EL PROFETA - Capitulo V

Herodes Antipas, el heredero de Herodes el Grande, de la región de galilea y de gran parte de Perea, no había caído del todo mal a los judíos. La sombra de su padre todavía seguía prevaleciendo, pero el espíritu del autor de la muerte de los niños de la región de Belén había pesado más a Arquéalo que a los otros dos hijos de Herodes: Antipas y Filippo.

Herodes el Grande había dejado perfectamente diseñado su testamento: Para Arquéalo, Judea, Samaría e Idumea. Para Antipas, Galilea y Perea. Para Filippo los distritos del norte de Perea, es decir, Batanea, Gaulamitide y Traconitide.

El testamento de Herodes el Grande fue respetado por >Roma, aunque sólo parcialmente, pues no se les otorgó a los descendientes del gran rey el título de monarcas sino otro de menor categoría. Para Arquéalo, el Senado diseñó el título de Etnarca, es decir, jefe del pueblo. A Herodes Antipas y a Filippo los designaron con el título de Tretarcas, esto es, jefes de una cuarta parte de la región.

Arquéalo quiso continuar la euforia intransigente de su padre. Se equivocó. Solamente duró nueve años al mando de la región como Jefe del Pueblo. Sus excentricidades de gobierno hicieron perder el placet de Roma y luego de un buen tramado entendimiento entre judíos y samaritanos el Senado optó por despojarlo de sus bienes, desterrándolo inclusive a la Galia. Herodes el Grande jamás hubiese pensado que el Senado romano haría algo semejante con uno de sus hijos. ¿Era ser cruel con los judíos un argumento que ahora le preocupara a Roma?. Semejante desvarío no hubiese cabido en la mente del más famoso de los Herodes. Pero así fue.

Más todavía, la región regentada en la práctica por Arquealo no fue entregada o repartida entre sus hermanos, como hubiese sido en última instancia el deseo del padre de ellos, sino que Judea fue incorporada a la provincia romana de Siria y su gobierno pasó a manos de un gobernador, puesto directamente por Roma. Los deberes fundamentales de estos gobernadores o procuradores consistían en ocuparse de la recaudación de los impuestos, a la vez que tenían poder para dictar fallos en materia de tributos. Pero, además, el procurador, al no tener por encima superior directo, debería encargarse tanto de los asuntos militares como de los judiciales. En realidad, sus poderes eran mayores a lo que el título de procurador técnicamente hacía referencia.

La residencia habitual del procurador no era Jerusalén sino Cesarea, en la costa mediterránea. Era lugar más apto como puerto de mar, unido de alguna manera a Roma. Sin embargo, Jerusalén no quedaba desasistida. Cada vez que se acercaban las grandes festividades judías, el procurador se desplazaba hasta Jerusalén, lo cual, evidentemente, constituía un acontecimiento. Con él se desplazaba toda la parafernalia de un funcionario romano que, si bien no era rey, podía presumir de ornato parecido. No ocultaba, en estos viajes, su poder emanado directamente de Roma. Todo en enjambre de súbditos iba reforzado con fuerte escolta militar, exhibiendo los estandartes y banderas del imperio.

No se trataba en realidad de una provocación, pero los israelitas la sentían como tal. La visión de todo aquel fasto les recordaba que no eran libres y que, en definitiva, por encima de Anás y Caifás, los Sumos Sacerdotes, y por encima del Sanedrín, estaba esta fuerza ajena y siempre desafiante.

No resultó fácil para Roma conseguir un procurador estable. Desde que Arquéalo fuera desterrado a la Galia ya habían pasado cuatro procuradores para hacerse cargo de la región. Ahora había sido anunciado uno nuevo, de nombre Poncio Pilato, y las expectativas de los judeos y del Sanedrín se centraban en él.

Poncio Pilatos se acercó hasta Jerusalén para hacerse ver por las autoridades religiosas judías. Llevaba guardado el pergamino en el que Tiberio había estampado su firma y su sello para corroborar el nombramiento del nuevo procurador.

Los sacerdotes Anás y Caifás, y el resto del Sanedrín, esperaban con asombro la llegada del nuevo procurador. Ya sus informantes habían traído noticias de cómo era la comitiva que se acercaba hasta la ciudad santa.

Al llegar ante los muros de la ciudad Poncio Pilatos hizo que las trompetas anunciaran su llegada. Dispuso al ejército en forma tal que al desfilar por las calles a ningún habitante de Jerusalén le quedara duda de quién era y qué poder tenía el nuevo gobernador.

El Sanedrín, encabezado por Anás y Caifás, deliberaba sobre la estrategia a seguir. La decisión fue unánime: absoluta indiferencia.

Poncio Pilato sabía que no iba a tener un recibimiento oficial. Se había informado a cabalidad sobre los sentimientos de los judíos en torno a los romanos. El era un romano por los cuatro costados. Como tal debería portarse: extrovertido, altivo, desafiante, ostentoso. Bajo estas premisas había preparado su entrada en Jerusalén.

Lo que más ofendió a los habitantes de Jerusalén fue el desprecio absoluto del que hizo gala con respecto a ellos. Algunos decían que ni siquiera los soldados de Herodes tenían aquella mirada tan prepotente, tan desafiante.

Los soldados que presidían el gran desfile de la tropa se abrían paso, limpiando con sus espadas y con las patas de los caballos todo cuanto en las calles lucía a obstáculo. Incluidos lisiados. Así, fueron rodando por el suelo tenderetes, frutas, telas de vendedores fenicios, cántaros de agua, cajas de verduras y hortalizas, jaulas con palomas... Los habitantes de Jerusalén gritaban insultos en el más escondido de los lenguajes, pero los soldados les enseñaban las lanzas haciéndolos callar de inmediato.

Los tambores y las trompetas ensordecían la mañana de Jerusalén. Solamente los chiquillos observaban con admiración. Algunos, inclusive, aplaudían, admirando la delicadeza de las líneas de las cabalgaduras, la altura de los estandartes, el flamear de las banderas y las insignias de águilas imperiales que parecían insignias de dioses.

Poncio Pilato, de pie, erguido sobre su auriga, observaba la ciudad. No quiso confesarlo pero le pareció una ciudad digna. Inclusive pensó si sería preferible dejar a Cesarea como lugar de residencia y convertirla en lugar de descanso y diversión, para aposentarse definitivamente en Jerusalén y desde allí ejercer su gobierno. Pero al pasar junto al Templo grandioso cambió de idea.

Lucía como le habían dicho: una edificación digna de un dios. Le hubiese gustado apearse para inspeccionar personalmente atrios y recintos interiores. Se contuvo. No era bueno, el primer día, desafiar en exceso. En cambio, dio órdenes para que trompetas y tambores redoblaran su ruido frente al templo de Yahvé.

Las autoridades judías interpretaron esto como un desafió al Altísimo.

- ¡Este maldito romano ya a resultarnos peor que Herodes!.

Otros, en cambio, se inclinaron por una interpretación más benigna:

- Es signo de debilidad. Hace ruido para hacerse sentir, pero en el fondo nos teme.

Eran los menos quienes se adherían a esta hipótesis. La experiencia les decía que los romanos no necesitaban de ruidos para impresionar, y que si malos habían sido los anteriores nada mejor se podía esperar en el futuro.

Los celotes no estaban al margen de esta irrupción de fuerza enhibida por Poncio Pilato. Igual que el Sanedrín, los dirigentes guerrilleros habían analizado la situación. Pensaron tenderle emboscadas antes de su llegada a Jerusalén, pero se habían informado de que, quien acompañaba al nuevo gobernador no era una simple escolta personal sino un buen nutrido brazo del ejército romano. Por lo que creyeron que no era prudente, desde el primer día, dar argumentos al procurador para que bañara en sangre las aldeas y los caminos de Judea. Tampoco podían consentir que aquella exhibición de fuerza arremetiera contra las esperanzas del pueblo. Optaron por poner en funcionamiento su ala ciudadana, la de los sicarios.

Surtió efecto. Los sicarios, aprovechándose de los tumultos, a veces propiciados, lograron enterrar la sica en el vientre de dos soldados, de los de a pie. Pero varios israelitas quedaron también tendidos en el empedrado por la furia de los romanos.

El mismo Poncio Pilato tuvo que poner orden, a instancias de su esposa, quien le susurró la necesidad de vivir unos días en Jerusalén en paz. El romano procurador asintió. Había planificado fiestas en el patio y no parecía prudente empañar la fastuosidad por la muerte de los soldados. Con las muertes habidas era suficiente. Más adelante procedería con mano dura. Ahora, y su esposa tenía razón, era preferible gozar de los encantos semíticos de la ciudad sagrada de los israelitas.

Los saduceos, como siempre, protestaron la acción de los sicarios. ¿Por qué no se podía iniciar con una política de contemporización?. ¿No traería, a la larga, ventajas más sustanciosas que esta pugna inicial y sin previa provocación del procurador romano?. ¿Por qué hacer tanto caso a estandartes e insignias y tan poco a una política de buen entendimiento?. La experiencia de Herodes el Grande había sido suficiente. Además del odio, poco había crecido en Israel. El Templo, gracias a los esfuerzos del famoso rey, se había engrandecido como nunca, los samaritanos podían afirmar que el templo de Garizín se había quedado atrás.

En definitiva, los saduceos no querían retornar a los desagradables tiempos de Herodes, y nada mejor para que las finanzas propias se mantuvieran en auge que inaugurar un tiempo de tregua. El Mesías anhelado llegaría, pero no por el camino que los celotes propugnaban.

Aprovecharon la coyuntura para lanzar, en el seno del Sanedrín, el nuevo y más reciente problema:

- ¿Qué decisión debe adoptar esta asamblea sobre ese profeta que bautiza y predica el advenimiento inminente del reino de Dios en la región del Jordán?

Para los saduceos este era un tema más importante que el de los estandartes y sus emblemas de águilas romanas. Según ellos se trataba de un problema eminentemente interno, en el cual no tomaría parte ni el procurador Pilato, ni el tetrarca Filippo ni su hermano Antipas. Se trataba de un asunto religioso, y los asuntos judíos religiosos siempre habían sido respetados por los romanos.

- Grandes masas del pueblo acuden hasta el Jordán para ser bautizados por ese embaucador -acusaron.

- Los profetas falsos jamás prosperan -argumentó el Sacerdote Anás.

- Y no habrá profeta legítimo en Israel si no es reconocido como tal por el Sanedrín.

Esta observación fue del agrado de los saduceos, los cuales aprovecharon para insistir:

- Entonces..., tomemos alguna resolución.

- ¿Ese profeta habla contra los romanos? -quiso saber un fariseo.

- No -contestaron a coro los saduceos.

- Sí -intervino uno de los ancianos-. Hasta mis oídos ha llegado la información de que ataca despiadadamente a Herodías y a Antipas por sus relaciones incestuosas.

- Esa no es una acusación contra los romanos sino contra la lujuria de una mujer -precisaron los saduceos-. Si hacemos de esas acusaciones un asunto romano entonces tenemos que ponernos a favor del presunto profeta. ¿No es más conveniente que nos fijemos en lo que dice de nosotros y de nuestras leyes?. ¡Sobre esto sí podemos juzgarle!. ¡Sobre política romana, no!. ¡Ni nos interesa!.

Se trataba de un razonamiento prudente. Los integrantes del Sanedrín no pusieron objeción. Fue aprovechada la proposición para enviar delegados oficiales hasta las riberas del Jordán, donde el profeta bautizaba, con el fin de obtener una información cabal de la situación. Algunos de los presentes se ofrecieron.

Hubo, además, otra proposición, la cual igualmente fue aceptada: enviar espías por los alrededores de Maqueronte para precisar la opinión de Herodías y de Herodes Antipas en torno al profeta. Los fariseos insistían en que, al menos en lo relacionado con el profeta, el hijo de Herodes podría serles de gran ayuda.

La Perea donde el profeta bautizaba pertenecía a los dominios romanos regentados por Antipas, y su residencia, Maqueronte, quedaba completamente al Sur, cerca del Mar Muerto, o Mar de la Sal, y no legos del lugar donde Juan bautizaba. Era, por lo tanto, evidente pensar que tanto Herodías como Antipas estaban al tanto de lo que sobre ellos gritaba el profeta.

En efecto, lo estaban. Y aunque Herodías ardía en esos días en venganza contra el predicador, Antipas tomaba a risa las bravuconadas del judío. ¿Quién podría acusarlo de hacer lo que quisiera con Herodías?. Su padre había hecho y deshecho, aunque por razones de poder. El, en cambio, no se metía en asuntos políticos de su hermano, y a Filippo tampoco parecía importarle demasiado los devaneos de su esposa con su hermano, puesto que nunca había hecho de ello un asunto de estado. Parecía que ambos descendientes de Herodes el Grande habían llegado a la conclusión de que los asuntos personales, sobre todo con mujeres de por medio, no debían repercutir en el gobierno de las regiones que les había encomendado Roma.

Una cosa parecía clara. Ellos no eran su padre, y ni Tiberio ni el Senado estaban dispuestos a condescender en demasía. Con el ejemplo de su hermano Arquéalo, desterrado a las Galias, había quedado lo suficientemente clara la posición de Roma con respecto a los descendientes de herodes. ¿Era prudente, entonces, poner en peligro su condición de tetrarcas a causa de una mujer?. ¿Sería esto lo que el profeta intentaba, valerse de los celos de Herodías para desestabilizar a ambos políticamente?.

Aunque nunca habían conversado sobre el particular, parecían de acuerdo. No hubo emisarios de parte de Filippo que reclamaran a su hermano semejante proceder con su mujer. Y como quien calla otorga, Antipas había aceptado el otorgamiento de su hermano.

Ante la euforia denunciadora del profeta, Antipas optó por la indiferencia.

- Hacerle caso es entrar en su juego -le repetía a Herodías.

La mujer, en cambio, no era de ese parecer.

- Mi nombre anda de boca en boca por toda la región -se quejó-. ¡Como si fuera una ramera!.

- Los judíos jamás aprenderán los goces de la vida -replicaba Herodes Antipas.

No resultaba fácil contentarla. El tetrarca, prendido como estaba de sus encantos, le prodigaba todo tipo de regalos. En una oportunidad le dijo:

- ¡Qué prefieres, estas joyas o que acalle la voz del profeta!.

La mujer, deslumbrada ante el obsequio del tetrarca, respondió:

- De estas joyas no me apartaría nadie. ¡Pero puedes ir pensando que algún día te pediré también la cabeza del bautizador.

Herodes Antipas había tomado la respuesta como una ocurrencia digna de una mujer que nunca está dispuesta a perder. Y eso era lo que le fascinaba de Herodías: su orgullo de mujer, sus celos, su prestancia ante cualquier circunstancia. Pensaba que a veces él era demasiado condescendiente, que a las mujeres, a cualesquiera de ellas, no hay que darles nunca la manga porque terminan por exigirte la túnica completa, pero a la hora de la verdad se deshacía de la túnica y se la entregaba.

Lo que más fascinaba a Herodías eran las fiestas que Antipas prodigaba en su honor. Ante semejante fasto, todas las habladurías del profeta carecían de sentido. No obstante, la última de las fiestas quedó ensombrecida porque un jeque árabe, invitado especialmente, quiso saber de boca de Herodías su opinión sobre el profeta vecino.

- Comentan que es uno de los mejores profetas que han tenido los hebreos

- Los israelitas jamás han tenido profetas buenos -contestó, displicente, Herodías, con un tono que sorprendió a todos. Antipas se llevó las manos a la cabellera y se rascó, en un gesto de malestar que no sabía a qué achacar: si a la respuesta de Herodías o a la poco diplomática oportunidad del invitado.

Ante su propio asombro, Herodías retomó el tema.

- No puede ser bueno un profeta que siempre habla de calamidades. Yo prefiero a quienes me trazan un futuro de felicidad y placer.

Herodes Antipas aplaudió. Una vez más Herodías había mostrado enjundia diplomática y ahora, en un lenguaje que el jeque árabe podía entender a la perfección.

- Los judíos jamás han entendido del placer del cuerpo. Son tan tétricos que hasta apedrean a las mujeres que han conseguido en adulterio.

- Apedrean a las mujeres, pero no a los hombres. Son prácticos -dijo el árabe. El mismo se recreó en estruendosa carcajada, la cual fue haciendo eco en el ánimo de los invitados. El mismo Antipas la secundó.

Herodías fue la única que no aplaudió la gracia. Luego de la velada, y ya en la intimidad consabida con Herodes Antipas, lo rechazó con un gesto de calculada indiferencia:

- Vete a solazarte con una judía y mira luego por la ventana de tu alcoba mientras la lapidan.

- No tienes sentido del humor, Herodías -la reprochó Antipas. Pero ella, tapando su desnudez en medio de unas gasas que la resaltaban más, le volteó el rostro dirigiéndose a una de las ventanas de la fortaleza. Murmuró:

- Hay noches que resulta más placentera la brisa que el cuerpo de un hombre.

Aquella noche el tetrarca no había bebido en exceso. No le gustaba perder la compostura por culpa del alcohol cuando la recepción se debía a asuntos prácticos, y sobre todo cuando había personajes que podían divulgar, fuera de las fronteras de su jurisdicción, las excentricidades de él con su concubina.

Herodías tampoco era mujer de muchos tragos. Prefería la lucidez para poder tabular las inclinaciones de los presentes. De tal forma que aquella noche ambos estaban en posición de discutir sin los efectos del alcohol.

Herodes Antipas se acercó al ventanal, pero se cuidó de conservar la distancia prudente. Sabía de las reacciones de Herodías. Sabía que un movimiento brusco de ella haría que su mirada tropezara con la encendida de la mujer. Y si a algo temía el tetrarca era a los ojos inyectados en odio de Herodías.

- Si alguien me mata algún día será tu mirada -solía repetirle con frecuencia. Tal acusación surtía efecto inmediato en el ánimo de Herodías, y ésta exageraba tanto la mirada que ambos terminaban riéndose.

Pero en algunas ocasiones infundía realmente temor. Herodes Antipas, a su espalda, se lo dijo:

- Creí que ibas a fulminar al árabe con tu mirada.

- El árabe no tiene la culpa. ¡La culpa la tienes tú!.

Herodes Antipas captó inmediatamente la intención de Herodías. Se decidió a abordar el tema:

- Es una tontería que te pongas así por culpa de un israelita que anda perdonando los pecados de su pueblo. Nuestros pecados no concuerdan con los de ellos.

Herodías no contestó. Tampoco modificó un ápice en su compostura.

Efectivamente, su brisa reconfortante se deslizaba por entre el cortinaje semiabierto del ventanal hasta el punto que la cabellera suelta de Herodías vaiveneaba levemente. El tetrarca aprovechó aquella circunstancia y dijo:

- La brisa se está gozando en la libertad de tu cabellera.

- ¡Háblame del profeta! -cortó Herodías, y Antipas, que no esperaba semejante ruego, quedó petrificado-. ¡Háblame del profeta! -insistió la mujer, y el tetrarca, con un gesto de evidente molestia, dejó su lugar y se encaminó hacia la alcoba, tumbándose sobre la cama. Susurró:

- ¡El profeta!.

Herodías aguantó el silencio hasta que no pudo soportarlo más, dejó el ventanal y avanzó hasta la alcoba.

- ¡Que me cuentes del profeta! -gritó, acompañando el grito a una pose desafiante.

- Definitivamente no estás en una de tus mejores noches -dijo Antipas con un tono de evidente molestia. Herodías se colocó un manto de púrpura bordada en oro y salió de la alcoba. En la puerta se le oyó murmurar:

- ¡O el profeta o yo!.

Se trataba de una preferencia tan desigual que el tetrarca no pudo menos de soltar una carcajada estruendosa de incredulidad. Luego que desahogó en risas su evidente malestar, dijo, mirando a la puerta de la alcoba:

- ¡Eres más terca que una mula de Jericó!.



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