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EL PROFETA - Capitulo VI
Habían pasado más de veinte años desde que los romanos destruyeron la ciudad de Séforis. Jesús contaba en aquel entonces diez años, los suficientes para que aquella matanza no se borrara jamás de su patriotismo judío. Séforis era una ciudad cercana a Nazaret. Tenía fama de revoltosa. Los romas bajo ningún concepto aceptaban focos subversivos y los descendientes de Herodes el Grande cuidaban muy bien de poner escarmiento al más alto precio. Fue en Séforis donde Jesús conoció por primera vez en qué consistía el castigo romano de la crucifixión. José, días despues de la masacre, se encaminó hacia Séforis para hacer entrega de unos trabajos de carpintería. - Voy contigo, padre -le dijo el pequeño Jesús. - ¿Tu crees que es conveniente que vaya el niño? -intervino María. - Ya no es un niño -contestó José para tranquilizar a su esposa. - Es que ni siquiera debías ir tú. ¿No ves qué dicen de la ciudad?. Ha quedado completamente destruída. Además, bien sabes que los caminos siguen rodeados de soldados y ellos no saben distinguir entre un carpintero y un celote. - Con un muchacho no se atreverán- - ¿Y tú dices eso, José?. ¿Ya se te olvidó lo de Belén? - Esto es distinto, mujer. Lo acontecido en Séforis es el resultado de una revuelta de los nuestros. - ¡Para los romanos todo son revueltas!. ¡Y todos los israelitas son celotes!. A veces me da la impresión de que después de tanto tiempo, y de tantos disgustos, no los conocieras. - Tu sabes que los conozco, María. Pero no podemos tener a nuestro hijo encerrado en la casa. Además, Jesús debe ir aprendiendo el arte de cobrar los trabajos. ¡Necesitamos dinero, María!. ¡Los tiempos no están como para andar pidiendo limosna!. - Está bien, pero tengan cuidado. Sabes que Jesús es extremadamente curioso y hace preguntas no muy oportunas. ¡Es capaz de insultar a un soldado!. - Pues también eso tiene que ir aprendiéndolo. Y encerrado aquí, jamás lo aprenderá. Jesús atendía a la conversación sin intervenir. Sabía que su madre terminaría cediendo y prefería dejar que ambos sellaran ese acuerdo que siempre llegaba. En efecto, el consentimiento de María resultó por la vía indirecta: - Jesús, no te despegues de tu padre. - No, madre. - ¿Me lo prometes?. - Claro. - José, ¿mucho cuidado con él!. ¡Mira que lo conozco!. - Descuida, mujer. ¡Te estás volviendo excesivamente protectora!. - Una madre nunca es protectora en exceso. ¡Y menos en estos tiempos!. - Está bien, está bien... ¿Por qué no vienes tú con nosotros?. A Jesús no le gustaba la idea. Sabía que su madre no lo soltaría de la mano. Y a él le gustaba ver, observar, preguntar si fuera preciso. - ¡Tienen que aprender a andar solos por el mundo! -contestó ahora con una leve sonrisa de condescendencia. Luego, ya camino de Séforis, su padre, José, le comentaría: - ¿Te das cuanta cómo es tu madre?. No ha querido venir para no atarte a su temor. Desea que seas hombre, hijo. ¡Algún día sabrás por qué hace lo que hace!. - ¿Y no lo puedo saber ahora? -inquirió la agudeza del muchacho. Luego sorprendió a su padre con esta inesperada pregunta: - ¿Cuál es el secreto, padre?. - ¡Qué secreto, Jesús!. - No sé, pero a veces pienso que tengo que saber algo, pero no se atreven a decírmelo. - Solamente tienes diez años. ¡Quién eres tú para suponer esas cosas?. - Uno se da cuenta, padre. - ¿Cuenta, de qué?. - De algo. A veces cortan conversaciones cuando yo llego. - ¿Y eso te extraña?. Los adultos tenemos que hablar de cosas que los muchachos... - ... no deben saber - Sí deben saber, pero no todavía. - O sea, que sí hay secreto -concluyó Jesús. - Digamos que hay cosas de familia. - ¡Secreto! -insistió, sonriendo, Jesús. Luego, para tranquilizar a su padre, se excusó:-No se preocupen. ¡Esperaré lo que tenga que esperar!. José sabía que era condescendencia del muchacho. Sabía igualmente que esperaría lo que hubiera menester pero que no dejaría transcurrir la más mínima oportunidad para insistir El borrico iba cargado con unos tablones debidamente cepillas y con un par de puertas. Jesús llevaba al animal del rabero y su padre sujetaba con una de las manos los tablones no tanto para ayudarlo en el peso cuanto para que no se desequilibrara la carga. Un par de soldados patrullaban el camino. El muchacho sintió un escalofrío en el cuerpo, no supo si de desprecio o de miedo. Su padre le dijo: - Tranquilo, hijo. Nada pasará. El muchacho comenzó a canturrear, quizá para disimular su temor. Los soldados avanzaban desafiando no se sabía qué con una estruendosa carcajada. - Eso es signo de que tampoco ellos están seguros -comentó José. El muchacho arreó con la voz al pollino, intentando dejar libre a la carcajada de los soldados, aunque un escozor en la garganta le hacía querer carraspear la rabia que se le acumulaba dentro. - ¿A Séforis, muchacho?. -preguntó uno de los soldados. - A Séforis -se adelantó José. - Mi compañero ha preguntado al muchacho. ¿O acaso es mudo?. - A Séforis -contestó Jesús. - No es un lugar bueno estos días -dijo, con malicia, uno de los soldados. - Pero hay que seguir trabajando -contestó José. Uno de los soldados se apeó del caballo e intentó revisar tablones y puertas. - Buen trabajo, nazareno. - No todo en Nazaret es malo -intentó condescender José. - En Séforis todo es malo. - ¡Demasiados muertos! -se quejó José. - Hay que hacer escarmientos. El soldado se encaminó hacia Jesús. Lo chequeó en toda su estatura e intentó ponerle la mano sobre la cabeza, Jesús, instintivamente, se hizo a un lado, gesto que, a pesar del temor de José, no ofendió al soldado. Este esbozó una leve sonrisa. Comentó: - Vas a ser un israelita de cuidado. Pero, por tu bien, te aconsejo que cuando llegues a Séforis te acerques hasta la colina donde hay un pozo de hedor. Esos olores enseñan, muchacho. Continuaron su camino. Luego de dejarlos a cierta distancia, José comentó: - Cumplen con su trabajo, hijo. A ellos les pagan por hacer lo que hacen, igual que a nosotros por instalar unas puertas. Jesús, ante la extrañeza de José, replicó: - Pues no me han parecido tan malos. - Los romanos tienen otra forma de ver las cosas. Creen que la paz se construye con la aniquilación. Van a un sitio y arrasan. De ahí en adelante se empeñan en construir su paz. Se olvidan de que lo que han sembrado es el odio. Lo que han hecho en Séforis jamás se lo perdonará nuestro pueblo. La sangre israelita, derramada por la liberación, es siempre sangre que prepara la llegada del Mesías. - ¿Y cuándo llegará el Mesías, madre?. José se rascó la barba. Luego, con un tono de voz como decepcionada, comentó: -¿Y quién lo sabe, hijo?. Muchas veces se nos ha dicho que ya estaba a la puerta, pero siempre resultó un alerta vano. Muchos creyeron también que este Judas el Gaulanita, al que siguieron, era el Mesías, como muchos pensaron antes que lo era Judas el Macabeo. Y ya ves: Séforis plagada de cruces. Séforis convertida en cementerio de judíos rebeldes. El Mesías verdadero no puede terminar en la cruz, hijo. - ¡Y por qué no? José, evidentemente, carecía de respuesta. Este tipo de preguntas que le hacía su hijo lo inducían a pensar que quizá las cosas no pueden ser como todo el mundo cree que deben ser sino como realmente deben ser. ¿Y por qué no podía terminar crucificado el Mesías si con su muerte lograba la liberación de los israelitas?. Lo cierto es que hasta ahora ninguno de los que habían muerto lograron con su sacrificio la liberación del pueblo. O quizá sí. Quizá no es una sola muerte, quizá no sea un solo hombre el Mesías, quizá sean todos los "Judas", incluido el Gaulanita, quienes están preparando el camino del Mesías definitivo. ¿No podía tener razón Jesús?. - ¿En qué piensas, padre?. - Busco una respuesta a tu pregunta. - Déjalo así. A veces se me ocurren cosas raras. - No tan raras, hijo. ¿Sabes que las preguntas de los muchachos son las más difíciles de contestar, porque son las más lógicas?. - Entonces lo que falla es la lógica -respondió Jesús. - La lógica no, la respuesta a la lógica -puntualizó José. - Eso -reafirmó el muchacho. Un matrimonio, la mujer con un niño pequeño en brazos y el hombre con un fardo a las espaldas, avanzaban por el camino. El niño lloraba. - Es de hambre -comentó Jesús. Cuando se encontraron a la par el hombre del fardo recomendó: - No entren en la ciudad. Aparte de que no encontrarán nada, el hedor a podrido no les dejará respirar. Dicen que ya ha comenzado la epidemia. - No queremos que el pequeño se contagie -comentó la mujer intentando calmar el lloriqueo del niño. - Tenemos que ir a hacer entrega de este trabajo -se excusó José. El hombre del fardo insistió: - Dentro de poco se toparán con las cruces. Es un espectáculo que no debe ver el muchacho. - Las cruces no está mal que las vea -intervino la mujer-. ¡Así se dará cuenta de quienes son los romanos!. - ¿Crees que Judas el Gaulanita era mejor que ellos?. ¡Mira a dónde llevó a quienes embaucó: a la crucifixión!. ¡Y mira a dónde nos está llevando a quienes quedamos vivos!. ¿Nos ha hecho algún bien a nosotros?. ¡Estoy harto de todos esos mesías que solamente traen calamidades!.. ¡Campos arrasados, cosechas destruidas, ganado masacrado, ciudades prácticamente en cenizas...!. ¡Y la muerte!. ¿Cuántos de los crucificados por los romanos eran adeptos a Judas?. Algunos sí, pero no todos. ¡Una cosa es ser caudillo y otra es ser pueblo!. ¡El pueblo nunca sabe qué es lo que verdaderamente quieren sus caudillos!. ¡Y ahí tienes esa podredumbre de cuerpos lanzados a la falda de la colina, para alimento de las aves rapaces!. ¡Ya no queda carne de los muertos, pero el olor no se despega ni de las piedras ni de los árboles!. ¡Ese hedor ha sido alimento de este niño, y quién sabe si algún día logrará borrársele de las narices!. - ¡A veces hablas como si no fueras israelita! -lo recriminó la mujer. - ¿Qué es ser un buen israelita: ser suicida?. ¿Quieres que corra donde los romanos y les diga: ¡crucifíquenme, yo soy seguidor de Judas, el Gaulanita!. ¡Construyan una cruz más y sujétenme a ella!. - ¡No digas tonterías!. ¡Cada vez que hablas así me pones más nerviosa, y el niño lo siente!. En efecto, el niño lloraba con más ímpetu. El hombre del fardo cambió de actitud; tomó a la criatura en brazos, la arrulló durantes unos segundos. El niño se calmó. El hombre comentó, como si se lo dijera al pequeño: - Quizá tu madre tenga razón, hijo. Es el odio que tengo dentro lo que me hace poner así. Yahvé tiene que escuchar nuestra súplica y sacarnos de esta zozobra. Luego, dirigiéndose a José, dijo: - Perdona, nazareno. Lo que ha pasado en Séforis es tan horroroso que uno ya sospecha hasta de estar vivo. Y lo estamos, ya ves. Cuando el niño llora, sé que estaos vivos. Sí, mi mujer tiene razón: ¿por qué el muchacho no va a ver esas cruces?. Le harán más bien que mal. Los israelitas, desde hace mucho, llevamos una cruz clavada en el alma. Dicen que la cruz la inventaron los romanos ara castigar a sus enemigos. Creo que no. Pienso que la cruz la inventó el mal para vengarse del bien. Pero llegará el día en el que la cruz desaparecerá por obra y gracia de un judío. - Cuando hablas así hasta el niño respira de otra manera -acotó la mujer a la vez que volvía a tomar al niño en brazos. Jesús le dijo: - Señora, yo creo que el niño llora porque tiene hambre. - ¡Jesús! -intentó reprenderlo su padre. - Puede ser -contestó la mujer, y extendió su mano hasta la cabellera de Jesús, revolviéndosela. - ¿Entonces no hay peligro ahora por parte de los romanos? -preguntó José al hombre del bulto. - Ahora, en Séforis, el único peligro es la peste. ¡Y el olor!. Eso sí, muchacho, cuando comiencen a aparecer las cruces ponte algo en la nariz. ¡Y que Yahvé los proteja!. - En Nazaret está mi esposa, y en la casa podemos acomodarnos todos por unos días -invitó José. - Gracias, nazareno. Nos dirigimos mucho más allá. Queremos tener a Séforis fuera del corazón. Y emprendieron camino. El niño retornó a su llanto. Jesús comentó de nuevo: - Es hambre lo que tiene. ¿Por qué no le da de mamar?. - A lo mejor tiene los senos secos, hijo. - ¡Puede ser! -contestó, susurrando, Jesús. José recordó aquel viaje, aquella huída a Egipto, cuando Jesús tenía más o menos la edad de aquel niño. Quiso comentarla pero optó por el silencio. - Sé en lo que están pensando, padre -intervino Jesús. - ¿También eres adivino? - Hagamos una apuesta: si acierto me llevas a ver el campo de las calaveras. ¿No llaman así al lugar donde tiran a los ajusticiados? - Así lo llaman. Pero no entiendo por qué ese pueda ser el premio de una apuesta. - Caprichos -contestó Jesús. - Hijo, tienen unos caprichos muy raros. - Quiero que no me asuste la muerte, padre. - La muerte siempre asusta, Jesús. Jamás podremos acostumbrarnos a ella, y menos a una como la de los ajusticiados. ¿Sabes lo que pienso?. Si sólo Yahvé es dueño de la vida de los humanos, tanta culpa en esto tienen los celotes como los romanos. - También yo lo pienso, padre. Pero Yahvé es un dios vengador. Así nos lo enseñan en la sinagoga. - Cierto. Pero Yahvé, no nosotros. Yahvé reprendió a Caín por la muerte de su hermano. Sólo él es el dueño de la vida y de la muerte. ¿Qué razones tenemos nosotros?. Yahvé es vengador, hijo, pero igualmente es nuestro Padre. ¿Y qué pesa más en un padre, el amor o el odio? - Buena pregunta para un fariseo, padre. José lanzó una carcajada. - Ten cuidado con los fariseos, Jesús. Esos van más a la ley que a su espíritu. - ¿Hacemos entonces la apuesta?. - La hacemos. ¿En qué estaba pensando?. - Cuando madre y tú tuvieron que salir corriendo conmigo hacia Egipto. - Y te salvamos. - ¿Qué culpa tienen los niños de los pecados de los padres?. - Otra pregunta buena para los fariseos -se desquitó ahora José. Ambos rieron. Jesús pensó que se parecía mucho a su padre. Y eso le agradaba. Los comentarios que su padre realizaba sobre las cuestiones legales le parecían sumamente lógicas, más todavía que la quisquillosa disquisición que hacían los escribas y fariseos. Sobre todo le había gustado esta comparación de Yahvé con la figura del padre, no del enemigo. Ni Yahvé es enemigo de los hombres ni los hombres pueden serlo del Altísimo. Y la ley que él iba aprendiendo le parecía más inclinada hacia el odio que hacia el amor. Séforis comenzó a divisarse al fondo. Era como una mancha brumosa, como si desde el cielo fuera cayendo sobre ella una neblina que quisiera amodorrarla. ¿Cómo habría quedado Séforis?. ¿Cómo respirarían sus habitantes?. ¿Qué odio exhalarían en sus miradas, mezclado con horror y miedo?. ¿Sería lícito para un extraño adentrarse en un mundo en el que, para construir la paz se había derramado tanta sangre?. Por primera vez pensó José que su entrada en la ciudad, con la carga de unas puertas sobre los lomos del pollino, podría ser mal interpretada por los soldados. "¡Qué quiere éste, volver a poner en su sitio lo que nosotros hemos derrumbado?". Mas tranquilizó su temor al recordar que la pareja de soldados hallada en el camino ha puso objeciones a los tablones y las puertas. Ciertamente, no todos los soldados eran iguales. Una vez que se adentrara en la ciudad el humor de otros soldados podía echarle todo a perder. Unas hileras de palos como de dos metros de altura comenzaban a erguirse a ambos lados del camino. Un palo transversal, en lo alto, identificaba a la cruz. José no realizó comentario. Jesús, en voz alta, comenzó a contarlas. Una, dos, diez, veinte... - ¿Tantas? -comentó para sí el muchacho. - Y solamente vemos las que han clavado en este camino. Dicen que todas las entradas y salidas de Séforis fueron sembradas de cruces, más las que hay en la colina. - Son demasiadas, padre. - Una cruz, aunque sea solamente una, siempre es demasiado. Cada cruz es un israelita ajusticiado. Producía escalofrío adentrarse por un camino escoltado por cruces. Era como introducirse en el reino de la muerte, en la ciudad donde el llanto y el crujir de dientes tuvo que ser el reino del dolor durante muchos días. Los romanos, luego de que llenaron la pequeña colina de cruces, presididas todas ellas por la que, más alta, correspondía a Judas, el Gaulanita, comenzaron a esparcirlas por los caminos. Dos mil trescientos fueron los revoltosos ajusticiados. El primero de todos, Judas. Pero esta muerte no amedrentó a sus seguidores. Por el contrario, la crucifixión de El Gaulanita exaltó los ánimos no sólo de los habitantes de Séforis sino de los jóvenes y adultos de la comarca. Muchos, inclusive, que no aprobaban la forma de actuar del revoltoso galileo, lo colmaron de vítores a la hora de la muerte. Los soldados quisieron reprimir la revuelta con latigazos, pisotadas de caballos, heridos de lanzas y espadas, pero tal táctica, en vez de amainar a los galileos, los alimentó en un odio más radical. Los celotes, sobre todo los sicarios, consiguieron algunas bajas entre el ejército. Pero los romanos arremetieron. Ya no fueron veinte los ajusticiados sino cientos. Peor. Cada nueva muerte engendraba nuevo luto y cada nuevo luto más exaltación. Hasta que el jefe impartió la orden: -¡Arrasen con la ciudad!. Si mueren mujeres, que mueran. Si mueren niños, que mueran. A los hombres que cargue cada uno con su cruz, que la arrastren hasta el lugar que les corresponda y que sean clavados sus pies y sus manos. Que sirva de escarmiento para toda Galilea. Que se divulgue por Samaría. Que baje hasta Judea. Que se extienda por la Perea y por Traconitide. Que sirva de escarmiento. Fueron varios los días en ese trajín. Hasta los romanos estaban cansados ya de tanta crucifixión. - No hay otro remedio -insistían los jefes-. Este pueblo sólo aprende con sangre. Y continuaron deteniendo a cuanto sospechoso de sedición se les antojaba. De nada sirvieron las protestas de los detenidos, argumentando su inocencia. Tampoco sirvió que las mujeres se arrodillaran ante los caballos de los soldados, mostrándoles a sus niños de teta, y suplicando clemencia. Los condenados arrastraban sus cruces, alineándose por fin en las rutas de acceso a Séforis. Muchos jóvenes de la región lograron salvar la vida cruzando la frontera hacia Fenicia. Aunque Fenicia era también territorio romano, al menos allí no existía patrullaje tan despiadado como en Galilea.Además, pensaban que esa estadía sería provisional. Quienes se salvaron de la masacre pensaban en una reagrupación. Solamente les faltaba encontrar el arrojo de álguien como judas, el Gaulanita. Cuando José y Jesús penetraron por las calles de Séforis, luego de sufrir el silencio impresionante de la escolta de cruces por el camino de entrada a la ciudad, respiraron el horror de la desolación. José pensó que el hombre del fardo tenía razón. ¿Para qué adentrarse en una ciudad donde el espectáculo era la desolación?. Las pocas personas que transitaban por las calles, las cuales parecían un muladar, lo hacían con gestos huraños. Una pregunta no tenía respuesta. La desconfianza era la norma en la mirada. Las mujeres se cubrían la cara con velos negros. Del interior de algunas casas todavía las plañideras desgarraban con sus gritos el silencio. Jesús comentó: - Mejor que no viniera madre. José se sintió ridículo conduciendo a su pollino en medio de aquel cúmulo de escombros. A duras penas fue abriéndose paso en dirección a la casa donde debía instalar las puertas. Cuando estuvo ante ella no supo si llamar o dar una vuelta con su carga. ¿Tenía sentido apuntalar una puerta cuando todo era destrucción?. - ¿Qué hacemos? -preguntó al muchacho. Jesús realizó un gesto de indiferencia con los hombros. José miró al borrico intentando descifrar en él algún movimiento que pudiera ayudarlo. Todo lo que pudo captar fue que el animal estaba cansado, tanto como la ciudad. - Bajemos las puertas y los tablones -dijo a Jesús. El muchacho dejó libre el rabero del animal y ayudó a su padre. Colocaron los tablones y las puertas, recostadas contra la pared. Luego oyeron una voz femenina tras de ellos: - ¿Son para Natanael?. José se topó con el rostro tapado de la mujer. La voz le había salido más penumbrosa que el ambiente de la calle. - Para él son. - Ya no los necesita. - ¿Dónde se encuentra él?. - Su carne en el vientre de las aves de rapiña; sus huesos en el campo de las calaveras. Un escalofrío de dolor recorrió el cuerpo del muchacho. Por primera vez Jesús se percató de que se había encontrado de frente con la muerte. Una cosa había sido contemplar las cruces, ya vacías de cuerpos muertos, y otra que alguien le dijera: en una de ellas crucificaron a Natanael. Jesús solamente había visto en una ocasión a Natanael, cuando se acercó hasta el taller de su padre para encomendarle el trabajo. Se trataba de un hombre joven, como de treinta años, y hasta le había hecho una caricia, revolviéndole la cabellera. ¿Cómo un hombre así iba a estar ahora mezclando sus huesos con los de otros dos mil, luego de haber sido descuartizado por las aves de rapiña?. No se trataba de uno más entre dos mil. Era Natanael, quien un día revolvió su cabellera diciéndole algunas tonterías para que se riera. - Los de Séforis somos más brutos que los de Nazaret, aunque la fama la llevéis vosotros - le había comentado Natanael. Jesús recordaba la voz, el tono, la risotada con la que acompañaba a sus dichos. No era posible que aquel hombre fuera un manojo de huesos revueltos y amontonados entre los de dos mil. - ¿Qué hacemos, padre?. La mujer había proseguido su camino enlutado. José permanecía estático, con la mirada perdida en no sabía que punto lejano, o qué cruz de entre todas con las que se había topado fue la tortura de Natanael. - Padre, ¿qué hacemos? -insistió el muchacho. - Regresar a Nazaret -contestó José, restregándose los ojos con la manga derecha para espantar una neblina de luto que lo asolaba. - ¡Pobre Natanael! -susurró. Jesús no se había olvidado de la apuesta, perno no le pareció acertado insistir en la misma. ¿Qué iba a hacer en la colina?. ¿Qué espectáculo peor iba a presenciar?. Eran demasiadas las cruces que le habían servido de escolta en su camino de entrada a Séforis; camino que, ahora, tenía que desandar y cruces que iba a seguir gritándolo sobre la locura humana. ¿Para qué, entonces, subir a la colina?. ¿Para contemplar montones de huesos, calaveras descarnadas, rodillas posiblemente partidas, conclusión de todo ello de lo que había sido una revuelta?. Ayudó a su padre a cargar de nuevo el borrico para dejar atrás la pestilencia y la bruma en una ciudad que tardaría su tiempo nuevamente en erguirse. Dejaría atrás a habitantes deambulando como sombras, los cuales todavía vivían entre la incertidumbre de estar vivos o la angustia de seguir viviendo. Dejaría atrás un odio que volvería a emerger de entre estas cenizas y que, con toda seguridad, acarrearía nuevamente la muerte. Dejaría en aquella casa el recuerdo de Natanael, preferiblemente sin ver sus huesos descuartizados y con la esperanza de continuar conservando en su mente la imagen del hombre corpulento y de risotada fácil que un día, en Nazaret, le revolvió el cabello augurándole dotes de israelita de cuidado. Habían pasado muchos años desde que Jesús vivió este espectáculo, el cual siempre permanecería impreso en su recuerdo: el suplicio de la cruz de los dos mil revoltosos de Séforis. Tenía la impresión de que semejante tormento, no inventado por los romanos exclusivamente para castigar a los revoltosos judíos, como muchos se empeñaban en afirmar, sino para castigar cualquier disidencia de la política del imperio, quedaría atado por siempre a la historia de su pueblo. Ahora, al reflexionar sobre la actitud que estaba asumiendo su primo Juan, le volvió a la mente el recuerdo de las cruces de Séforis, del niño llorando por hambre, de la mujer de luto, del hombre del fardo al hombro que se alejaba de la muerte colectiva quizá para toparse con la muerte personal. Cierto que Juan se estaba portando como un profeta genuino, y que su predicación iba dirigida al cambio de vida de los fieles de Yahvé. Pero intuía que Juan encontraría pronto argumentos para meterse con los romanos. Le llegó la noticia en las cercanías de Maqueronte. La confirmó ya en la ciudad. Se había introducido en una de las posadas que servían de descanso para los transeúntes que se encaminaban por la ruta hacia Arabia, y escuchó el comentario: - ¡Ese profeta no sabe con quién está metiéndose!. - Es más peligroso meterse con la querida del tetrarca que contra el César. - ¿Para qué tiene un israelita que inmiscuirse en la moral de los romanos?. ¡Que hagan con sus hembras lo que les apetezca!. Jesús se acercó al grupo. Intervino: - ¿Y qué es lo que dice el profeta?. - Sólo tú no lo sabes. Todo Maqueronte se hace lenguas del furor de Herodías. Hasta los niños hacen chistes. Hasta en Moabitide se comenta. Apuesto a que cualquier día rueda la cabeza de ese judeo que bautiza en el Jordán. Le sería mejor que dejara esta orilla y se encaminara hacia Judea. Allí Pilato no tiene problemas de faldas. - No son las faltas lo que molesta al profeta. Lo que lo irrita es que Antipas ande con la mujer de su hermano. - ¿Y qué le va en eso al profeta?. Romano es romano. Los romanos no creen en Yahvé, y se comenta que esa es una costumbre usual en Roma, sobre todo entre la gente de poder. - Pues que se vayan a Roma para fornicar con sus cuñadas. En nuestro territorio la ley dice otra cosa y eso es lo que quiere el profeta que se cumpla. - ¿Vamos a imponer nuestras normas a los romanos?. - También nos imponen ellos las suyas. ¡Y peores!. - Pero no se meten en cuestiones religiosas. Herodes el Grande inclusive nos construyó el gran Templo. Tampoco se meten con nuestras leyes. A ellos les parece abominable el castigo del adulterio. - Pues que no sean adúlteros oficialmente en nuestras propias narices. Jesús seguía escuchando con atención. |