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EL PROFETA - Capitulo III
La tarde comenzaba a palidecer y el profeta no se había acercado. Unos chiquillos se escaparon del grupo donde se encontraban sus padres corriendo uno tras otros, para espantar el fastidio. Una mujer, bastante alejada, intentaba acallar el lloriqueo del niño en brazos, dándole de mamar. Un lazarillo guiaba a su ciego por entre los grupos pidiendo limosna. Unos jóvenes intentaban cazar el rastro de las doncellas semiescondido tas el velo. Un vendedor de peces mostraba su cesta repleta, ofreciendo la mercancía. De pronto comenzaron a crecer los murmullos. Las personas deshicieron sus corrillos y se precipitaron, mirando en dirección al norte. - Llega el profeta, llega el profeta. Jesús conservó su puesto, sin inmutarse. Observó cómo la gente se precipitaba, cómo las madres gritaban a los niños, cómo los tullidos realizaban esfuerzos por acercase al lugar donde decían que el profeta bautizaba. Tampoco los fariseos se movieron. Enviaron a los criados para que se mezclaran con la gente. Ellos, imperativos, observaban desde la entrada de la tienda. Jesús no se sorprendió al ver al profeta. Tenía atuendo de menesteroso. El vestido parecía de pelos de camello. Lo ajustaba a la cintura con un cordón de cuero. El cabello le caía largo, un tanto revuelto. La barba había crecido desordenada. Todo esto contribuía, no obstante, para que nadie pudiera apartar la vista de su mirada. Era fuego lo que despedían esos ojos que, a la larga, se notaban escudriñadores, más de lo que aparentemente podía captar la vista. Se empinó sobre un tronco seco, sin duda para que todos pudieran contemplarlo, y extendió sus brazos en un gesto de silencio innecesario. La leve brisa que venía del jordán hacia que sus cabellos se enmarañaran a veces con la barba. Un báculo sin ningún tipo de pulimento colgaba de su mano derecha. - ¡Convertíos! -gritó. Bajó los brazos y paseó la mirada por toda la concurrencia, como si fuera examinando uno a uno a los presentes. Cuando llegó al lugar de Jesús, de sus ojos emanó un destello de sorpresa. Se llevó las manos a los párpados y se restregó con fuerza. De nuevo posó la mirada sobre Jesús. Los más cercanos pudieron apreciar un destello interior de sonrisa. No dijo ni una palabra. Jesús bajó por unos momentos su mirada esperando alguna reacción por parte del profeta. Al poco escuchó: -¡Raza de víboras!. ¿Quién os ha enseñado a huir de la cólera inminente?. Jesús volteó la mirada hacia los fariseos. Los hombres, antes de que se percataran los presentes, se adentraron en su tienda. Jesús llegó a escuchar a uno de los criados: - ¿Intervenimos?. También escuchó la respuesta del fariseo mientras se introducía en la tienda: - ¡Aún no ha llegado la hora!. Jesús se llevó las manos a la cabeza, se rascó la cabellera y pensó: "¡A Juan éstos lo linchan!". Y permaneció sentado, aguardando. El profeta inició su predicación. Su voz retumbaba en medio de la brisa. El atardecer caía. No había asomo de mal tiempo. Si no fuera por el vientecillo que llegaba mojado, luego de tropezarse con las aguas del Jordán, se hubiese podido hablar de un inicio de bochorno. Sin embargo, la tarde lucía extremadamente plácida. - Yo bautizo, pero todo el agua del Jordán no es suficiente para lavar vuestros corazones. Hay un agua más limpia que ésta, pero yo no la poseo. Es un agua que brota del manantial del espíritu y lava la carroña dejada por los malos pensamientos. Pero hay que comenzar por algo, porque el tiempo se acerca, la esquila ya está sonando por las montañas y la mies, en los campos, lista para la recolección. Quien sienta culpa en su corazón que se arrepienta y dé un paso hasta el agua para que mi bautizo vaya preparándolo. El profeta se bajó del pequeño tronco y lentamente fue introduciéndose en el agua del Jordán. Un remolino de gente intentó precipitarse hasta el río, pero los amigos del profeta lograron la calma, colocándolos en fila. El profeta alargó el brazo y uno de sus seguidores le tendió la concha marina, con la que bautizaba. Jesús observó cómo el criado de uno de los fariseos intentó colarse hasta el primer lugar de la fila, pero uno de los seguidores del profeta lo agarró del brazo y le dijo: - ¡Tú, a la cola!. ¡Los primeros serán los últimos y los últimos los primeros!. El criado del fariseo miró con desprecio al seguidor de Juan, pero éste lo increpó: - ¡Ni toda el agua del Jordán será suficiente para curar tu odio!. Jesús sonrió. Pensó que el profeta tenía bien amaestrados a sus seguidores. Pero la mirada de odio del criado no le gustó. Quienes se acercaban a ser bautizados por Juan le confiaban sus pecados, pero éstos no llegaban a oídos de los curiosos. Juan, luego de echarles agua sobre sus cabezas, les colocaba la mano sobre el hombro, se acercaba más a ellos y les decía algo, también ininteligible para el resto. Cuando el criado del fariseo se colocó ante el profeta, éste le aupó la barbilla con el dedo índice, lo miró fijamente a los ojos y le dijo: - ¿Qué quieres que haga contigo?. - Vengo a que me eches el agua. - El Jordán rebosa. Báñate en él. - ¿Y por qué te niegas a bautizarme? - No es el agua del Jordán, ni el agua que yo echo, la que quita los pecados. Si no hay conversión no hay corazón limpio. El agua sólo es un signo. Hasta que no desaparezca esa mirada de tus ojos no puede haber perdón. Dime, de verdad, ¿por qué vienes hasta mí?. El criado guardó silencio. Jesús permanecía sumamente atento al incidente. Los fariseos, ahora fuera de la tienda, también. La voz del profeta sonó de nuevo, pero sin asomo de reproche. Al contrario, parecía condescendiente, acariciadora. - ¿Por qué vienes hasta mí? -repitió. El criado, hundida la mirada en el agua del Jordán, confesó: - Me envió mi señor. - Dile a tu señor que solamente puede dar órdenes quien tiene el corazón limpio. Jesús se estremeció. Pensó que Juan estaba yendo demasiado lejos con los fariseos, Sin embargo, notó cómo de su corazón emanaba una alegría inmensa, causada por la valentía del profeta. - ¿Y qué tengo que hacer? -se atrevió a preguntar el criado. - Ser libre, para que libremente puedas convertirte. - Yo obedezco las órdenes de mi señor. - Solamente hay un Señor, que es Yahvé, el Altísimo -dijo el profeta-. Únicamente a él tendrás que dar cuenta de tu conciencia-. Luego, sin echar el agua sobre la cabellera del criado, pero acariciándole el hombro, le dijo: -No temas. Regresa a donde tu amo y cuando estés listo, vuelve. El agua del Jordán te dejará como nuevo. Los fariseos habían ido poco a poco dejando su lugar, junto a la tienda, para acercarse hasta donde el profeta. Uno de ellos gritó: - ¿Qué falso profeta eres tú para negar el bautismo a quien te lo solicita?. El profeta alargó el brazo y tendió la concha marina a uno de sus ayudantes. Salió parsimoniosamente del agua y se ubicó frenta a los dos fariseos. Los ayudantes del profeta cuidaban de que la gente conservara sus puestos. Sabían, ya había ocurrido en otras oportunidades, que el profeta no escatimaba acusación cuando había menester. A pesar de que todavía no se le veía alterado, era obvio que, al interrumpir el rito del bautismo en forma tan intempestiva, el litigio con los fariseos no sería suave. Los fariseos tampoco se sentían amilanados. Esperaron altivos al profeta. Una vez que éste de detuvo, volvieron: - ¡Con qué poder quitas tú los pecados!. - ¿Eres, acaso, el Altísimo, a quien sólo compete perdonar?. - ¿Por qué embaucas a esta gente con tu palabrería?. - ¿En nombre de quién haces lo que haces, en nombre de Belcebú, el príncipe de los demonios?. Jesús se deshizo de su hasta ahora relativa tranquilidad. Sintió unos enormes deseos de colocarse al lado de Juan, temiendo que en cualquier momento los fariseos impartieran órdenes a sus esbirros para atacar al profeta. Sin embargo, algo le hizo serenarse. Sin duda, aquella mirada potente, desafiante, evidentemente hiriente, que salía, como a borbotones, de los ojos del profeta, lo tranquilizó. Optó por conservar la distancia. La voz de Juan sonó clara, precisa, acusadora: - ¡Hipócritas!. - ¡Mide tus palabras! -desafió uno de los fariseos. - ¡Raza de víboras! -se afianzó el profeta. Los fariseos intentaron un paso hacia Juan, pero los contuvo la voz de trueno de éste: - ¿Por qué solamente os contentáis con decir en vuestro interior: "Tenemos por padre a Abraham"?. A Abraham lo hizo Dios padre nuestro, y de su descendencia somos todos. Por eso les digo: Dios puede de estas piedras dar hijos a Abraham, hijos que no hayan aprendido en los libros a huir de la cólera inminente. ¡Escuchad!: Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles y si no hay conversión el bosque quedará desolado. - ¿Estás amenazándonos?. - ¿Quién eres tú para amenazarnos?. - Yo no soy nadie, sólo una voz que clama en el desierto -Y gritó:- ¡Preparad el camino del Señor, rectificad las sendas que habéis torcido!. Mientras algunos de los presentes procuraban acercarse más a la escena, otros, sobre todo las mujeres que cargaban niños de pecho o muchachos de escasa edad, se replegaban. Algunos, inclusive, optaron por retirarse. - ¿Se dan cuenta?. Eso es lo que ustedes hacen: ni se acercan al reino ni quieren que los demás lo hagan. Pero el agua del jordán estará aquí pasando por los siglos de los siglos para que no logren estancarse los malos olores. Luego, a quienes optaban por retirarse, los alertó: - ¿De qué tenéis miedo? ¿No os he dicho que Yahvé puede hacer de estas piedras hijos de Abraham?. La descendencia de nuestros patriarcas no se extinguirá porque lo intenten los fariseos. - ¡Estás extralimitándote, falso profeta! -amenazó uno de los fariseos. - ¡Que sea el corazón de cada quién el que grite la verdad!. ¿Qué es más importante, el corazón limpio, gracias al arrepentimiento, o la proclamación de la pureza de la ley?. Las sombras ya van cayendo esta noche y la maldad del corazón entra en su reino. ¡Convertíos antes de que sea demasiado tarde!. ¡Mañana volveré aquí, y solamente quiero en mi presencia corazones arrepentidos!. Luego, dirigiéndose a la multitud, gritó: - ¡Retornen a sus hogares!. ¡Mañana será otro día!. ¡El día del Señor está cerca, pero todavía queda mucho bautizo por realizar!. ¡El que tenga oídos para oír, que oiga!. Dio la espalda a los fariseos y se retiró junto a un árbol, sobre cuyo tronco se recostó. La gente comenzó a desalojar el lugar. Los fariseos se adentraron en sus tiendas. Jesús volvió de nuevo a sentarse sobre la piedra. Extrajo de su alforja un mendrugo y se dispuso a comerlo. La tenue claridad de la tarde había descendido considerablemente. Ahora la brisa procedente del río se hacía sentir con más frescor. Algunos pájaros nocturnos volvían a sus ramas, luego de que la gente dejó tranquilo el lugar. Juan y el pequeño grupo de sus seguidores comentaban algo, como sigilosamente. Jesús se percató. Luego vio cómo uno de ellos se encaminaba hacia él: - ¿Tienes hambre?. - No mucha. - El pan entra mejor rociado con miel silvestre. - ¿Quién me la ofrece?. - El profeta. - ¿Y por qué me la ofrece el profeta?. - Dice que eres galileo y que has recorrido gran trecho para llegar hasta aquí. ¿Por qué has venido?. - Curiosidad. - El profeta piensa otra cosa. - ¿Qué piensa el profeta?. - Eso no nos lo ha confiado. Lo que dijo resulta ininteligible para nosotros. La voz del profeta llegó acariciadora por la brisa nocturna: - Jesús de Nazaret, quiero hablar contigo. Hizo señas a sus seguidores para que los dejaran solos. Obedecieron. Se retiraron prudencialmente, junto a un juncal, colocaron sobre la hierba los mantos raídos y se recostaron. Jesús se incorporó. Tomó sus alforjas y se encaminó al lugar donde Juan todavía sacaba miel de un panal silvestre. Jesús se sentó a su lado. - vaya un saludo de parientes -comentó Juan, enfrascado todavía en saborear la miel. - ¿Cómo me reconociste, Juan?. - Igual que tú a mi. - ¿Por qué hablas como hablas?. - ¿Y tú me lo preguntas, Jesús?. Eres tú quien tiene la respuesta, no yo-. Luego, cortando la conversación, Juan preguntó: -¡Cómo está tu madre?. - Anda un poco delicada esta temporada. ¿Sabes que quería venir a verte?. - Y no la dejaste. - El camino es duro, Juan. - No es por eso. - ¿Por qué iba a ser?. - Tú, como yo, tienes miedo. - ¡Miedo?. ¿A qué?. - Nos acecharán por todas partes, Jesús. - Eres muy duro con tus palabras. - ¿Vienes a darme consejos?. ¿Vienes a decirme que me cuide de los fariseos?. ¿Vienes a protegerme porque me ves débil?. He acostumbrado el cuerpo a todo tipo de rigores y de resistencias, y no hay mejor alimento que la miel silvestre. ¡Quieres?. Juan le alargó el panal. Jesús lo aceptó. - ¿De qué te alimentas, Juan?. - De miel, de leche de camella, de hierbas... Pero no creo que hayas venido desde Nazaret para preocuparte por mi alimentación. Jesús sonrió. - ¿>Recuerdas cuando éramos muchachos?. Todos los años, durante las fiestas de Pascua, la familia de Jesús acudía a Jerusalén para cumplir con las obligaciones de ley. José y María aprovechaban para pasar unos días en Ain Karim. No se demoraban mucho, pero sí lo suficiente para que los muchachos tomaran los días en libertad, recorriendo los alrededores de la aldea. - ¿>Recuerdas a Saúl? -preguntó Juan. - ¿El tonto Saúl? - Ha estado aquí. Todavía me sigue llamando niño. Cree que tiene la obligaión de protegerme. - Saúl ha nacido para proteger. ¡Me gustaría verlo!. - ¡Ya está viejo! -aclaró Juan en tono de melancolía. Luego comentó: -Si me pidiera que lo bautizara, no podría. ¿Tu crees que en el alma de Saúl pueda haber falta?. ¿Qué conversión se le puede exigir?. Jesús dejó la mirada perdida en un punto lejano, más allá del Jordán, como si estuviera visualizando todos los sinsabores que, de muchachos, le habían hecho pasar a Saúl. - ¿Tu crees que nos portábamos mal con él?. - Éramos muchachos. - ¿Llegará el ser humano alguna vez a ser adulto? -preguntó Jesús. - Al menos cree haber llegado. Y eso es lo malo, ¡que sólo de los niños será el reino de los cielos!. Y la mayoría son niños, Jesús. Son adeptos al Altísimo. ¡Sólo los poderosos echan a perder los planes de Yahvé!. - Ten cuidado, Juan. Esta tarde observé tu comportamiento con los fariseos. ¡Esos no perdonan!. - Y si no predicamos la conversión para ellos, ¿para quién la predicamos?. Reconocer la propia culpa no es fácil, Jesús. Hay que hacerles daño para que los caminos del Señor puedan enderezarse. - No creo que lo hayas logrado con los fariseos. - Lo sé. Siempre habrá corazones de piedra. Yahvé ha tenido que actuar así en muchas oportunidades. ¿Recuerdas lo de Sodoma y Gomorra?. No había justos y solamente el fuego, y el azufre, fue la solución. A los escribas y a los fariseos hay de hablarles con voz de fuego: que se quemen por dentro, que tengan valentía de purificarse. - ¿Irás a Jerusalén?. - No creo. Yo no elijo los lugares, Jesús. Yahvé me los marca. A donde el espíritu me encamine allí se dirigirán mis pasos. Pero yo no soy nada, primo. No soy más que una voz. No hago más que preparar el camino. Siento cómo los pasos de otros, del verdadero, se aceleran detrás de mí. Lo siento aquí, en el pecho. A veces, en sueños, pareciera como si Yahvé intentara develarme el rostro del mensajero de la paz. Una luz muy grande envuelve el sueño y en medio del resplandor pareciera emerger la silueta de quien viene detrás de mi. Pero no logro alcanzar a distinguir su porte. Me envuelve la felicidad. Y eso es todo. Luego el resplandor desaparece y viene la voz. - ¿Y qué dice la voz?. - "Sigue preparando el camino, que el mensajero de la paz la llega". Y me despierto. Me despierto rodeado de desierto, de arena, de luz de sol. Pregunto a los que me siguen y juran que de mi sueño no se ha escuchado ni un lamento. Dicen que tengo un sueño muy tranquilo. - Entonces, ¿estamos ya en tiempos de Yahvé? - Así es, Jesús. En cualquier momento se abren las nubes y el Altísimo nos desvela el misterio. -Luego de un breve silencio, Juan Preguntó: -¿Te quedarás con nosotros esta noche?. - No, Juan. Me voy hasta la aldea. Tengo que ordenar mis pensamientos. Nos veremos de nuevo un día de estos. - ¿Prometido? - Prometido. - Ve y duerme tranquilo, Jesús. Ahora tengo que alejarme de aquí. ¡No estaría bien pasar la noche junto a la tienda de los fariseos!. - ¿Les tienes miedo?. - A veces sí -confesó Juan-. Pero no hay que demostrárselo. Si se lo demuestras... estás perdido. Jesús tomó las alforjas, colocó la mano derecha sobre el hombro de Juan y le dijo: - Nos veremos. - Seguro que nos veremos. Jesús dejó la ribera del Jordán. Se adentró en la noche. Juan despertó a sus seguidores. Curioseó hacia el lugar donde los fariseos habían colocado sus tiendas y se dio cuenta de que no estaban. Dijo a los suyos: - ¡Se asustaron!. |