EL PROFETA - Capitulo VII

Jesús seguía escuchando con atención. Luego de su entrevista con el primo Juan, la sangre había comenzado a recorrerle el cuerpo con nuevos ímpetus. La mente le daba vueltas durante el repaso, a veces atolondrado, a veces sereno, de toda su vida. Cualquier detalle comenzaba a verlo de otra manera. Cualquier incidente pasado intentaba calibrarlo bajo una óptica con matices, si no diferentes, sí exageradamente pronunciados. El mismo había repetido, en la soledad de la noche, para que se lo contestará no sabía quién: ¿qué está sucediendo?.

En la mirada de su primo había vislumbrado serenidad, ciertamente, pero de igual manera había intuido un deje de melancolía, unido a un rayo de esperanza. ¿Cómo compaginar todo a la vez?. ¿De qué manera engarzar la vida que había emprendido Juan con la suya?. No resultaba fácil, y quizá cosas que van unidas a un cambio de vida no pueden resultar nunca tan sencillas. Aunque de algo estaba seguro: su vida iba a cambiar. Se lo gritaba aquel hormigueo en la sangre, aquel desasosiego que le hacía elevar la mirada hacia lo alto en busca de una respuesta: ¿qué está sucediendo?.

Era evidente que algo estaba ya sucediendo. No podía retornar a Nazaret solamente con un cúmulo de informaciones acerca de las andanzas del primo. Llegaría a la casa y le preguntaría a su madre. ¡sabes, madre, qué está pasando?. Parecía oir la respuesta evasiva de María: "Si no lo sabes tú, hijo, cómo voy a saberlo yo". Sin embargo, Jesús intuía que su madre tenía una respuesta más precisa, y si no se la revelaba era, no para ocultar sino para precaver.

Había retrasado conscientemente su retorno a las riberas del Jordán para verse de nuevo con su primo. Había preferido ir de acá para allá observando a las personas, escuchando sus comentarios, calibrando los pareceres en torno al profeta. Y de la mirada de todos se desprendía una radical esperanza.

Nunca como ahora en las sinagogas tomaba fuerza la discusión sobre el quehacer de los profetas en la vida de Israel. Nunca como ahora el pueblo anhelaba una reconstrucción de sí mismo que lo elevara del estado de sumisión en el cual se sentía hundido. Se destacaban otra vez las dos tendencias: la de los exaltados políticos, que gritaban la necesidad de un Mesias batallador, de la talla de Josué, y la tendencia de los más humildes, de las gentes sin pretensiones, que suspiraban sencillamente por una vida mejor, sin necesidad de culpar al extranjero como único responsable de sus males.

Jesús había aceptado comida en casas anónimas y la comida era sazonada con la palabra. El plato fuerte era el profeta.

- ¿Y qué se dice por Galilea de Juan? -le preguntaban.

No era mucho lo que se comentaba por Galilea del profeta. Si él estaba allí no era por la curiosidad que encerraban las noticias que transportaban los viajeros sino por su inevitable nexo con el profeta. Pero Jesús se cuidó muy bien de revelar semejante parentesco. Se limitaba a contestar:

- No es mucho lo que se dice.

- ¿Y es cierto que para convertirse a Yahvé hay que prescindir de bebidas alcohólicas?. Dicen que el profeta jamás ha ingerido alcohol, y que su alimento no está en las carnes sino en los panales de miel silvestre y en las hierbas amargas.

Jesús aceptaba un vaso de vino, aceptaba carne salada, aceptaba pan horneado en la casa, aceptaba queso duro. Luego realizaba el comentario:

- No soy yo quién para enmendar el estilo del profeta, pero creo que predica más que una conversión del estómago una conversión del corazón.

Al mismo Jesús le sorprendían a veces sus propias respuestas. Nunca se había dedicado a dar consejos ni a quitar razón a la opinión de sus compatriotas de Nazaret. Disentía de ellos cuando era menester, ciertamente, pero no como escriba, ni como fariseo, ni como entendido, sino con la lógica que manaba de una escritura con frecuencia demasiado adulterada.Creía que a la conversión del corazón no se le podían colocar demasiados diques porque podría resultar humanamente imposible. ¿Qué sentido tenía eliminar el vino de las comidas como requisito para convertirse a Yahvé?. Pensaba que el cambio radical, ese que Juan predicaba a orillas del río Jordán, no significaba irse de un extremo al otro sino de equilibrar la vida. Los extremos jamás la equilibrarían. Pero se negaba a dar respuesta.

Ahora era el tiempo de Juan y era el profeta quien debía de dar las instrucciones para la enmienda. Juan era un versado en las escrituras, sobre todo en el espíritu de las mismas. Llevaba en su cuerpo las enseñanzas de su padre, el sacerdote Zacarías, y en su mente la prudencia de su madre, la tía Isabel.

Durante estos días el recuerdo de Jesús se había ido llenando de la casita de Ain Karim, de los regaños de la tía Isabel cuando él y Juan, muchachos, desaparecían de la aldea y se adentraban en los campos en busca de nidos.

En un abril inolvidable ambos regresaron del campo con dos pichones de tórtola. José les construyó una jaula y Zacarías les enseñó a abrir el pico de los pichones para alimentarlos. También les enseñó a palparles el papo para que aprendieran hasta cuándo podían meterles más granos de trigo. Sólo desentonó la voz de Isabel:

- No creo que sea una buena lección para los niños. Las aves son del cielo y del campo, de los árboles, de los trigales y de los bebederos. Yahvé creó a las aves para la libertad, no para encerrarlas en jaulas.

Había que calmarla, decirle que tenía razón, pero que los muchachos no tenían alli a los pichones para luego vendernos en el mercado sino para, una vez criados, abrirles la puerta de la jaula y lanzarlos al aire natural de la libertad. Isabel insistía:

- ¿Y quién le devuelve la libertad de un año enjaulados?. Nadie cuida mejor a los pichones que sus propios padres. Yahvé hizo la vida para que los padres sean los guardianes de sus hijos.

Resultaba un razonamiento aplastante. Toda la sabiduría del sacerdote Zacarías quedaba minimizada ante estas quejas de Isabel.

Luego, los muchachos comprobaban cómo ella misma los ayudaba a limpiar la jaula, a cambiarles el agua del pequeño recipiente, a diferenciar las plumas, ya consistentes, de los cañones. Cuando las alas resistían el vuelo había que devolverles a la libertad.

¿No era eso lo que Juan estaba haciendo ahora, convencer a los israelitas de que la libertad es posible, que la vida no les ha sido dada por Yahvé para llevarla a rastras, que el espíritu tiene alas para remontarse hacia donde la esperanza florece, que la miseria es una jaula con puerta cerrada y la alegría es el capricho de Yahvé para que cada quién pueda deambular al aire la libertad que el Altísimo les había prometido?

La noticia llegó a Jesús en una tarde de pesada tranquilidad en las calles de Maqueronte. En la posada, un sirio, luego de haberse emborrachado, luego de haber desafiado la corpulencia bonachona de un hebreo, luego de haber dejado caer con estrépito una jarra de barro repleta de vino y luego de haber exigido a la posadera la necesidad imperiosa de solazar su cuerpo entre los encantos frescos de una doncella de la región, gritó:

- ¡En este pueblo no hay mujer más casta que la ramera Herodías!.

El judío corpulento y bonachón se rascó la cabeza en un deje de no querer intervenir, pero tuvo que resistir el pesa de la mirada de la dueña de la posada, quien lo urgía a poner su corpulencia en defensa de las doncellas de Maqueronte.

Continuó rascándose la cabeza para luego ocultar su mirada entre las manos, resistiendo ahora el comentario al oído de la dueña de la posada:

- Yahvé te ha dado dones para defender a tu pueblo de sirios y romanos.

El israelita no enmendó su postura y continuó con la mirada aparentemente dormida entre el cuenco de sus manos.

- Si no te atreves a echar de aquí a este sirio no se te ocurra volver a pedir vino.

Pero el hebreo continuaba adormilado, descansando su corpulencia sobre el taburete.

El sirio forzaba a la posadera a que le entregara una, dos, tres jarras de vino. Lanzó un denario sobre la losa del piso para que el ruido del metal despertara las apetencias de dinero de la posadera.

Jesús observaba, recostado en una de las paredes de la posada. La posadera hizo un movimiento de acercarse hacia él pero Jesús, primero con la mirada, luego con un leve movimiento de cabeza, la instó a que permaneciera quieta.

El sirio trastabillaba de un lugar a otro de la estancia, gritando loas a veces ininteligibles, sobre la querida de Herodes Agripa, y otras veces denigrando de los encantos de las judías.

- Y yo les digo: Herodías terminará cortándole la lengua a ese profeta judeo por no querer respetar el cuerpo libre de una mujer que quiere dar lo suyo a quien le dé la gana.

Los presentes se miraron con una sombra de frío temor. La sentencia del borracho fluyó tan terriblemente nítida y fría de sus labios que no olía a vino. Se sorprendieron todavía más cuando el sirio, quien como por arte de magia había recobrado la lucidez, confesó:

- Mi amo y señor me lo ha dicho. Mi amo está teniendo confidencias con la amante del tetrarca.

El hebreo corpulento había destapado ya su mirada y hacía esfuerzos por auparse del taburete. Jesús también se había liberado del respaldo de la pared y se dirigía hacia el sirio. La dueña de la posada había recobrado ahora la confianza y, con un respiro en toda su profundidad, había llenado su pecho de un aire que iba expulsando lentamente por las narices.

- ¿Qué es lo que sabes de Herodías? -preguntó Jesús al sirio con pasmosa tranquilidad. Hasta el temple de la dueña de la posada, acostumbrada a los desplantes y a las bravuconadas de los borrachos, se turbó:

- ¿He dicho yo algo de Herodías? -contestó burlonamente el sirio, para luego rematar su desaire con una expresión de desplante consabido: -Tú no eres judeo sino galileo. El tono te delata. Aquí eres extranjero, como yo, así que toma un buen trago de vino ve en busca de una doncella virgen, si la consigues.

Jesús no se altero. Con la mirada detuvo los pasos del hebreo corpulento que lentamente iba acercándose al sirio.

- No eres tú quien tiene la culpa de lo que trame Herodías contra el profeta, pero si sabes algo, dijo-. Jesús indicó con la mirada al corpulento israelita y remató: -No queremos que haya sangre en las riberas del Jordán.

El sirio no captó la referencia. No supo si las palabras del galileo iban referidas a él, al profeta o a la amante del tetrarca.

Jesús realizó nuevamente un gesto con su mirada y el hebreo corpulento aventuró dos pasos en dirección al sirio. Había desaparecido su semblante de bonachón. Había huído de su faz el tono de indiferencia y de su mirada la luz que no dice nada.

También se acercó la posadera, con tono más pausado, quizá para que el sirio comprendiera que entre los hebreos no había distinción de judeos y galileos. Dijo:

- Este galileo lo ha dicho bien: no queremos que haya sangre en ninguna de las riberas del Jordán.

- ¿Qué hay de Herodías contra el profeta? -insistió Jesús.

El sirio explicó cómo había sido condenado a muerte por el corazón rabioso y encaprichado de Herodías, la amante del tetrarca. >Relató lo que le había contado su señor, un potentado sirio al que servía y que descansaba ahora en la hospitalidad de la fortaleza de Maqueronte haciendo las delicias de Herodías en días en los que el tetrarca realizaba viaje de compromiso a Jerusalén.

- Y es posible que la muerte del profeta venga de la mano de algún sirio. Mi señor ha dado palabra a Herodías de dejarle libre el camino contra las bravuconadas del hablador, al que aquí llaman profeta.

- ¿Es cierto lo que dices? -insistió Jesús.

- Tan cierto como buena es la hospitalidad de esta posada -confesó el sirio, dirigiendo la mirada a la mujer, sin duda para buscar en ella algún tipo de defensa ante la proximidad del corpulento hebreo.

- Sírvele un cuenco de vino -rogó Jesús a la posadera.

- Galileo, los sirios borrachos no saben comportarse.

- Aún tiene algo que decir -guiñó Jesús.

- No sé más -replicó el sirio.

- Un sirio siempre sabe más -argumentó Jesús.

El hombre se sintió halagado.

- ¿Y para qué vino tu señor a Maqueronte? -terció la dueña de la posada.

- Vino en pos del profeta.

- ¡Vaya! -cortó Jesús!-. En pos del profeta y se refugia en el palacio de Herodías.

- Precisamente por eso sé lo que sé -se aventuró a confesar el sirio. Y ese es el cuento: mientras unos sucumben a las palabras del predicador del Jordán, mi amo sucumbió a los encantos de Herodías. Para los sirios siguen teniendo más poder los halagos del cuerpo de las mujeres que las palabras duras de vuestros profetas. En eso no nos parecemos a los hebreos.

- ¿Y tu amo ha visto al profeta? -se interesó Jesús.

- No lo ha visto. Y creo que ya no le interesa. Ha empeñado su palabra como premio a los amores que en estos días le prodiga Herodías.

- Sucumbirá a la fuerza de la palabra del profeta -aseguró Jesús.

El sirio lanzó una estruendosa carcajada. Pensó que este galileo, además de no conocer a su amo, era ingenuo. Explicó que su señor siempre había sentido inclinación no por doncellas sino por mujeres curtidas y, a ser posible, atadas a gentes de renombre. Contó dichos de su señor. Por ejemplo, que el placer no está tanto en el cuerpo de la mujer cuanto en el sentimiento de estar haciendo quebrantar la ley. ¿Qué importancia tenía solazarse con doncella si en tal alborozo no había riesgo de por medio?. El placer está en el riesgo y la mujer, en el lecho, debe confesar que quebrante las normas a las que está atada, y de lo que hace a sabiendas, porque el corazón es siempre más fuerte que las leyes y aunque la lengua falsee el sentimiento, el corazón jamás lo falsea.

- Y este es el riesgo más grande que mi señor está aventurado en cuestión de amores -precisó el sirio-. Asegura mi amo que a través de Herodías está adentrándose en la burla hacia Filippo y en la mofa hacia herodes Agripa. Dice mi señor que estos riesgos se dan una sola vez y que si se desperdician, jamás vuelven. Así que no hables tonterías, galileo. El profeta no hará mella en el espíritu de mi señor.

- Puede que no -condescendió la picardía de Jesús- pero puede que sí. ¿Por qué no lo convences para que se acerque a las riberas del Jordán?. Una vez que vea al profeta su riesgo aumentará. Y ya no serán dos los hombres desafiados sino tres: Filippo, Agripa y Juan el Bautista.

El sirio, por vez primera, hizo ademán de una profunda reflexión. Se llevó las manos a la frente, meneó la cabeza afirmativamente varias veces, dirigió la mirada a Jesús y dijo:

- Eres inteligente, galileo. Creo que a mi amo no le parecerá baladí el nuevo riesgo. Voy presto a informarle.

El sirio salió de la posada mientras el hebreo corpulento lo escoltaba con la mirada. La dueña acercó unos cuencos y una jarra y repartió vino entre los presentes:

- En honor a este galileo -dijo.

Jesús aceptó el cuenco de barro que le tendía la mujer, lo alzó y brindó con todos:

- ¡Por la vida del profeta del Jordán!.

- Por el profeta -repitieron al unísono.

Pero ni siquiera el vino acrecentó la euforia de los hombres. El sirio les había revelado la sentencia dictada contra la vida de Juan por Herodías y antes o después tal sentencia se cumpliría.

Era voz común, fuera y dentro del palacio de Maqueronte, que los caprichos de Herodías se convertían en imperativos en las decisiones de Herodes Agripa. Y esto sonaba a algo mucho más serio que un simple capricho: el profeta del Jordán era el único israelita que se había atrevido a desafiar públicamente las irregularidades amorosas de aquella mujer, y no con rumor de chismorreo sino con el más agrio de los léxicos.

"Es una ramera", había gritado el profeta. Y había descrito en toda su crudeza el por qué de la venta de su cuerpo, y había llegado a establecer una especie de moralidad dentro del ejercicio de la prostitución

Mientras a algunas mujeres que se dedicaban a comerciar con su cuerpo las excusaba, a Herodías la sumía en la más incuestionable condena: "No es tu cuerpo lo que vendes -repetía el profeta como si la tuviera ante la mirada- sino tu alma. Y es la prostitución del alma lo que ofende al Altísimo; porque si el cuerpo es tuyo, el alma es de Yahvé, y solamente El puede ponerle precio". Por eso te digo: hay rameras que después de prostituir el cuerpo pueden recuperar la pureza del alma si ceden a la conversión, y Yahvé les hará un sitio en su reino, pero tú, Herodías, pudrirás tu cuerpo y alma en la gehenna, porque es al alma a quien has tirado al muladar".

Aunque los escribas y fariseos protestaban por esta forma tan libre de interpretar las Escrituras, el pueblo aplaudía el proceder de Juan, y más de una prostituta de la región se acercó hasta el Jordán para que Juan la mirara a los ojos y le echara agua sobre la cabellera. Ante el asombro de los curiosos, el profeta había dicho: "El agua con que yo bautizo limpia solamente el cuerpo, pero detrás de mí viene alguien que hará que el alma se blanquee como la nieve y el espíritu reluzca como el sol del medio día".

- Díganles a sus jefes que es la conversión a Yahvé lo que yo predico. Díganles que yo no soy el Mesías ni que Yahvé me ha dado denuestos contra los romanos. Díganles que Yahvé lo que desea es la conversión del corazón, el destierro de las malas intenciones, el desmoronamiento de la injusticia, la implantación de la esperanza, el retorno de la alegría. Y que para este reino del interior del hombre lo necesario para que prospere no es que los romanos se alejen de nuestras naciones sino que los israelitas retornen al regazo del Altísimo.

Semejante comentario había llegado a oídos de Herodes Agripa. Una sonrisa inundó su semblante. Los más cercanos oyeron que comentó:

- Este israelita me simpatiza.

Luego, mirando fijamente a sus allegados, alertó:

- Pero que Herodías no se entere de lo que he dicho.



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