LA HUIDA - Capitulo I

- ¿Qué es eso de que vienen unos reyes desde oriente a visitarme? -preguntó, sorprendido, el viejo Herodes emergiendo lentamente las manos de la bañera forrada en oro.

Las doncellas encargadas de frotarle las espaldas con esencias y mejunjes notaron cómo la espuma de los jabones, traídos precisamente desde oriente, se inflaba y explotaba, asustada quizá por la preocupación del monarca. Las manos de Herodes no soportaron aquellas suaves burbujas. Pidió con presteza una toalla. Había que colocársela justamente sobre la cabeza, de espaldas a él, para que las doncellas no pudieran apreciar la languidez de su miembro varonil que tantos hijos y con tantos temperamentos había traído al mundo.

Herodes ya había desterrado de su humor los chistes obscenos que en un tiempo prodigó por doquier, no solamente entre hombres sino también entre doncellas. No soportaba a los efebos ni para cuidar a vírgenes. Se había esmerado, eso sí, en no dañar la sensibilidad almidonada de las damas romanas, no tanto por ser cortés con ellas cuanto por no caer en desgracia ni del César ni de alguno de los más allegados y decisivos consejeros.

Las doncellas le colocaron una holgada túnica blanca. El dejó resbalar la toalla, quedando arrugada a sus pies, sobre la fina alfombra de Persia.

- Unos reyes... -murmuró. No estaba seguro de si aquella intempestiva visita se debía a un honor o a una intriga. Por primera vez le asaltó la duda de si ya no controlaba a cabalidad todos los hilos de su reino. La vejez es dañina porque ya no tiene, ya no dispone de tiempo ni espacio para remendar. A la vejez se la acorrala porque hay muchos, quizá demasiados, que esperan un desenlace rápido para ocupar posiciones que justa o injustamente se les ha negado. La vejez mira hacia atrás y ve huecos, algunos remiendos mal parcheados, muros que se van resquebrajando. La vejez desearía tomar decisiones con energía, esas que se tomaron muy enérgicamente pero sin la debida cobertura hacia el futuro. El tiempo no retrocede. Las fuerzas ya no presumen de idéntica fortaleza.

- ¿Y qué desean esos reyes?.

Se atrevieron a comentar que la información no estaba clara: reyes, o príncipes, o astrólogos, o magos, pero en cualquiera de los casos, gente con poder.

Herodes tiritó de frío a pesar de que la estancia estaba caldeada con braseros y olorosa a inciensos. Hubiera deseado tener arrestos en aquel momento para recorrer las estancias con zancadas oportunas, esas que le servían para pisotear el nerviosismo, desentumecer los músculos y ayudarlo a reflexionar.

Sus más cercanos colaboradores percibían lo estable o inestable de las reflexiones del monarca por la rapidez o la serenidad en las zancadas. No se le podía distraer cuando el paso era raudo. Quería atrapar una y otra reflexión, uno y otro pensamiento al ritmo de sus pasos. Igual daba que se encontrara en sus habitaciones íntimas, restringidas, en los corredores del palacio o en el reducido espacio de una tienda de campaña. Las ideas trotaban sin bridas, a merced del espacio. Herodes las perseguía con idéntica fruición, con igual enfado, con similar desespero.

- ¡De modo que no saben si son reyes o qué!.

Las doncellas no se atrevieron a encaminarlo hacia el tocador donde le esperaban los perfumes habituales y los aceites que sobaban su piel marchita.

Los ánimos de doncellas y guardias personales se relajaron al escuchar la carcajada vieja del monarca y el comentario entrecortado:

- ¡De modo que titiriteros!.

Alguno intentó acompañar al rey en su euforia repentina. No obstante las miradas de alerta de doncellas y guardias dejaron que el arranque de risa se helara ahí mismo. ¿Quién podía interpretar a estas alturas el estado de ánimo del rey?. ¿Quién podía descifrar si aquella súbita bocanada de euforia no era otra cosa que un mecanismo de defensa de su preocupación interior?.

- ¿Y qué magias nuevas le traen a Herodes?.

Buscó con la mirada una respuesta concreta, mas los ojos de los presentes prefirieron las losas de la estancia para no sentir la responsabilidad de una contestación.

El rey, en otro momento, los hubiera detectado. Siempre había exigido servidumbre presta a una respuesta. Ahora, en cambio, dejó pasar por algo el escalofrío que recorría los cuerpos de la servidumbre. Dijo:

- ¡Pues bien!. ¡Tendremos fiesta esta noche!. Orientales y judíos son muy dados a trucos. Si quieren alegrar las noches del rey... ¡bienvenidos!.

Ordenó una investigación más precisa. Si era necesario recibirlos antes de la función, los recibiría. Sólo si era estrictamente necesario. Preferiblemente recibirlos luego de la exhibición. Así tendría oportunidad de comentar sus gracias o solicitar información acerca de sus trucos.

- ¡Eso sí!. ¡No quiero trucos de serpientes!. ¡Advertido!.

El rey abominaba a los reptiles.

En sus buenos tiempos de campaña, cuando tenía que utilizar la tienda para reposar, le tenía más miedo a las culebras que a los posibles atentados. Hacía revisar escrupulosamente cada baúl, hasta siete veces. Ordenaba escudriñar los rincones. Exigía que las sábanas fueran blancas, para detectar cualquier intruso, además de que fueran tendidas en su presencia, segundos antes de acostarse. ¿Cómo deshacerse de un reptil?.

Admiraba a los encantadores de serpientes. Los veía como realmente poderosos, con un arte reservado a muy pocos privilegiados, y que nunca podría comprar un rey. Si los admiraba por este poder, sin duda procedente de la divinidad maléfica, los odiaba por convivir con aquellos reptiles que se le antojaban resbaladizos, astutos y silenciosos, como las mujeres intrigantes. Era este aspecto de lo sigiloso, del peligro no anunciado, lo que más hacía temer al rey. Podía batirse con animales en la más tupida selva, felinos, desafiantes. Esa fiereza aparecía noble. Era la destreza y la fuerza lo que estaba en juego, y ahí el hombre, con su inteligencia, podía actuar. Pero... ¿cómo actuar contra un resbaladizo y silencioso reptil?.

Era necesario tranquilizar al rey, sobre todo quitarle de la imaginación esta repugnancia por las culebras. Uno de sus allegados, con tono de amansamiento, dijo:

- No son magos de esa calaña, majestad. Son astrólogos.

- ¡Astrólogos! -murmuró Herodes.

Un alivio definitivamente confortable, más que el producido por el agua templada de la bañera adobada con esencias, inundó los poros intranquilos del cuerpo del monarca. Repitió cuatro veces consecutivas, sin respirar, "astrólogos", cada vez con un tono diferente, intentando dar respuesta a otras tantas y diferentes supersticiones.

Astrólogos. La astrología era una ciencia y ni siquiera en Roma cabía el desprecio hacia ella. Eso sí, se trataba de una ciencia conflictiva, quizá porque habían proliferado los astrólogos de negocio a la par de los astrólogos de profesión. Los únicos confiables eran los de vocación. ¿Quién era, de verdad, un astrólogo o quién un simple mago?. Cierto, muchas predicciones astrológicas habían tenido cumplimiento, pero también se habían cometido no pocos desafueros con la excusa de la infalibilidad astrológica. El problema no residía en la ciencia sino en los abusadores de ella. ¿Qué predicciones se habían cumplido en su vida y cuáles no?.

Aunque la suya había resultado una vida de sobresaltos, la verdad era que los astros no le habían sido adversos. En medio de tantas intrigas y de tanta sangre malgastada, ahí estaba, anciano, con poder, para corroborarlo. Es verdad que sus mejores astros habían sido los que iluminaron en Roma: primer el Senado, cuando el año 40 le concedió el título de rey de Israel. Pero sobre todo, Octavio. En el año 31, después de la batalla del Accio, Herodes se había hecho adepto a Octavio y éste, una vez que se convirtió en Augusto por obra y gracia de su tío César, le reconfirmó en todos sus privilegios. Debía, por lo mismo, estar agradecido a esas estrellas que, partiendo de Roma, le iluminaron toda su azarosa vida de poder.

- ¿Entonces... no tendremos velada con trucos? -preguntó Herodes.

El mismo se respondió: -Mejor, me interesan más los astrólogos que los magos.

Se movilizaron sus subalternos. Llegaron con información más precisa:

- No son ni reyes, ni príncipes, majestad: son astrólogos.

- ¿Astrólogos de verdad, o magos?.

- Parecen serios.

- ¿Y qué desean de mi?.

- Información.

- La información está en las estrellas.

Herodes, ya en su sala de audiencias, colocaba sus pies sobre el taburete, al lado del brasero. El frío invernal, benigno días antes, había recrudecido intempestivamente. En otros tiempos el ahora anciano rey no le hubiese temido; pero sus achaques habían que las bajas temperaturas lo sumieran en un estado de irritación continua. Por eso su servidumbre cuidaba exhaustivamente de tener templadas todas las estancias que el rey utilizaba a diario, que ya no eran muchas.

Herodes mantenía a tono su cuerpo con vino caliente, aguado y azucarado. Era una costumbre desde los viejos tiempos de campaña, cuando el frio había que sortearlo con inventos. Este invento se lo confió a un pastor a quien, en pago, no permitió que la tropa le robara los corderos para su alimentación sino que ordenó pagárselos a buen precio.

- ¿Y qué tipo de información desean? -interrogó el rey sorbiendo lentamente el vino azucarado y templado que mantenía a tono sobre una mesita de mármol sobre la que descansaba un diminuto brasero, diseñado expresamente para él.

- Información sobre el rey de los judíos.

- ¡El rey de los judíos es Herodes, y Herodes sólo proporciona información a Roma y al Emperador. Si son astrólogos de verdad que lean sus astros; ellos acumulan toda mi vida. Y si no son astrónomos de verdad no hay audiencia para ellos.

- No se refieren a su majestad -corrigió el emisario entornando la mirada.

- ¿Es que hay otro rey de los judíos que no sea yo?.

Bajó los pies del taburete, se incorporó del asiento debidamente acoplado con cojines de plumas, se encaminó con paso lento hasta uno de los ventanales de la estancia, separó los cortinajes, espió la ciudad y sin voltearse, con voz imperiosa, aunque quebrada, insistió:

- ¿ Existe otro rey de los judíos distinto a Herodes?.

- ¡Por supuesto que no!.

- ¡Por supuesto que sí, demonios! -gritó el rey sin sospechar de qué monarca se trataba y sin apartar la mirada de la ciudad-. Si no se refieren a mi, entonces... ¡por supuesto que sí!.

Ningún funcionario deseaba oir estos arranques de Herodes. Después de la furia ¿qué venía?. ¿Contra quién había que aplacarla?.

El monarca tardó un buen rato en retomar la palabra. Parecía haber quedado petrificado en aquel ventanal que enviaba desde fuera una claridad invernal y fría. Aquella ciudad, sagrada para los judíos, seguiría adelante a pesar de su muerte. Le costaba aceptar que el Augusto César Octavio encontraría sin duda un sustituo que le administrara, política y económicamente, al menos tan bien como él, esa parcela avanzada del imperio romano. Cualquiera de sus hijos tendría el visto bueno, tanto del Senado lcomo del Emperador. El se había cuidado de sembrar confianza en Roma, a pesar de lo complicado que resultaba gobernar a un pueblo tan díscolo como el israelita y tan supersticioso con sus creencias. La única verdad práctica era el culto al poder, al emperador que lo encarna. Solamente así podría progresar un pueblo, sin otro fanatismo que la deidad que se ve.

Sin embargo, se daba cuenta de que la misma Roma había sido sumamente tolerante. El orbis romnus era realmente un todo yuxtapuesto. Hispania, Galia, Italica, Grecia, Asia, Egipto... formaban parte de una misma unidad: en lo administrativo y en lo gubernamental. Pero la centralización se había concentrado más que nunca en estos aspectos. Otros, como creencias, costumbres, tradiciones, lengua inclusive, culturas, no habían sido aniquiladas, ni siquiera perseguidas. Sirios, hispanos, galos, egipcios... además de romanos, seguían siendo sirios, hispanos, galos y egipcios.

En aquel tiempo más que el latín era el griego el lenguaje común del imperio. Roma inclusive se había helenizado. Las deidades griegas, con leves variantes, habían sido aceptadas y veneradas en el corazón del imperio. En este idioma podían entenderse los legionarios ítalos que se afincaron en Macedonia, en Transjordania, en Africa y en cualquiera de las grandes ciudades del Asia Menor. En esta lengua se entendía los judíos transplantado en Roma, en Antioquia, Lyon, Cartago, Forcea... Pero ningún "indígena" deseaba renunciar a su propia lengua. Así, en las grandes ciudades del orbis romanus, existían especie de colonias "extranjeras" celosas por preservar sus idiosincrasias particulares. Por supuesto, en los medios rurales subsistían los idiomas autóctonos: el licaonio en Pisidia, el arameo en Siria y en Palestina, el celta en las galias, y en el norte histapo, el ilirico en Dalmacia, y así sucesivamente.

Todavía más. Los mismos funcionarios romanos esparcidos por las más remotas regiones del imperio se ceñían a la práctica de este habla popular, entre otras razones como táctica para el buen entendimiento. Herodes sabía defenderse con los israelitas en su propia lengua, aunque cada vez que llegaba algún emisario del César desde cualquiera de las provincias romanas se explayara comunicándose con él en el latín romano o en el griego casi universal.

¿ >De qué lugar de Oriente procedían estos astrólogos?. ¿Qué estrellas habrían divisado en el firmamento y qué misiva habrían descifrado en ellas que tuviera que ver con Herodes?. ¿Sería un mensaje rayando en lo personal o más bien se trataría de algún cambio en el Imperio?.

No tenía noticias de que en Roma las cosas fueran mal. Al contrario, Cayo Julio César Octavio (Augusto) había logrado la paz, había fomentado la riqueza y el progreso en el Impero y ya se hablaba como de la época de oro del Imperio. Las artes y las letras habían florecido en forma inusitada, de tal manera que la grandiosidad griega ya tenía su contraparte en la frondosidad intelectual romana. El siglo de Pericles tenía su similitud con el siglo de Augusto. Y él, Herodes, apellidado por algunos El Grande, se sentía como una pieza importante en este engranaje floreciente del Imperio

Cuando puso su mirada en Octavio Augusto no se equivocó. Tampoco se había equivocado Octavio al concederle su placet. El, Herodes, entraría en la historia del imperio romano junto a Mecenas, junto al príncipe de los poetas, Publio Virgilio Marón, junto a Tito Livio, junto a Cayo Salustio Crispo... Cada quien, en esta grandiosidad del imperio conseguida por Octavio, había puesto su granito de arena. Unos con las artes, otros metodologizando la historia, otros elevando el espíritu con la magia de la palabra en verso y otros con las sutilezas de la espada y con las artimañas de la política. El, Herodes, pertenecía a este grupo. ¿Qué habían leído, entonces, los astrólogos en las estrellas?.

- Dicen que leyendo una noche el firmamento se toparon con una luz distinta que por llamarla de alguna manera la llamarían estrella, poro que, científicamente, su haz de luz no cuadraba con las características de los astros del firmamento. Una estrella que se dejaba leer sin manifestar las complicaciones de otros astros. Una estrella con una fuerza vital capaz de dar sustento al firmamento. Por contraste, dicha estrella, majestad, no apuntaba a un lugar en el firmamento sino a un sitio en la tierra. Y ese lugar es éste, tus dominios, majestad.

- ¿Mis dominios?. Yo no soy más que un administrador de Octavio Augusto -puntualizó el rey, con un toque de condescendencia que dejó asombrados a sus colaboradores. La típica soberbia de Herodes había dado paso a un reconocimiento de su carácter vicario, de saberse no ser él el dueño y señor sino el delegado del Imperio.

Herodes, frotándose las manos, denotando un deje nervioso más que una defensa contra el frío, retomó la idea anterior.

- ¿A qué rey de los judíos se refieren esos astrólogos?.

- Desean consultarlo con su majestad.

- ¡No hay tal consulta! -explotó Herodes, abandonando su lugar junto al ventanal y retomando de nuevo su asiento junto al brasero.

Realizó un gesto con la mano derecha y sus asesores abandonaron la estancia.

Herodes entró en mil cavilaciones, llevándose las manos a la cara. Se mordió repetidamente el labio inferior, quizá para comprobar su todavía patente energía en el momento de tomar las decisiones.

No obstante, intuía que la decisión adoptada, el negar audiencia a los astrólogos, no correspondía con el temperamento que siempre había derrochado en vida: no salvarse del posible peligro ignorándolo sino afrontándolo. Y experimentó una repentina y súbita curiosidad:

- ¡Que traigan a mi presencia a los astrólogos!.

Impartió instrucciones para que fueran recibidos como dignatarios dignos, si no de algún imperio al menos del firmamento. Herodes era incrédulo y, por lo mismo, supersticiosa a ultranza. No le tenía miedo a los dioses, pues él profesaba la única religión digna del imperio de Augusto Octavio: el culto al emperador. Pero sí le temía a esas fuerzas ocultas que, escondidas en los astros, enviaban efluvios malignos contra los mortales despectivos. ¿Y cómo luchar contra esas fuerzas?.

Ordenó que se preparara una cena elegante, digna de un rey que no era judío pero a quien debían pleitesía los judíos. Ordenó, junto a los manjares más exquisitos, a las carnes más sazonadas, a los vinos con más cuerpo, otros entretenimientos: músicas orientales, en honor a los huéspedes, música y bailes semitas, en honor al reino, y recitadores de los mejores versos de las Eglogas de Virgilio, en honor a Roma. Ordenó quemar el más exquisito incienso por los corredores y estancias, para que los astrólogos venidos de Oriente se percataran del buen gusto olfativo de las autoridades del imperio. Ordenó multiplicar los pivotes de las antorchas para que la noche interna de palacio no envidiara a la claridad de cualquier día normal.

Cuando sus asistentes le preguntaron si él mismo acudiría a la entrada principal para recibir a los astrólogos, Herodes contestó que no: "No es el imperio quien tiene que arrodillarse ante la ciencia, es la ciencia quien debe prestar sus hallazgos al imperio. Se trata de deslumbrar, no de rendir pleitesía".

No era raro que a Jerusalén llegaran personajes de naciones cercanas, por lo cual no constituyó mayor asombro el contemplar a los tres personajes orientales, a lomos de camellos, deambular por las calles de la ciudad. Sí algunos comentarios, sobre todo de chiquillos: sus miradas se centraban en el personaje de tez morena. Contrastaba su rostro en medio de la albura de su túnica impecable.

A pesar de ser astrólogos caminaban por las calles de Jerusalén como desorientados. La claridad de un tímido sol invernal era para ellos más oscura que la noche de estrellas parpadeantes.

- Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle -contestaron a los emisarios de Herodes.

- Aquí no ha nacido rey alguno. El único que tenemos está viejo y en últimos días, y sus hijos, los que aún quedan vivos, ya están en edad de tomar el mando.

- Ha nacido el rey de los judíos y hemos visto su estrella -insistieron los astrólogos.

Los emisarios de Herodes comentaron entre sí que aquel encuentro no iba a tener final feliz. Uno de los más allegados al monarca comentó:

- Majestad, ¿para qué recibir a estos locos?.

Herodes torció el entrecejo. El emisario se adelantó antes de que el rey diera rabia suelta a su reproche:

- Majestad, los judíos pueden aceptar la presencia de estos falsos magos como la respuesta al cumplimiento de alguna de sus ridículas profecías. ¡Las formas de atenerse son muy diversas!.

El comentario del emisario tomó de sorpresa a Herodes. Se rascó la cabeza, tamborileó con los dedos sobre su rodilla, quitó los pies del taburete, junto al brasero, abrió dos veces la boca entrecortando el aliento, se recostó cuanto pudo en la poltrona y dijo:

- Lo que acabas de decir es razonable.

Durante estos últimos años de su vida en muy contadas ocasiones alababa comentario alguno de sus cercanos, por muy certero que pareciera. Se había hecho tan cauto como desconfiado. Si la desconfianza había sido la tónica de su vida, y en su haber tenía demasiadas muertes para corroborarlo, en estos últimos tiempos la desconfianza se había duplicado. La vejez contaba tanto que debía atar todos los cabos antes de tomar decisiones que pudieran adelantar su último momento. De ahí que, aunque le pareció razonable la reflexión de su consejero, sospechó a la vez una posible segunda intención en éste.

Luego de dudar una y otra vez optó por la solución intermedia: tener en cuenta el consejo pero continuar con la oferta de la recepción.

- Es razonable lo que dices -insistió-. Los recibiremos. En el transcurso de la cena podremos captar su verdaderas intenciones.

Los servidores de palacio trajinaban a más no poder para dejar todo dispuesto.

Herodes tampoco había prodigado cenas durante los últimos años, y menos tan animadas como presumía estarlo ésta. En los pasillos principales fueron cambiadas las alfombras normales por las de gala. Los candelabros de plata iban apareciendo relucientes gracias al esfuerzo de los siervos esmerándose en lustrarlos. Los cortinajes menos vistosos fueron reemplazados por otros de colorido menos invernal.

Herodes, en su aposento, masticaba el alerta de su consejero: "Si se trata de una conspiración no saldrán con vida". Y, sin darse cuenta, acarició la idea de que se tratara de una intentona para derrocarlo: volvería a haber sangre en las calles de Jerusalén y hasta los israelitas aprovecharían este proceder, dado que desestabilizadores extraños se estaban inmiscuyendo en los asuntos internos. ¿Sería ésta la gran oportunidad de su vida para congraciarse con los judíos, así fuera ya en la época de las postrimerías?.

Acarició la idea de involucrar en este asunto a los notables de la ciudad. Escribas y fariseos, saduceos e inclusive celotes, debían de estar al tanto de los acontecimientos y, por cortesía expresa de Herodes.

El rey, saboreando la idea, impartió instrucciones previas para alertar a los Sumos Sacerdotes y a los entendidos en las Escrituras y tradiciones judías.



Índice Siguiente