EL PROFETA - Capitulo IV

Con la irrupción de Juan, el Bautista, en la región del Jordán la zozobra comenzó a recorrer campos y ciudades. En las aldeas, por los atardeceres, los campesinos recordaban la historia antigua de sus antepasados. De nuevo, en las sinagogas, se leían relatos de los profetas para su posterior comentario. Era una fiebre.

Aunque por algunos lugares se hablaba de milagros, en realidad nadie pudo mostrar testimonios fehacientes de que los prodigios narrados fueran ciertos. Quien más quien menos aseguraba cambio en su vida, gracias al agua que el profeta había derramado sobre su cabeza.

En Jericó un fenicio había levantado un tenderete que pronto se hizo famoso. Vendía cuartillos de agua que decía había sido extraída del Jordán, justamente del lugar donde el profeta colocaba la planta de sus pies. Hileras de judeos se apiñaron los primeros días en procura del agua del profeta. Contaron que durante la primera semana el fenicio vendió tal cantidad de agua que toda ella no cabía en quinientas tinajas.

Hasta que alguien dio el alerta.

- ¡No puede ser agua del Jordán!. ¿Quién ha visto al fenicio transportar tanta agua desde el río?.

En vano se esforzó el aguacero explicando que se pasaba las noches arreando a su borrico hasta las riberas del río. Aunque ciertamente el camino no era largo, nadie dio crédito a los argumentos del fenicio y el negocio del agua del profeta decayó. Solamente algún viajero primerizo caía en los hechizos del aguadero. A la postre, tuvo que cerrar el negocio.

Mejor suerte corrió un pastor de Maqueronte. Luego de siete días pensando en la viveza del fenicio de Jericó cayó en cuenta de que el negocio estaba en la miel. Se dedicó a buscar panales silvestres y a venderlos tal cual, bajo el juramento de que aquellos panales eran de las mismas abejas que hacían la miel con la que se alimentaba el profeta. Al menos era miel, y no agua falsificada. Si no se trataba de las mismas abejas tampoco podía acusársele de que vendía fantasía.

En Masadá prosperó el negocio de la leche de camella. Era ruta de desierto y no se podía negar que semejante leche no fuera digna.

Algunos quisieron explotar el negocio del pelo de camello, pero no prosperó. La confección era laboriosa y no se podía estar esquilando camellos a todas horas.

También se intentó en Yuffá el negocio de la arena del desierto, pisada, lógicamente, por el profeta, y colocada en pequeñitos talegos. Algunos nabateos que se adentraban en Judea por Barsabee se desviaban hasta Yuffá antes de llegar a Hebrón en su camino hacia Jerusalén. Era una forma de decir, al regreso a Elusa, o a Rafia, que se habían topado con el profeta. Pero no fueron muchos los nabateos que cayeron en la trampa por lo que el negocio de la arena pisada por el profeta tampoco prosperó.

Además de estos intentos por sacar provecho de la popularidad del profeta surgieron otros intentos por desbaratar la imagen de Juan, el Bautista. Por Joppe, a las orillas del mar Mediterráneo, iba tomando forma la figura de otro profeta, quien, al aprecer, se hacía llamar Joab. Los comentarios decía que procedía del mar, que nunca había pisado tierra, que llegaba hasta la ribera en una barca rodeada de luz, que su voz no se parecía a la de los humanos, que su túnica era de un azul vaporoso, que su cabello lucía color de ángel. Algunos aseguraban que se trataba de Jonás, y que venía del mar porque su pasantía por el vientre de la ballena lo había identificado más con el agua que con la tierra. Inclusive, se discutía el nombre. Afirmaban que no se hacía llamar Joab, sino Jonás; otros, en cambio, juraban que lo del nombre era lo de menos, y lo menos claro que había salido de su boca.

- Mi nombre es Joab y así Yahvé me bautizó.

Se diferenciaba del resto de los profetas en que su palabra no era de fuego, a pesar del resplandor de luz que despedía su figura. Entonaba salmos de acción de gracias al Altísimo y aseguraba que el Mesías llegaría en una barca, por el Mediterráneo, y que sólo con desembarcar, una vez que su sandalia pisara la arena de Israel, los enemigos del pueblo quedarían convertidos en sal de mar.

Semejante predicción de Joab causaba asombro. Al principio la imaginación de los israelitas gozaba ante la posibilidad de ver a tanto romano, soldado o no, con caballo o sin él, convertido en estatua de sal. Las ciudades de Israel, los caminos de Judea, Galilea, Samaría, se convertirían en museos ambulantes. Pero pronto comenzaron las objeciones. ¿Sería automática la transformación desde el momento en el que el Mesías pisara tierra?. Se imaginaban posos diversas y extravagantes de romanos convertidos en sal.

El espectáculo variaría si el Mesías aparecía de día o de noche. Por primera vez en la historia quedaría constancia evidente de cuáles eran las costumbres y los comportamientos de los romanos, dado que el Mesías apareciera durante la noche. Por otra parte, ¿de qué color sería la sal?. Porque si el Mesías tocaba tierra durante el sigilo de la noche, lo más posible era que la sal del cuerpo de los romanos fuera oscura o, en el mejor de los casos, de una apariencia de luna tenue y ensombrecida.

Se realizaron apuestas. Unos apostaban por rostros de gestos huraños, otros afirmaban que los romanos quedarían petrificados en sal con su sonrisa idiota. Unos que proliferarían los barrigones, otros que los cuerpos atléticos. Los nombres soñaban con la desnudez salada de las mujeres romanas, y las doncellas con los cuerpos petrificados de los soldados. La imaginación prosperaba.

Toda la fantasía desplegada comenzó a naufragar cuando un marinero de Cesarea propagó la visión diciendo que un ángel del Señor se le había aparecido en sueños, mar adentro, mientras él descansaba sobre su barca.

En efecto, el ángel del Señor le había comunicado que la revelación del profeta Joab era auténtica, que los caminos y ciudades de Israel se convertirían en la exposición más asombrosa de cuerpos de romanos, muertos y salados y, por lo mismo, incorruptibles. Lo cual quería decir que allí estarían, más aletargados que muertos, porque sus carnes no sentirían los efectos de la putrefacción.

O sea, que habría romanos en Israel por siempre, y que sólo si el Mesías tenía a bien, podría hacer que aquellos cuerpos salados se desmoronaran. Únicamente el Mesías tendría ese poder del Altísimo. Cuando lo decidiera comenzaría a recorrer caminos y ciudades en busca de las estatuas para soplarlas justo en el lugar apropiado y se convirtieran en un montoncito de sal. Para que eso aconteciera, le había revelado el ángel, el Mesías pondría condiciones a los hijos de Israel, y entre las primeras estaba la renuncia a todas las posesiones.

Muchos aplaudieron semejante revelación. Otros, en cambio, afirmaron que esa no poda ser la voluntad del Mesías auténtico, ya que éste vendría para salvar y liberar a los hebreos, no para sumirlos en la miseria. Así que una de dos: o el ángel había sido un fantasma o la profecía de Joab era una alucinación.

Se comenzó a dudar de la existencia de Joab. En realidad, nadie lo había visto. Joab disponía de un intermediario en Joppe, un vendedor de pescados que todos los días, en el mercado, anunciaba lo que el profeta de la barca y el vestido azul le comunicaba. También anunciaba el momento en el que los habitantes de Joppe podían subirse al acantilado, más allá del puerto, para ver y escuchar la encendida palabra del profeta.

El vendedor de pescado tuvo mala suerte en sus anuncios. La primera vez que los curiosos de Joppe llegaron hasta el acantilado para presenciar cómo a la hora justa iba apareciendo desde lontananza la barca que transportaba al profeta, ésta llegó, pero envuelta en un torrencial aguacero, lo que impidió que los presentes pudieran verla. Solamente el vendedor de pescados juraba que estaba allí, suspendida en las olas alteradas, pero como ninguno de los curiosos pudo asegurarlo, el pescador optó por una solución inobjetible:

- El profeta sólo se deja ver a los de corazón limpio.

La mayoría aceptó el argumento. Luego de escudriñar en sus corazones, quien más, quien menos encontró una mota de suciedad.

- ¿Y cómo se limpia uno el corazón para que podamos verlo?.

La pregunta tomó desprevenido al pescadero. Luego de apretarse las sienes con los dedos pulgares, encontró la respuesta:

- Tendré que preguntárselo al profeta.

Fue al día siguiente, en su puesto del mercado, cuando el vendedor divulgó la fórmula para limpiar el corazón:

- Comiendo pescado.

- Eso lo hemos hecho siempre -contestó uno, a quien no se le podía refutar, pues era lógico que una ciudad de puerto fuera aficionada al consumo de pescado.

- Comiendo pescado -insistió el pescadero con evidente contundencia.

Todos los vendedores se lamentaron de no haber tenido aquel día más existencia en sus cestos.

- Ya podías habernos informado -le recriminaron sus colegas.

- ¿Y cómo iba a saber que esa era la respuesta del profeta? -se excusó para dar más veracidad a su misión.

El compañero no creía en tal comunicación del profeta, pero se cuidó de contradecir al vendedor. Sobre todo había que proteger el negocio de la venta de pescado, y si su compañero salía favorecido, mejor.

Dos semanas tardó el vendedor de pescado de Joppe en anunciar la próxima aparición del profeta sobre las aguas del Mediterráneo. El consumo de pescado para limpiar las motas del corazón de los habitantes de Joppe y alrededores había rebasado todos los pronósticos. Los primeros días lo consumían con fruición. Posteriormente fueron cansándose. No obstante, apuraron al tope la receta y sólo en contados casos se permitieron otros alimentos que no fueran productos vivos del mar.

El momento anunciado para la aparición fue la media mañana, para que la claridad del sol favoreciera la visibilidad. Desde la madrugada, los habitantes de Joppe habían observado el firmamento para ver si alguna nube intensa intentaba robarles otra vez el espectáculo. La alegría y la esperanza fue en aumento. No solamente no había indicio de nubes en el firmamento sino que los pescadores que regresaban del mar afirmaban que nunca se había encontrado tanta calma. Afirmaban, además, que el agua aparecía más nítida y hasta como más resbaladiza, y que las barcas se deslizaban sobre ella como si el peso no les hiciera daño. Para colmo de sorpresas los peces habían venido hacia las redes atraídos por una llamada marina, sin realizar intentos, como en otras ocasiones, para saltarse de la barca en busca de su libertad salada. Todo, por lo tanto, inducía a sospechar que se trataba del gran día, y que el profeta no tendría argumentos para no hacerse presente.

El acantilado fue llenándose de curiosos. Antes de la hora anunciada toda la ribera mediterránea estaba repleta de miradas al acecho. Las madres había llevado a sus criaturas, ya que creían que en esta visión y en lo que les comunicara el profeta, residía el futuro de los pequeños.

El primera fila estaba el vendedor de pescados, moviéndose de un lugar para otro, intentando calmar los gestos de expectación de los presentes. Les decía que también el profeta tenía derecho a retrasarse y que, aunque el mar no ponía obstáculos para una buena navegación, sólo Yahvé sabía des qué lugar del Mediterráneo tenía que desplazarse Joab hasta llegar a Joppe.

- Ha dicho a media mañana, y la media mañana es muy largo -intentaba calmar los ánimos de los intranquilos.

De pronto un muchacho, que dijo proceder do Azoto, se acercó al vendedor de pescado, le hizo señas para apartarlo de los curiosos y le confió algo al oído. El vendedor de pescado se llevó ostensiblemente las manos a la cabeza. Dijo algo, también al oído, al muchacho, y éste salió corriendo, tan veloz y sudoroso, como había llegado.

El vendedor de pescado alzó los brazos para que todos lo vieran. Una vez que se hizo el silencio, gritó:

- ¡No vendrá el profeta!.

Al silencio inminente le siguió un escalofrío de asombro. En vano el hombre se esforzaba para calmar los ánimos de los presentes. Observó cómo algunos levantaban el puño: era evidente su frustración. Realizó esfuerzos sobrehumanos para calmar a los exaltados. Lo logró a duras penas.

- Escuchad, amigos. No es este un desaire del profeta. ¿Han visto a este muchacho que llegó presuroso y me rumoreó al oído?. Pues bien: ha venido más raudo que el viento desde Tiro. Es mucha la distancia y solamente pudo llegar hasta aquí para enviar el mensaje de excusa del profeta gracias a un soplo marino que lo trajo en volandas desde Jericó.

Un ¡ooooh! De asombro salió de no pocas gargantas, maravillados por el portento. Pero otros no aceptaron la excusa. Dijeron:

- ¿Es que acaso son más importantes los de Tiro que nosotros?.

- ¿O han comido los de Tiro más pescado que nosotros para tener a punto su corazón?.

Al vendedor le ofrecieron en bandeja un argumento que a él jamás se le hubiese ocurrido. Dijo:

- ¡Quién sabe!. Eso nos lo dirá el profeta el día que se acerque a nuestras costas.

- ¿Y qué día será ese? -rugió todavía un descontento.

- Si yo lo supiera el profeta sería yo, y no Joab.

La mayoría asintió. El vendedor de pescado encontró un nuevo argumento para convencerlos. Dijo, imitando el porte de un profeta dudoso:

- ¿Todavía dudamos del prodigio?. ¿Hasta cuándo la incredulidad va a hacer presa en nuestros corazones?. Esta queja de algunos de ustedes es indicio de que todavía quedan corazones con mancha. Ahí están para corroborarlo nuestros pescadores. ¿No ha sido hoy, según ellos mismos relatan, el mejor día de cosecha de peces en toda la historia de Joppe?. ¿Qué quiere decir eso?. ¿Qué quiere decir? -repitió, envalentonando la voz.

- Que no hemos consumido suficientes pescados -gritó un pescador. - Esa parece ser la conclusión. Así es que ahora nos toca a nosotros decidir.

No se pronunciaron más quejas. La conclusión lucía evidente: si el profeta les había enviado tal cantidad de pescados, y en forma tan misteriosa, era porque deseaba limpios todos los corazones de Joppe antes de que él se dignara aparecer en la orilla con su batola azul y su resplandor de bruma marina.

Lentamente fueron abandonando el acantilado. Un escriba se acercó al vendedor de pescados y le dijo:

- ¡Te estás metiendo en un verdadero lío!. ¿Cómo vas a desenredar este entuerto?.

- El profeta siempre me proporciona respuestas.

El escriba sonrió. Luego, con una ironía propia de su clase, le dijo:

- ¡Estaré atento!.

El vendedor de pescado estuvo toda la tarde tratando de inventar una solución creíble. El profeta ya le había hecho dos jugadas y no se podían apurar en extremo las virtudes del pescado para limpiar el corazón ya que, aunque el corazón quedara limpio, podía malograrse el estómago y a veces son más dolorosas las punzadas del estómago que las motas del corazón.

El asunto se le complicó cuando los más pobres de Joppe se acercaron hasta su puesto y le exigieron, en base a que él estaba más cercano al profeta, los ayudara en su dieta para que el iluminado no retardara la visita a sus costar por culpa de que su corazón no estuviera todavía inmaculado.

- Pues coman más pescado -les dijo el vendedor.

- Cuesta mucho. En las últimas semanas se ha duplicado el precio.

- La culpa no es mía -se excusó el pescadero.

- Pues el profeta tendrá que cambiar la dieta.

- ¿Se niegan a la purificación?.

- Si no hay purificación sin dinero no podemos purificarnos.

El pescador se rascó la cabellera. La fila ante su tarantín se hacía cada vez más prolongada. Las mujeres acercaban hasta el puestos sus cestos vaciós, pero cuando el vendedor les anunciaba el precio, protestaban.

- ¡No queremos un profeta a este precio!.

La queja se divulgó por todo el mercado. Los pescadores urgieron a una reunión de emergencia en casa del vendedor, una vez que el sol hubiese ocultado el malhumor de los menesterosos de Joppe.

- ¿Qué es lo que está ocurriendo? -preguntaron los pescadores con tono poco afectivo-. Si los mensajes que te da el profeta son auténticos, que nos los dé directamente a nosotros. No nos gusta el rumbo que está tomando esto.

- ¿De qué se quejan?. ¿No han tenido más ganancias en estos días que durante el resto del año?. ¡Deberían dar gracias al profeta en vez de criticarlo!.

Luego, con tono apocalíptico, fingiendo una transmutación que a todas luces aparecía falsa, imitó el lenguaje de los profetas. Dijo:

- ¡Hombres de poca fe!. ¡Hasta cuándo Yahvé va a aguantar la dureza de vuestro corazón!. ¡Estáis pensando en que se acabe vuestro negocio y no pensáis en regalar pescado para que los pobres de Joppe puedan acercarse a la orilla con el corazón limpio!. ¡La ira de Yahvé se ha derramado ya en innumerables ocasiones contra quienes taponan los oídos a su palabra!. ¡Y la ira de Yahvé, cuando se desborda, es fuego y azufre hirviente, es huracán que arrasa y vendaval que no deja árbol de pie!. ¡Es tormenta marina que destroza las barcas contra los acantilados para que todos vean cuál es la fuerza de su brazo contra la dureza del corazón!. ¡lo que Yahvé da, puede quitarlo de golpe, e igual que un día hace que los peces se enreden en las mallas, otro hace que se espanten!. ¡No pongan obstáculos al mar, hombres de poca fe, y den muestras al Altísimo de arrepentimiento!. ¡Y quien tengo oídos para oír, que oiga!.

Luego exhaló un grito espumoso y se desplazó contra el suelo. Los asistentes se asustaron. Algunos intentaron auparlo pero otros dijeron que era preferible no tocarlo, que podía estar poseído por el espíritu del profeta y que no era prudente apartarlo de su estado.

- ¡Quizá es así como el profeta le transmite los mensajes!.

Optaron por dejarlo solo una vez que se percataron de que su estado no era de muerte sino de trance.

El vendedor esperó prudencialmente, tumbado en el suelo, boca arriba, para que se pudiera observar bien los espasmos y la espuma, y luego se incorporó. Se limpió con la mano la baba, echó agua en un cuenco y bebió con tal avidez que parecía seco por dentro. "Debe de ser la sal de los pescados", pensó, y apuró nuevamente el cuenco. Espió por la ventana para percatarse de que sus opositores no merodeaban por los alrededores y como no apreció sombras optó por salir. Respiró profundamente. Sentía un ahogo en el pecho, muestra evidente de que su recurso de transmutación no lo había dejado completamente satisfecho.

Cuidándose de no ser visto, emprendió camino hacia el malecón. En el puerto algunos pescadores dormían plácidamente sobre sus barcas, acostumbrados al leve vaivén nocturno de la marea. Se distanció para no ser visto. Se encaminó al lugar donde el profeta debería aparecerse.

Lucía luna llena. El agua cercana del mar reflejaba destellos lechosos. Algunos peces sonámbulos se atrevían a brincar sobre las olas.

El vendedor se sentó sobre el acantilado. Lanzó la mirada hasta el lugar donde el mar se perdía. Se le esfumó la noción del tiempo. El sonido del leve oleaje lo había sumido en una especie de modorra que le hizo perder la consciencia. De su mente se había borrado la silueta del profeta. Cuando un carrapeo, tras él, lo retornó a la realidad, se encontró huérfanos de ideas. No distinguió ni siquiera la voz de quien le decía:

- No resulta fácil lavar el corazón de los demás, y menos comiendo pescados.

El pescadero, en vez de voltearse hacia su interlocutor, escondió su rostro entre las manos, como intentando escabullirse de la voz.

- ¿Por qué inventaste lo del profeta?.

El hombre, sin apartar la cara de entre las manos, murmuró:

- No sé.

- ¿Y por qué vas a hacer ahora?. Los pobres de Joppe quieren más pescados.

- No lo sé -repitió en un susurro apenas perceptible, el vendedor.

- Yo voy a decirte qué debes hacer.

El hombre se incorporó de su pose, miró fijamente a su interlocutor y le dijo:

- ¿No podrías ser tú el profeta?.

- Un escriba no realiza profecías: interpreta lo dicho ya por los profetas auténticos.

- Pero yo podría convertirte en profeta -insistió el pescadero.

- Los profetas son mensajeros de Yahvé, no de reyes ni de Sanedrines. Y mucho menos de pescaderos.

- ¿Entonces qué tengo que hacer?.

- Ir en procura del profeta que anda por los lados de Maqueronte y rogarle que te bautice.

- ¿Es un profeta verdadero?.

- No lo sé. Pero al menos se deja ver.

El vendedor de pescados afirmó con la cabeza.

-Vete a tu casa antes de que despierten los pescadores, y emprende camino hacia el Jordán.

-¿Y mi venta de pescados?.

- El profeta de Judea no cobra por bautizar. Cuando regreses, quizá traigas una respuesta creíble para la gente de Joppe.

El pescadero tomó camino de su casa. Preparó lo necesario para la larga travesía. No sabía por qué lo hacía. Ni siquiera se detuvo a pensarlo. De haberlo hecho sin duda hubiese encontrado algún argumento que ofrecer en el mercado o a las orillas del Mediterráneo, mientras las gentes esperaban la silueta de un profeta inventado que jamás llegaría.



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