. Y esta familia transita por ahí. - No digas cosas así -replicó otro de los pastores-. El Mesías nacerá como el Altísimo lo haya dispuesto. - Pero nuestro Dios sabrá poner sus ojos en los humildes y no dar más poder a los ya poderosos. - El Altísimo es sabio. ¿No ves lo que ocurrió en Ain Karim?. El Altísimo alumbró la vejez de la esposa del sacerdote para que diera a luz. Y el padre de la criatura, por incrédulo, a pesar de ser sacerdote, tuvo que soportar la mudez durante todo el tiempo del embarazo de su esposa. - Sólo Dios sabe lo que hace. Estaban de acuerdo. Lo curioso, como ellos mismos decían, era que el nacimiento de este niño galileo le había dado motivos para hablar del Mesías y para que sus corazones rebosan de redoblada alegría. ¿Era quizá ese el premio que les ofrecía por los pocos alimentos que ellos habían llevado hasta la cueva? - Cuando nace un niño así, el Altísimo baja hasta nosotros -decía Roboam. Roboam se había convertido en una especie de emisario entre los pastores y la familia de Nazaret. Algunos de los utensilios que ahora servían para que José preparara la comida y lavara los pañales del pequeño, habían sido prestados por los pastores. Estos tenían la ilusión de conservarlos una vez que la familia galilea hubiese retornado a Nazaret. Era una forma de conservar vigente el recuerdo de aquel nacimiento, el cual, sin se extraño, les había inundado de paz. |