EL PROFETA - Capitulo VIII

Herodías se enteró.

En un intento de reconciliación amorosa con el tetrarca, le había preguntado:

- ¿Por qué tienes tanta condescendencia con ese profeta?.

- No sé a qué te refieres. ¡Lo he invitado acaso a alguna de nuestras fiestas?.

Herodías guardó un momento de silencio, haciendo caso a una especie de relámpago que le cruzó veloz y que le dejó una solución pendiente.

- ¿Sabes que no es mala idea?.

- ¿Cuál? -preguntó Agripa.

- Hacer una recepción oficial en honor al profeta.

La carcajada del tetrarca inundó la alcoba. Era noche avanzada. Más de uno, en palacio, escuchó la alegría falsa que se había escapado por la ventana del dormitorio de Herodes Agripa.

El tetrarca tomó, en un principio, la propuesta de su concubina como lo que realmente parecía: una graciosa ocurrencia, de esas que a veces fluían de la mente de Herodías en los momentos en los que la lucidez no estaba condicionada por el rencor.

La carcajada resultó tan prolongado que la mujer tuvo que parársela en seco:

- Todo lo que te digo referente a ese profeta hebreo te causa una risotada sospechosa.

El tono de voz no dejaba lugar a interpretaciones. Una vez más el tetrarca se percató de que su oficial concubina hablaba en serio. Se incorporó en la cama, intentó atraerla hacia sí, Herodías simuló un movimiento de rechazo. Con voz de aparente ofensa, dijo:

- El profeta está acentuando las barreras entre nosotros y tú se lo permites.

El tetrarca se quedó con la ilusión en los brazos, ahora vacíos, y en vez de intentar acallar la queja de Herodías, dijo:

- Es cierto, me simpatiza ese judío.

Aguardó una agria respuesta de parte de la mujer, pero no llegó. Herodías aceptó con frialdad calculada la confesión y volvió a proponer:

- Es preferible tenerlo de amigo que de enemigo. Y si a ti te simpatiza, ¿por qué no hacemos que me simpatice también a mi?.

Herodes Agripa había pasado de la carcajada estruendosa a la expectación. Conocía lo suficiente a su concubina para aceptar buena intención en semejante propuesta. El tetrarca sabía perfectamente de las intrigas de palacio y de los crímenes que se pueden cometer puertas adentro. La vida de su padre había sido un claro ejemplo. Si Herodes el Grande derramó sangre en abundancia entre sus más allegados, mujer, hijos, sobrinos, para perpetrarse en el poder, ¿por qué no pensar que Herodías calculaba las mismas tácticas para asegurarse el regazo de Agripa?.

En palacio pululan los expertos en preparar bebedizos y cualquier amanecer puede despertar con un difunto sobre el lecho. En cualquier sorbo se puede diluir la muerte y no hay que dar razón a nadie de por qué el nuevo día aparece con una vida menos.

- ¿Hablas en serio, Herodías?.

- Haré lo que sea para que ese profeta nos deje vivir en paz. Si tengo que introducirlo en palacio y darle todo lo que me pida, lo haré. Por las buenas o por las malas quiero que ese judío aparte de su lenguaje mi nombre, que es más punzante su voz que cualquier tilo de lanza. Vamos a intentarlo por las buenas. Ya que tú le tienes aprecio, vamos a demostrarle el aprecio que le tienes.

- ¿Y si no da resultado? -intervino el tetrarca.

- Si no da resultado... no queda otra alternativa.

Herodes Agripa realizó un gesto de condescendencia. Sabía perfectamente que no daría resultado. Si apreciaba al predicador del Jordán era precisamente por eso, porque lo veían como un israelita intachable, valiente ante los poderes religiosos de su propio pueblo y más valiente si cabe ante los muros infranqueables de Maqueronte. Que su voz hubiese logrado penetrar las murallas ya era una valentía que había que sopesar.

Desde que apareció el rumor de la predicación de Juan, Herodes Agripa había sentido curiosidad por la historia de estos personajes de Israel quienes, de cuando en cuando, aparecían en la sociedad y turbaban con sus dichos a todos los poderes. Se había informado al respecto. Inclusive, en alguna oportunidad había oído a su padre que lo único digno del pueblo judío eran sus profetas. Así que existía un oculto respeto hacia estos individuos que arrastraban con sus prédicas a miles de judíos y que, sin hacer malabarismo, intranquilizaban las conciencias. Se trataba, evidentemente, de un poder extraño el que exhibían, un poder que arrancaba desde lo más bajo del pueblo. Los romanos también podían presumir de sus oradores, y los foros se llenaban de sentencias filosóficas de estos sabios de la palabra. Pero los profetas de Israel poseían en esa palabra un fuego tal que no había fuerza humana capaz de apagarlo.

- No es mala tu propuesta -condescendió el tetrarca-. Haremos que venga a palacio y podremos así calibrar la fuerza de su voz y la agudeza de su mirada. Una cosa te advierto, Herodías: a estos personajes no se les puede presentar uno con rencor. Así que si insistes en tenerlo cerca, has de tener la valentía suficiente para soportarlo. Y me temo que eso no sea fácil.

- ¿Cuándo Herodías ha sido mujer fácil?.

- Lo sé -aseguró Herodes Agripa-. Pero este predicador es de los que se alimentan con la provocación.

- Déjalo entonces de mi mano. Buscaré el momento oportuno y lo invitaremos a palacio. Puede que su palabra enmudezca ante los halagos de alguna de mis doncellas.

- En tus manos lo dejo. Y te deseo toda la suerte que te mereces.

Herodías, desde aquel día, envió emisarios redoblados para constatar el humor del profeta. Le dijeron que el predicador del Jordán no había vuelto a hacer referencia en sus prédicas a los amores del tetrarca, lo cual tranquilizó sobremanera a la concubina. También le informaron que por esos días sus denuestos iban dirigidos contra los mismos judíos, que sacaba a relucir una y otra vez las escrituras; que relataba continuamente pasajes de la historia pasada del pueblo, y lo más novedoso, que se empeñaba en recalcar que alguien más importante que él, a quien ni siquiera era digno de anudarle los cordones de sus sandalias, venía en pos suyo.

En vano se esforzaron los espías de Herodías por conseguir a este personaje anunciado por el profeta. Les hizo recorrer todo lo largo del jordán, por ambas riberas, sin que lograran indicios de que otro israelita hiciera sonar su nombre por toda la comarca.

- Es un embaucador. ¡Engaña a la gente con agua del Jordán y cada día consigue algún argumento novedoso para seguir creando expectativas!. Lo mejor es anularlo olvidándolo. Predica cuentos a la gente humilde y esperanza para quienes la esperanza no está hecha. Sólo le siguen pordioseros, pescadores de poca monta, labriegos de las colinas, curiosos árabes que se detienen por unos días en su travesía, ciegos que se frotan los ojos con el agua del Jordán sin lograr desprenderse las legañas, pastores de rebaños pequeños y algún que otro fariseo curioso y suspicaz. Pero no es de temer.

- Pero le siguen -insistía Herodías.

- Algún día se acabará su embrujo y cabe esperar que sean los mismos judíos quienes le hagan tragar todo el agua del Jordán que ha derramado sobre sus cabezas.

- No es eso lo que yo creo -insistía tercamente Herodías, y urgía a sus espías para que continuaran con su trabajo y renovaran esfuerzos para detectar quién era y dónde se encontraba ese otro anunciado por el profeta.

En efecto, por aquellos días, Juan se había olvidado, o había relegado, los ataques contra los amantes del palacio de Maqueronte. La gente de la comarca jugaban a desentrañar el acertijo que les había propuesto resolver el profeta.

Juan, luego de bautizar a cuantos a él acudían, les habló y les dijo:

- Escuchen el sueño que tuvo el rey Nabucodonosor y para el que sus adivinos, astrólogos, magos y caldeos no encontraron interpretación: "En medio de la tierra había un árbol de impresionante altura. El árbol creció, se hizo robusto; su copa tocaba al cielo, su expansión los confines de la tierra. Su ramaje era hermoso, abundante su fruto, había en él comida para todos; a su sombra se cobijaban las bestias del campo, en sus ramas hacían nidos los pájaros del cielo, y de él se alimentaba todo ser viviente. Yo contemplaba en mi lecho las visiones de mi mente. De pronto bajó del cielo un Vigilante, un Santo, el cual gritó vigorosamente: ¡Abatid el árbol, cortad, sus ramas, desmochad su ramaje, desparramad sus frutos; retírense las bestias de su sombra, y los pájaros de sus ramas. Pero dejad en tierra el tocón con sus raíces; sea atado con cadenas de hierro y bronce a la hierba del campo. Caiga sobre él el rocío del cielo, comparta con las bestias salvajes la hierba del suelo. Su corazón dejará de ser un corazón de hombre, se le dará un corazón de bestia, y siete años pasarán por él. Esta es la sentencia que dictan los vigilantes, la orden decidida de los Santos, a fin de que sepan los vivientes que el Altísimo domina sobre el imperio de los hombres; a quienes quiere se lo da y ensalza en él al más bajo de los hombres".

En la posada de Maqueronte discutían sobre el acertijo. En las sinagogas los escribas pronto desentrañaron el secreto. Divulgaron que tal sueño ya había sido develado por el profeta Daniel, llamado Baltasar, y que su cumplimiento se había hecho efectivo en la locura de Nabucodonosor, castigo de Yahvé, y en recuperación del reino de Nabucodonosor, premio de Yahvé, una vez que el rey se humilló ante el Altísimo. Sin embargo, las gentes que seguían a Juan no aceptaban esta interpretación de los leguleyos como la más cónsona para los momentos actuales. El profeta les había pedido una interpretación nueva y la gente se desgañitaba por resolver el acertijo.

- Se refiere a Herodes el Grande. Su reino era el gran árbol que ahora se desgajó en las tres ramas de los dos tetrarcas y del procurador.

- El profeta nunca se refiere a los romanos cuando habla -corregían otros-. Tiene que ser algo relacionado con nuestra historia.

- ¡Ya está! -dijo uno, lleno de alborozo-. El gran árbol es el pueblo de Israel que ha venido siendo atacado por nuestros invasores. Pero la raíz sigue ahí, presta para que la mata florezca y se convierta de nuevo en árbol frondoso, de altura tal que ensombrezca al son, en cuyas ramas vuelvan a anidar las aves del cielo y cuya sombra cobije no sólo a bestias salvajes sino a caminantes cansados. ¿No nos ha hablado acaso el profeta de alguien que viene tras él, y a quien ni él mismo es digno de desatar las correas de sus sandalias?. ¿No será que el profeta nos está anunciando el advenimiento del Mesías, del restaurador definitivo del reino de Israel?. ¿No insiste acaso en la preparación del camino para que cuando el Mesías llegue no haya tropiezos para sus pasos?.

No pareció a los oyentes desacertada esta interpretación. Y comenzó a divulgarse por la comarca.

En la posada de Maqueronte preguntaron a Jesús:

- Galileo, ¿crees que el acertijo formulado por el profeta tiene usa explicación que le están dando?.

Jesús sonrió. Quiso explicarles que, a su parecer, no se trataba de un acertijo, pero optó por dejar la táctica de Juan a su antojo. Se limitó a contestar:

- La solución verdadera la revelará el profeta a su debido tiempo. Es él y no yo quien ha lanzado el reto.

También llegó a palacio el cuento del acertijo al igual que la solución que se le estaba atribuyendo.

Eran los días en que el sirio se encontraba gozando de las delicias carnales de la insaciable Herodías, escudándose ambos en el viaje del tetrarca a Jerusalén. Herodías ordenó llamar a su presencia a uno de sus espías preferidos para que relatara delante del sirio tanto el cuento del profeta como la interpretación divulgada. El sirio hizo signos negativos con la mirada, arrugó una y otra vez la frente, carraspeó de seguido, se llevó la mano derecha a la barbilla, aventuró unos pasos nerviosos por la estancia mientras Herodías lo observaba pensando que se trataba de un buen actor, digno para representar en Roma los dramas de moda. Por fin el sirio detuvo las zancadas y lanzó la primera solución:

- Me parece una interpretación demasiado inteligente para que haya salido de la mente de un hebreo.

- No los desprecies en demasía -corrigió Herodías-. Para estar a bien con mi cuerpo no es necesario despreciar a los miserables. Si fueran realmente tontos no tendrían profetas.

- Por serlo es que los tienen.

- Pero logran quitarnos el sueño, y eso siempre es signo de inteligencia -aseguró con aplomo Herodías.

El sirio, para tranquilizarla, sentenció:

- Te he dado mi palabra de que acabaré con ese profeta.

Herodías le agradeció con una pequeña mueca sonriente para luego apuntalar:

- ¿Antes o después de que regrese Herodes Antipas?. El tiempo apremia.

- Mi palabra no se agota con la cercanía del tetrarca. Antes o después tu deseo verás cumplido. Aún cuando tu cuerpo sienta los ardores de otro cuerpo, mi palabra seguirá en pie.

Herodías agradeció, ahora con una sonrisa completa, la condescendencia del sirio. Para cortar una conversación que se había desviado, dijo:

- Volvamos a lo del acertijo. ¿Cuál es tu parecer?.

- Yo no soy sabio en estos menesteres, ni astrólogo que lea las estrellas, ni adivinador de sueños. Si de algo sirve mi consejo, propongo que reúnas a tus expertos para ver si ellos coinciden en la interpretación.

Llegaron a la estancia adivinos de diferentes latitudes, lectores de astros, interpretadores de sueños, cuanto experto en adivinaciones pululaban por el palacio y alrededores. Escucharon con atención el relato. Cada cual se centró en sus técnicas para tratar de hallar el significado correcto a aquel acertijo. No se ponían de acuerdo, por lo que la intranquilidad de Herodías explotó en una queja desgarrada:

- ¡Herodes Antipas conocerá de vuestra inutilidad!.

Los expertos bajaron la mirada, temerosos de que la furia de la concubina del tetrarca pusiera precio a su inutilidad antes del regreso del mandatario. Pero el más anciano en adivinaciones, un árabe que seguía Herodes desde niño, se atrevió a decir:

- Sí hay una respuesta, mi señora. Ocurre que es demasiado sobrecogedora para que nos atrevamos a rebelarla.

- ¡Quiero la verdad, viejo necio!.

El anciano adivino encajó el insulto, solicitó disculpas con una leve inclinación de cuanto su cuerpo pudo, pero odió en su interior a la concubina, ensalzando en secreto la valentía del profeta del Jordán, único en todo el contorno que se atrevía a gritar contra los desmanes de la lconcubina.

- ¡Habla de una vez! -gritó de nuevo Herodías.

El anciano adivino miró tímidamente al sirio. Herodías captó la intención.

- ¡Se quedará! -ordenó la concubina.

El anciano árabe recompuso su postura, dejó a un lado la timidez, acentuó una mirada de respeto, a la vez que de fortaleza, esa fortaleza que dimanaba de una sabiduría acumulada por los años, y dijo:

- Si nuestro deber como sabios es informar sobre la verdad, la verdad es ésta: no es la interpretación que dan los judíos lo que el sueño quiere revelar, porque no se trata de un acertijo sino de un sueño. Es con respecto a Herodías.

La mujer cortó:

- ¿Con respecto a mi?.

- Así reza la verdad, mi señora. Y ahora, ordéneme si continúo o dejo en secreto la revelación-. El anciano se atrevió a aconsejar: -A veces es preferible no poseer ciertos conocimientos.

- ¡Prosigue! -se impacientó Herodías mirando al sirio.

Este empujó la mirada hasta el alfombrado, quizá presintiendo algo no apto en sus esporádicas relaciones con la concubina del tetrarca. Presentía el sirio que aquel adivino árabe iba a causar más mella en las relaciones circunstanciales de él con Herodías que el mismo profeta del Jordán. Por un momento le cruzó la relampagueante tentación de ponerse del lado del profeta.

Era claro que los romanos sabían defenderse mejor de los hombres que de los dioses y un adivino parecía estar mejor relacionado con el poder oculto que con el poder de la palabra de un predicador judío. Pero no se aventuró. Había comprendido que Herodías estaba sugestionada por ese embrujo maléfico de la acusación hecha pública por el profeta del Jordán. No aportaría beneficio alguno a su postura disminuir la credibilidad de los adivinos. En resumidas cuentas, ¿no había sido él quien sugirió la intervención de estos sabios de desentrañar jeroglíficos?. Había que seguir la corriente y esperar.

- Un árbol frondoso siempre es signo de fertilidad -comenzó el anciano adivino-, y por ello siempre es sinónimo de mujer. La sombra del árbol es un regazo, y a ese regazo acuden cuantos desean un descanso y buen solad. ¿Es así? -preguntó el anciano desafiando la sabiduría de astrónomos, desentrañadores de sueños, lectores de estrellas, desenredadores de acertijos, prestidigitadores y cuantos expertos en el arte de lo oculto se hallaban presentes.

Uno a uno fue corroborando afirmativamente la mirada interrogante del anciano árabe. Ese se cuidó de no chocar con los ojos de Herodías, en cambio retuvo su mirada ante el sirio. Y volvió con su pregunta:

- ¿Es así?.

El sirio se sintió acorralado. Pensó que aquello parecía más un juicio contra su presencia al lado de la concubina que la simple interpretación de un acertijo por parte de adininos profesionales. Desvió la mirada de los ojos del árabe pero éste le obligó nuevamente con la pregunta:

- ¿Es o no es así?.

- Así parece -confesó el sirio, topándose con la mirada expectante de Herodías, la cual aparecía sumida en un estado de angustia y mal presagio.

- Pero todo tiene su fin -prosiguió el adivino-. Hasta la fertilidad de la mujer llega a su ocaso, y esas flores que han adornado la belleza silvestre de las ramas, y esa sombra que ha acariciado el descanso del caminante, y esa multitud de aves del cielo que han fabricado allí sus nidos, terminan abandonando al árbol porque éste ya no proporciona seguridad.

Realizó una pausa. No había aparecido todavía en su respuesta un esclarecimiento cabal del acertijo, sin embargo ya se adivina alguna luz de referencia.

- Así que este sueño o acertijo tiene referencia a mi señora Herodías, y dice que por algún tiempo todavía durará el embrujo de sus encantos, pero que se aceleran los días en los que el poder de la mujer se marchitará y Maqueronte vivirá días de soledad.

- ¿hablas de muerte? -cortó la voz temblorosa de Herodías.

- No aparece la muerte en el acertijo, mi señora. Por el contrario, parece que persiste la vida. Aunque, eso sí, las ramas del frondoso árbol se sequen, la sabia permanecerá en el tronco; aunque haya invierno prolongado, siempre puede aparecer otra primavera exultante. Pero la vida nueva será el fruto de la vida vieja, y serán otras ramas las que aparecerán, y serán otras flores, y otra lozanía.

Por primera vez apareció en la mente de Herodías la figura esbelta, rebosante de vida, sensualmente perfecta de su hija Salomé. Pero esta aparición no la llenó de gozo.

Resultaba obvio que Herodías no deseaba involucrar a su hija en estos tejemanejes del profeta. Inclusive, había tenido sumo cuidado de mantenerla distanciada de la mirada siempre ansiosa del tetrarca, y para ello no la exhibía en palacio. ¿Sería posible que el profeta fuera a utilizar a su hija en sus discursos fanáticos?. Mal le iba a ir al profeta si osaba semejante provocación.

- ¿Y cuál es el final? -preguntó Herodías con un miedo interno que se negaba a traslucir.

El anciano adivino, luego de interrogar con la mirada la sabiduría de sus colegas, dijo:

- Este es un acertijo que carece de final.

- ¡Todos los acertijos tienen final! -gritó Herodías.

- Este no -insistió el adivinador árabe con la seguridad de su profesión inyectada al tono de voz: -El acertijo deja una puerta abierta, esa que dice que el tronco sigue con vida oculta, aunque aletargada. ¿Es así? -preguntó a sus compañeros.

- Así es -contestaron al unísono.

- Pero permítame, mi señora, una observación final, aunque semejante reflexión ya no es producto de la ciencia adivinatoria sino de la experiencia de mis años. Y en esta observación última no deseo involucrar a mis compañeros. Así que si mi señora no la juzga apta que sus palabras condenatorias recaigan exclusivamente sobre mi y no sobre la ciencia adivinatoria que debe quedar personificada en los sabios aquí presentes.

El anciano respiró profundo. Aguardó unos segundos en relatar la reflexión de su intuición anciana, instantes que sirvieron para profundizar la atmósfera de incertidumbre que revoloteaba por la estancia. Por fin, y como sacando fuerzas extras de su cuerpo anciano y cansado, dijo:

- Creo, mi señora, que ese tronco con vida aletargada, pero no muerta, es el fondo de la cuestión. Tengo entendido que la predicación del profeta del Jordán se resume en una palabra: cambio de vida. Eso es lo que les dice a cuantos a él se acercan a recibir las aguas. Así que no es muerte lo que predica el judeo sino vida nueva, abandonando la vieja.

- ¿Qué es, entonces, lo que quiere el profeta que haga?. ¿Qué abandone Maqueronte?. ¿Qué me reúna de nuevo con Filippo?.

- Eso parece, mi señora.

- O sea, que el acertijo es contra mi.

- No hay otra interpretación -corroboró el anciano adivino dejando caer su mirada asustada a los pies de Herodías.

La concubina del tetrarca miró fijamente al sirio y sentenció:

- Quiero a ese provocador del Jordán muerto.



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