EL PROFETA - Capitulo II

Fueron años de relativa tranquilidad. Después de la muerte de su padre el joven Jesús se había hecho cargo de la casa. Aprendió el oficio de José el cual alternaba con labores del campo. Gozaba de fama de hombre honrado. Solía intervenir en la sinagoga comentando las escrituras. Sin embargo, no lo hacía henchido de fanatismo. Es verdad que algunas de sus interpretaciones causaban asombro. También es cierto que los escribas le alertaron en más de una oportunidad para que en sus comentarios no se saliera de la literalidad de la Ley.

- Doctores tenemos -le decían- y solamente ellos son los autorizados para interpretar.

El joven Jesús aceptaba el consejo, aunque en sus cavilaciones no encajaban algunas cosas. ¿Cómo es posible que un animal tenga más importancia que una persona?. ¿Cómo va a ser ladrón un caminante hambriento sólo por el hecho de haber tomado unas frutas de árbol ajeno?. ¿Por qué culpar a la ceguera como consecuencia de pecado propio, si la ceguera es de nacimiento?.

Muchas veces conversaba sobre estos temas con su madre. María lo escuchaba embelesada. El joven tenía facilidad de palabra y le gustaba razonar en torno a cosas que iban sucediendo. A pesar de ello, María le recriminaba en ocasiones:

- No vayas contra corriente, hijo. Ellos son doctores y saben lo que dicen.

- No todos los doctores hablan por mandato de Yahvé, madre, algunos lo hacen para defender sus intereses. Yahvé no puede inspirar leyes que vayan contra las personas, y más si son pobres.

- También creo yo eso, hijo. ¿Pero quiénes somos nosotros para corregir leyes?.

- Hay leyes de inspiración del Altísimo y leyes de conveniencia humana.

- Eres demasiado terco, Jesús. ¡Y creo que algún día tendrás problemas!.

- Es posible, madre. Pero, ¿qué quieres que haga?. Mi padre José me enseñó a ser justo, y tú siempre me han inculcado la predilección del altísimo por los anawines. ¿Sabes, madre?. Me gusta mucho ese poeta tuyo: "El Altísimo derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes".

María sonreía, satisfecha. Aquel canto que le había salido tan espontáneamente lo guardaba tan íntegro en la memoria que se lo había venido repitiendo a su hijo desde los primeros años. José también solía recitarlo. Por tanto, había algo en aquel hogar de propiedad común: la defensa a ultranza del menesteroso, la predilección de Yahvé por los débiles. Eso no era invención de la sensibilidad del joven Jesús sino alimento normal desde antes del nacimiento y durante toda su vida.

Jesús había hecho algunos arreglos en su casa de Nazaret. Para su madre y para él era más que suficiente. Hasta lucía confortable. Con su trabajo había logrado ahorros. María los conservaba guardados en una alcuza "para los años de la vejez".

- ¿Por qué te preocupas por la vejez, madre?. ¿No estoy yo?. Tengo frazos fuertes y trabajo no me faltará.

- ¿Y si te pasa algo?.

- ¡Qué va a pasarme!. Toda la vida andas con que si me va a pasar algo... ¡Nadie puede adelantarse a los planes del Altísimo!.

- Una madre tiene que pensar en todo. ¡Mira, Jesús! Las cosas no andan bien. Si Arquéalo era malo, como lo fue su padre Herodes, este procurador que nos han enviado los romanos no es mejor. En esta tierra ha corrido mucha sangre y no parece que los tiempos traigan tranquilidad. Los celotes se organizan cada día más y a los soldados del procurador no le tiemblan ni las espadas ni las lanzas. Eso es Judea. ¡Y aquí, en Galilea?. Igual. Herodes Antipas es un libertino que anda enredado con su cuñada, la esposa de su hermano Filippo. El mundo camina muy mal, hijo, y es una provocación para vosotros, los jóvenes. Te conozco, Jesús. Cualquier día te metes en algún problema y estos romanos no juegan con los israelitas. Sé mucho de esto, hijo. Tú sabes que también nosotros hemos pasado nuestros malos tragos.

- Lo sé, madre, lo sé. Pero no es para que te atormentes. Desde que murió mi padre andas excesivamente sobresaltada.

- Tu padre fue un hombre sin igual.

- ¡Lo fue!. Pero ahora tenemos que hacer la vida nosotros. Tenemos que vivir nuestro tiempo, nuestra hora. ¡Que no me gusten los romanos no quiere decir que me meta a celote!. ¡Que no me caigan bien los fariseos no implica que desprecie las leyes!. Yo no estoy aquí para aniquilar ni la ley ni los profetas, madre. No estoy loco. Pero sin aniquilarla se puede hacer cumplir según los designios del Altísimo.

- ¿Te das cuenta?. Llevas otro mundo en la cabeza. ¡Otra forma de pensar!. Y no están los tiempos para gritar en exceso.

- Entonces, ¿qué quieres, que me calle?.

Jesús conocía demasiado a su madre para no saber de antemano la respuesta.

- ¿Cómo quieres que yo te pida eso?. Tú mejor que nadie sabes lo que tienes que hacer. Lo único que te ruego es que no te expongas en exceso.

Jesús comprendía. Eran recomendaciones de madre, de amor de madre. A la vez, era respeto. Respeto al hijo, a su libertad, a su decisión.

Le costaba compartir los atardeceres con los campesinos de Nazaret. Cuando no tenía trabajo urgente en su pequeño taller de carpintero se alejaba de la aldea, se adentraba en el campo y ayudaba a esparcir la mies, a limpiar la maleza, a segar la cebada, a atar gavillas, a aventar la paja en la era cuando ya la trilla había triturado el tallo. Prefería la compañía del campesino curtido. Le gustaba escuchar sus dichos. De ellos aprendió qué nubes son tormentosas y cuáles de ventisca.

- ¿VES, Jesús, Aquella nube que se levante en el occidente?. Indica que va a llover. Mírale la barriga: el color es ceniza oscuro y poco a poco se tornará en gris negruzco. Anuncia lluvia.

Al principio todo aquello le parecía como una sabiduría que estaba por encima del entendimiento. Poco a poco se percataba de que no era otra cosa que producto de la observación, del tiempo y de la costumbre. Así él mismo aprendió que cuando el viento soplaba desde el oriente era inevitable el bochorno.

Preguntaba. Preguntaba sin cesar. Entre campesinos y pastores de Belén tenía fama de curioso. Quería saber cómo se entablillaba la pata rota de una oveja, qué se le echaba en las pezuñas a los animales cuando les entraba la gusanera, qué hierbas eran las apropiadas para cada una de las enfermedades, qué tiempo era el mejor para emparejarlos. Se brindaba a ayudar en la época del esquile, para aprender. Tomaba el arado entre las manos hasta que lograba un surco derecho. Observaba cuánto tiempo había que dejar para que la leche cuajara. Aprendía a trenzar cuerdas para lograr cordeles gruesos. Distinguía las flores silvestres, cuáles eran de belleza de un día y cuáles lucía su colorido una temporada.

- ¿Por qué quieres saber de todo? -le preguntaban.

- El saber no ocupa lugar.

- Pero a veces se vuelve peligroso.

- No es peligroso el conocimiento sino el no emplearlo para el bien. Los escribas y fariseos tienen muchos conocimientos y ya veis qué mal lo utilizan.

- ¿Por qué te caen tan mal los escribas y los fariseos?.

- Porque son hipócritas.

- Que no te oigan, Jesús. Esas acusaciones ellos jamás las perdonan.

- Razón para que sea cierto lo que digo. Los amigos de la familia a veces comentaban a María:

- El muchacho anda diciendo por ahí cosas que no son del agrado de los escribas.

- ¡Qué dice?.

- Que son hipócritas.

- ¿Y no es cierto?

- Verdad es, aunque también es preferible callarse. Te lo decimos para que lo aconsejes.

- A mi hijo no se le puede aconsejar contra la verdad. ¡Siempre ha sido así!. ¿Qué queréis que haga?.

- Lo decimos por su bien.

- Y lo agradezco. Pero no hará caso.

Luego murmuraban:

- Es inútil. ¡De tal madre, tal hijo!. También su padre era así, tozudo. Es una familia que jamás le ha tenido miedo a los poderosos. ¡Son orgullosos!.

Otros comentaban:

- Son temerosos de Yahvé.

- Eso no se niega, pero son orgullosos.

Jesús se había desplazado en más de una oportunidad por la comarca. Había ido a Magdala, a Cafarnaún, a Tiberíades. Le gustaba la ribera del mar de Galilea. Le gustaban las pequeñas barcas. Cuando se acercaba hasta Magdala para arreglar alguna, convencía al pescador para probarla mar adentro. Le resultaba sumamente placentero anclar la barquilla en medio del lado y recostarse dentro, dejando que el vaivén de las olas le refrescara el pensamiento. En otras oportunidades prefería introducir las manos dentro del agua para observar cómo se la secaba el sol. Sólo, en medio del lago, rodeado de una tenue brisa, recapacitaba sobre su pueblo y su gente. Sabía que algún día dejaría Nazaret y no sabía por qué. Pero estaba convencido de que pronto su vida se haría por los caminos.

Una tarde se divulgó por Nazaret un rumor que sobresaltó tanto a Jesús como a su madre. Por las riberas del Jordán, al sur, en la parte de Perea, un profeta de verdad predicaba un tiempo nuevo.

La imaginación popular comenzó a hablar de milagros, de soldados romanos al acecho, de riadas de gente que por todos los caminos de Judea, de Samaría, de Perea y hasta de la Decápolis, se encaminaban al encuentro del profeta. Comentaban que trataba bien a los humildes pero que fustigaba a los poderosos. También aseguraban que no tenía el visto bueno del Sanedrín y que ya los escribas y los fariseos hacían correr que se trataba de un falso profeta. Y eso de no ser un profeta oficial era lo que daba más confianza a la gente.

- ¿Crees, hijo, que ese rumor sea cierto?.

- Si la gente lo dice, algo habrá.

Jesús tenía un presentimiento: quién era el profeta del que tanto se hablaba. Sin embargo, no quiso comunicárselo a su madre. Primero, porque no tenía argumento para asegurarlo. Segundo, porque tal comentario aumentaría los recelos últimos de su madre.

En efecto, María llevaba una temporada conuna precaución interna que solamente se manifestaba en forma de nerviosismo. Últimamente se le habían caído de las manos cuencos de barro y aunque ella achacaba a la edad la poca consistencia de sus brazos ("el tiempo no pasa en balde, hijo", "ni aunque fueras tan vieja", "desde que murió tu padre se me fueron con él muchos años de vida"), ambos sabían que no era la fuerza física lo que estaba flaqueando sino la preocupación interior.

- Te preocupas en exceso por mí, madre; y soy yo quien debe de preocuparse por ti.

- Cada quién debe preocuparse de lo suyo.

El balde quiso ocultarle Jesús su presentimiento. Una noche, mientras le acercaba el cuenco con sopas, María, haciéndose la distraída, le preguntó:

- ¿Cuándo te marchas, hijo?.

- ¿Qué cuándo me marcho?. ¡Dónde!.

- A mi no tienes que ocultármelo.

- No se trata de marcharme, madre. Es solamente ir a comprobar.

- ¡Crees que el profeta es tu primo Juan!.

Jesús dejó a medio camino la cuchara. Luego apartó el cuenco, dejándolo sobre la mesa, se pasó las manos por la frente, como para borrar una nube, se acercó a su madre, le tomó el rostro entre las manos, sujetó en sus ojos una ternura infinita y le dijo:

- ¿Tú también crees que el profeta es Juan?.

María no dio muestras de desconsuelo. Ensayando una sonrisa de ternura, dijo:

- ¿Y quién otro puede ser, hijo?.

- Es el Altísimo quien elige a los profetas, madre.

- Lo sé, claro que lo sé. Y porque lo sé...

No terminó el razonamiento. Descubrió repentinamente en la mirada de su hijo un brillo muy especial, el cual le hizo cortar su respuesta.

- ¿Entonces te vas mañana?.

- Puedes venir conmigo, madre.

- Yo ya no estoy para emprender caminos.

- Yo sé que te gustaría ver a Juan.

- Mucho. Me gustaría mucho. Pero es mejor que vayas solo. Sois jóvenes y os entenderéis mejor.

Jesús pasó toda la noche desvelado, dándole vueltas a las palabras de su madre. No sabía por qué, pero presumía que escondían un significado especial: "Os entenderéis mejor!. ¿A qué se refería?. ¿Por qué su madre siempre adivinaba sus intenciones?. ¿Por qué no había semi secreto que pudiera ocultárselo ni un segundo?. Sobre todo, ¿cuál sería realmente la predicación de su primo?.

Le costó mucho conciliar el sueño. La noche lucía plácida e invitaba a saborear esa tranquilidad nocturna de mayo, cuando la mies, ya presta para la recolección, descansaba su bamboleo de la brisa del día

No era jornada corta. Pensó diferentes alternativas de viaje. Optó por la ruta de Nazaret a Escitópolis, en la Dicáplis, y desde allí continuar bordeando el jordán, por la ribera de Samaría, para luego cruzar en Adamá, hacia Perea, hasta llegar a la Betania transjordana. En ese trecho, entre Adamá y Betabara, seguro que encontraría a Juan. Por supuesto, dirante el trayecto iría recopilando información, pues a medida que se acercara hacia el sur las noticias sobre el profeta estarían más frescas. Había pensado igualmente otro ruta, pero la desechó: ir desde Nazaret a Siquen, pasando por Ginea y de Siquen lanzarse hasta Jerusalén. La idea era recabar información en la capital antes de acercarse a los predios donde Juan bautizaba. Sin duda las autoridades religiosas de Israel ya habían tomado partido en torno al quehacer del profeta y nada mejor que los alrededores del Templo para recabar información. Si de alertar se trataba podía hablar con su primo con fundamento.

Recapacitó. Desechó la idea. ¿Qué recomendación podría darle él a un profeta?. ¿qué tuviera cuidado?. ¿Qué las autoridades no compartían su proceder?. ¿Qué no se fiara de los curiosos?. ¿Qué entre la muchedumbre siempre se esconden espías?. ¿Qué midiera las palabras?. ¿Qué cuidara el léxico?. El mismo se burló de todos esos interrogantes. Sabía que a un profeta no se le pueden poner trabas y menos esas, precisamente porque no pueden aceptarlas, de hacerlo se convertiría en un profeta falso. Prefirió hacer oídos sordos a la voz de la autoridad, al menos por ahora, y escuchar la voz del pueblo. ¿Quién dice la gente que es Juan?.

Corrían, en efecto, diferentes pareceres. Un pescador de Adamá le aseguró que para él no había duda:

- Es el profeta Elías, que ha vuelto en su carro de fuego. Bajó desde el cielo para caer en el desierto de Judea.

El pescador conocía a la perfección la historia de Elías. Se explayó con Jesús. Le dijo que no había duda, que la voz era la misma, que la mirada del profeta era de fuego, que aparecía y desaparecía como los remolinos, que su voz retumbaba más en el corazón de los oyentes que en la misma ribera del Jordán, que aunque aparentaba juventud se veía a mil leguas el peso de miles de años sobre sus espaldas.

- Es Elías, con toda seguridad. ¿No son acaso estas palabras de Elías: "Ardo en el celo de Yahvé, Dios Sebaot, porque los hijos de Israel te han abandonado, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo sólo y buscan mi vida para quitármelo"?. Estas son palabras del profeta Elías. Ahora escucha -prosiguió el viejo pescador de Adamá-. ¿Cuántos años tienes?.

- Treinta.

- No puedes acordarte. Y menos si eres galileo.

- ¿De qué? -se interesó Jesús.

- Más o menos cuando tu naciste hubo no muy lejos de aquí, en la región de Judea de Belén, un asesinato de profetas.

- No eran profetas, eran niños -corrigió Jesús.

- Todos los profetas son niños -apuntó la sabiduría del viejo pescador.

Jesús asintió.

- Y desde entonces no hemos tenido profetas. Elías es el único profeta vivo que queda. Yahvé lo reservó para Israel, llevándolo en su carro de fuego. ¿Sabes por dónde aconteció eso?. Por aquí, a orillas del Jordán, luego de haber dejado Jericó y después de que Elías golpeara las aguas para que hubiera paso para él y Eliseo.

Jesús atendió la genuina explicación del pescador. No todo era extravagancia. En efecto, por aquellos lugares había sucedido el acontecimiento del carro de fuego y no era extraño que los habitantes de la región tuvieran una predilección especial por el profeta Elías, de quien se creía no había muerto, y de quien se aseguraba que en cualquier momento retornaría para comunicar a las gentes los designios del Señor.

- ¿No me crees? -preguntó el pescador ante el silencio de Jesús.

- No soy yo quién para conocer los designios del Altísimo.

- Un buen israelita debe estar atento a los designios que Yahvé nos envía -comentó el pescador.

- Eso sí es cierto -corroboró Jesús.

- ¡Cuando lo veas te acordarás de lo que digo!.

- Me acordaré -condescendió Jesús.

Un leproso que hizo sonar su campanilla, según indicaban las prescripciones legales, daba gritos y decía:

- Si él es el profeta que lo demuestre en mi carne podrida. Jesús se acercó al leproso sin hacer caso de sus recomendaciones:

- ¡Quedarás impuro si te acercas! -protestaba el hombre.

Jesús, observando cómo las carnes se le desprendían, le dijo:

- ¿Crees, leproso, que la impureza está en la carne?.

- Eso dice la ley.

- ¿Y si yo te dijera que la impureza está en el corazón?.

- Los escribas y los fariseos te llamarían blasfemo.

- Pero yo no estoy ofendiendo al Altísimo.

- Ofendes a la ley.

- ¿Eso crees?.

- Eso dicen los maestros.

- ¿Pero tú lo crees?.

- Debo creer lo que nos enseñan.

- ¿Y si el profeta te dijera lo que yo te estoy diciendo?.

- Los profetas dicen lo que Yahvé les comunica.

- ¿Así lo piensas?. Quizá los profetas no digan lo mismo que dicen los escribas y fariseos...

- Pero son profetas.

- Dices bien, leproso. Puede que algún día te topes con el profeta y te imponga las manos.

- Díselo, forastero. ¡Dile al profeta que los leprosos también queremos ser bautizados!.

- Se lo diré.

Un campesino de Judea le contó que aquel profeta no podía ser el Mesías esperado.

- Tiene palabra fuerte, pero no habla contra los romanos. Tiene voz dura, pero cuerpo endeble. Se le nota decisión en la palabra pero no convoca a las gentes para luchar contra los extranjeros. Tiene atuendo de miserable y lo único que porta en la mano es un palo largo. Habla de conversión del corazón pero eso no es suficiente.

- ¿Así que no crees en él?-preguntó Jesús.

El campesino espetó la hoz en un surco, se limpió el sudor con el antebrazo, tomó una calabaza en la que conservaba el agua, bebió, se la tendió al caminante, y dijo:

- ¡Estamos cansados ya de que nos digan cosas!. ¡No hay más solución que los celotes!.

A medida que Jesús se acercaba a Betabara comprobaba cómo aumentaban los peregrinos. Se dirigían hacia las orillas del Jordán. Allí esperarían hasta que apareciera el profeta.

Tuvo oportunidad de entablar conversación con dos fariseos. Los reconoció por sus turbantes y por la pose de mirada altiva. Tenían cuidado de no mezclarse con la gente, por temor a quedar impuros. Llevaban criados para que los protegieran. Habían montado una tienda cerca de la ribera, aunque un tanto apartada del lugar donde supuestamente el profeta tenía costumbre de bautizar.

Jesús tampoco se mezcló con la gente. Estaba sentado junto a un juncal. Había tronchado una hierba y la mordisqueaba. Se percató de que los fariseos lo observaban y comentaban acerca de él. Procuró hacerse el desentendido. Luego notó cómo uno de los criados de los fariseos avanzaba en su dirección.

- Mi señor te manda a llamar -le dijo.

Jesús continuó mordisqueando la hierba, sin inmutarse.

- Mi señor es un fariseo de Jerusalén -aclaró el criado.

Jesús tomo del suelo un pequeño guijarro y lo lanzó, sin mucha fuerza, al agua del Jordán.

- Mi señor sabe quién es el profeta -concretizó el criado.

- ¿Y quién es? -preguntó Jesús sin dar muestras de demasiado interés.

- Eso le corresponde a él decírtelo.

Los fariseos observaban desde la entrada de la tienda. Al criado se le habían agotados las propuestas; esperaba una respuesta de parte de Jesús.

- ¿Qué le digo a mi señor?.

- Que yo también sé quién es el profeta.

Jesús había respondido con evidente intención. Sabía que los fariseos eran espías, o agentes del Sanedrín, y que estaban allí para incordiar o para averiguar quién era realmente el profeta. De ahí su respuesta. Intuía que, de ahora en adelante, serían los mismos fariseos quienes mostrarían interés en desplazarse hasta él.

- ¿No acudes hasta donde mi señor?. ¡Es fariseo!.

- No voy. Yo soy un carpintero de Nazaret.

El criado optó por encaminarse hacia la tienda para dar razón. Jesús se quedó tal cual, sin modificar un ápice su postura. Continuaba mordisqueando la hierba y lanzando despaciosamente guijarros al agua del Jordán. Sabía que un fariseo jamás se da por vencido y que no hay mayor desprecio que no ser considerado. No tardaron los dos fariseos en dirigirse a él.

- Así que eres de Nazaret.

Jesús afirmó con el gesto.

- ¿Y te has desplazado hasta aquí solamente para escuchar al profeta?.

- Cuando Yahvé nos envía profetas el camino siempre es corto -contestó Jesús.

- Pareces distinto a estas gentes -quisieron halagarle los fariseos.

- Para escuchar la voz de Yahvé no hay distinción de personas. Su voz es la misma para todos.

- Esas no parecen palabras de un carpintero.

- Las palabras nos las da Dios, no el trabajo que hacemos.

- ¿Pretendes darnos lecciones?.

Jesús elevó la mirada hacia los fariseos por primera vez. Pero no se movió de su asiento. Dijo:

- Yo estaba aquí, reposando, sin intención de dialogar. Yo no he formulado preguntas. En Nazaret nos enseñan a responder. Yo no pretendo enseñar a quienes ya lo saben todo. Ahora prefiero escuchar.

- Entonces... ¿conoces al profeta?.

- ¡Prefiero escuchar!.

Los fariseos torcieron el entrecejo y retornaron hacia su tienda. Jesús se incorporó, tomó del suelo un guijarro más grande y lo lanzó con mayor ímpetu hacia el agua del Jordán.



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