EL PROFETA - Capitulo I

Saul, el tonto de Ain Karim, llevaba años recorriendo caminos. Había intentado unirse al grupo de los celotes pero éstos, por precaución, no le dieron entrada. Temían que el escaso seso de Saúl pudiera delatarlos en momentos inoportunos. A pesar de que podía serles útil para algunas encomiendas optaron por la prudencia. Lo desecharon. No resultó fácil. Tuvieron que apelar primero a las amenazas, argumentos de poco peso para la sensibilidad de Saúl, recurriendo luego a proposiciones de mayor sutileza..

- Te utilizaremos en el momento oportuno.

Saúl se sintió satisfecho. Pensó que seguían teniéndolo en cuento. Pero el tiempo transcurría y el momento anhelado de entrar en acción, no llegaba, por lo que Saúl optó por resignarse a su soledad.

Durante dos años se dedicó a recorrer caminos, visitar aldeas, trasnochar con pastores, ofrecer su fuerza para afincar el arado, ayudar a la recolección del trigo, de la uva, de la fruta... Solamente pedía un mínimo de alimentación y unas sandalias cuando las suya ya no aguantaban. No le importaba que estuvieran usadas. Mejor incluso usadas, así el cuero ya estaba amoldado al pie. También solicitaba respuesta a una preocupación que no lo abandonaba: "¡Han visto por aquí a Juan, el de Ain Karim?. No le importaban ni las burlas ni las respuestas displicentes: "Ahí están", le decían para quitárselo de encima. Y señalaban a cualquier transeúnte circunstancial. Saúl, con una leve mirada de escrutinio, negaba con la cabeza. No mostraba enfado.

La última vez que había visto a Juan fue cuando murió el viejo Zacarías. Juan llegó desde lejos para dar sepultura a su padre, igual que lo hizo años antes, cuando falleció la anciana Isabel. Saúl observó en aquellos dos momentos decisivos más a Juan que a los féretros de sus padres. Juan no pronunciaba palabra. De su semblante no surgió ni un rictus de queja. Algunos comentaron inclusive que este joven ya convertido en hombre se había tornado huraño, insensible.

- Ni una muestra de dolor.

- El dolor va por dentro -había protestado Saúl, porque sí había observado el dolor de Juan.

- ¡Tu cállate!. ¡Cuánto más hombre, más tonto!.

Saúl no replicaba.

A medida que había ido avanzando en edad había ido recuperando la cordura. Y con la cordura había recuperado también el dolor.

Juan, en ambas oportunidades, se había presentado en la aldea con vestiduras raras. Un gran sayón de tela de saco, un bastón y abundante pelambrero.

- Si lo hubiera visto su madre... -murmuraron la primera vez.

- Si lo hubiera visto su padre... -dijeron la segunda.

Saúl, para apoyar la compostura de Juan y protestar contra las malas lenguas de los aldeanos, en ambas ocasiones, y durante largo tiempo, se quitó sus vestiduras y cubrió su cuerpo imitando a Juan. Caminaba por las calles de Ain Karim soportando las risas y los denuestos de los chiquillos. Pero en ocasiones le obligaban a recordar tiempos pasados:

- Algún día volverá otro Herodes.

Los muchachos ya habían escuchado el relato de la matanza de los inocentes en más de una oportunidad. El recuerdo de este rey, por lo mismo, era el peor argumento que podían oir.

- ¡No asustes con esas historias a los niños! -lo recriminaban los adultos, pero Saúl, haciendo gala de su cordura, replicaba:

- mientras Juan viva eso no se podrá ocultar en todo Israel.

Se mofaban de él aunque, en el fondo, los ancianos sabían que estaba en lo cierto.

Después Saúl optó por abandonar su aldea convirtiéndose en buscador del niño Juan. Así continuaba llamándolo. Cuando falleció el anciano sacerdote Zacarías, Saúl le había dicho:

- Lo siento mucho, niño Juan. Yo también quedo huérfano.

Juan no despegó su boca. Se limitó a ensayar la única sonrisa que los aldeanos le recuerdan y a colocarle la mano derecha sobre la revuelta pelambrera. Saúl quiso besarla la mano pero Juan, con un delicado movimiento, la retiró. Saúl no lo tomó a desprecio. Al contrario, percibió un agradecimiento tal en la mirada del niño Juan que creyó haber leído: "Soy yo quien te la debe besar, Saúl".

Mientras recorría caminos y veredas, buscando al niño Juan, recordaba todos y cada uno de los detalles, desde el momento del nacimiento. Aunque Juan se negó a soltar la lengua en Ain Karim, cuando el fallecimiento de sus padres, Saúl no compartía la opinión de la gente: "Se ha quedado mudo. Ya es mal de familia". Saúl sabía que Juan conservaba mucha palabra dentro y que no eran tiempos para desperdiciarla en bagatelas. No obstante, se atrevía a impugnar a los de Ain karim.

- Recuerden que las mudeces son temporales y que cuando Yahvé devuelve la palabra ya es el Altísimo quien habla.

No lo consideraban blasfemo porque lo consideraban tonto. Saúl aprovechaba esa condescendencia para apuntalar todo lo necesario a favor del niño Juan.

Saúl pasó a ser célebre en la comarca. Pronto el apodo de "el tondo de Ain karim" se hizo común, tanto en Betania como en Belén, en Meaux, en Bet-El, Jericó e inclusive en las riberas del Mar de la Sal. Hasta en Batabara de Perea era anunciado su llegada como "el tonto de Ain Karim". De un camino lo echaban para otro, de una aldea a la de más allá.

- ¿Han visto a Juan?.

- Pasó por aquí, pero torció hacia aquel lugar.

Era mentira y Saúl sabía que lo era. No obstante daba muestras de asentimiento y aceptaba la dirección indicada. Pensaba que, a pesar de la mentira, podía andar por ahí el niño Juan.

Un día, de soslayo, escuchó un comentario que le hizo brincar el corazón. Andaba con su pregunta por los alrededores de Adamá, en Perea, a orillas del río Jordán, y escuchó:

- Dicen que por Betabara ha surgido un profeta de verdad.

Saúl no se preocupó buscando más señales. Se dijo: "Ese es". Y comenzó a recorrer toda la ribera del Jordán, desde Adamás hasta la Betania transjordana. Estaba convencido de que ese era su últimoviaje y el verdadero para toparse con el niño Juan. Su certeza se veía acrecentada a medida que se acercaba a Betabara. En el trayecto había recabado nuevos comentarios, algunos inclusive contradictorios

- ¡Es él! -repetía Saúl en su corazón, henchido de felicidad.

- Tiene voz de trueno -aseguraban algunos.

- Es un profeta antiguo resucitado -decían otros.

- Es un embaucador -se quejaban algunos.

- Es él -se decía a sí mismo Saúl, reservándose la palabra con los ajenos y limitándose a escuchar.

Algunos aprovecharon para herirle:

- Ahí tienes la oportunidad, Saúl. ¡El puede enderezarte la mente!.

No le importaba. Seguía su camino y le hervía la sangre a medida que acortaba la distancia.

En Betabara se hacían lenguas del profeta. Pero en los días en que Saúl llegó a la ciudad de Perea el profeta había desaparecido.

- El es así. Su vida es así. Es como un relámpago: aparece y desaparece. Es como una lengua de fuego: surge aquí y quema por todas partes. Es como un huracán: el corazón que no lo escuche quedará arrasado. ¿De dónde viene?. ¿hacia dónde va?. Es como el viento: a las gavillas en sazón las acaricia, a la maleza la azota. Lleva en su sangre el dolor de haber sobrevivido a la matanza, así que no le perdonará a ningún Herodes la sangre.

- ¿Por qué hablas así de él?. ¿Lo conoces? -preguntaban.

Saúl guardaba su secreto y se limitaba a contestar:

- No soy yo quien tiene que responder. La palabra que él dice es palabra de dolor para unos, de gracia para otros.

Escudriñó todos los alrededores de Betabara para ver si lograba con su paradero. Inútil. Parecían días de descanso para la palabra de Yahvé. Saúl no se impacientó. Cada atardecer regresaba a Betabara para pernoctar en la ciudad. Estaba convencido de que aquel era el lugar del encuentro.

No buscó sitio en posada para pernoctar. No tenía con qué pagar. Además, sabía que esta era la forma de vivir del profeta, fuera de posada. Unos comentaban que dormía en los descampados, aún en tiempos de frío o tormentas. Las heladas caían sobre él, igual que los calores y los aguaceros, y no hacían mella en su cuerpo. Saúl jamás creyó estos cuentos; sí que durmiera a la intemperie, pero de ninguna manera que sus carnes fueran insensibles a los rigores de la naturaleza. Sí que se alimentara de langostas, reptiles, frutas silvestres y todo cuanto la naturaleza le proporcionara, pero no que tuviera el gusto y el estómago semejante al de los animales de la selva o del desierto. Saúl conocía su primera historia mejor que nadie. Sabía cómo le gustaba al niño la leche fresca, el pan amasado, el pescado del río o del mar, y cómo su madre lo alimentaba con lo más exquisito de Ain Karim, y cómo su primera cuna fue la más confortable de la aldea. Su vestimenta correspondía a la del hijo de un sacerdote del tempo. No era, entonces, por gusto natural que hacía aquellas cosas sino por alguna otra exigencia dictada por Yahvé.

Era un medio día cuando el rumor se extendió nuevamente por la ciudad.

- El profeta ha regresado. Bautiza en el Jordán.

La gente abandonó sus labores. Las mujeres se cubrieron la cabeza con paños negros. Los tullidos urgieron a sus familiares a que les colocaran sobre sillas, parihuelas o cualquier medio de transporte apto. Los ciegos azuzaban a sus lazarillos para que apuraran el camino. Los fariseos y saduceos torcían el ceño y comenzaban a tramar intrigas. Los escribas repasaban las Escrituras para adivinar si en este profeta encontraban similitud con los antiguos. Los recaudadores de impuestos guardaban en sus fardos las monedas por temor a que un soplo del predicador se las aventara. Los prestidigitadores se esforzaban por acercarse al máximo para ver si podían robarle algún truco para exhibirlo en otras regiones. Las muchachas saltaban de contento y los jóvenes comentaban que el profeta lucía una mirada tan penetrante que cualquier secreto podía ser descubierto. Los pobres, en fin, notaban ardor en el pecho, un ardor que les hacía bien. Muchos comentaban que éste sí era el verdadero libertador.

Saúl observó todo aquel ajetreo. Vio las caras sonrientes de unos a medida que se disponían a acercarse hacia el lugar del Jordán. Vio el paso lento de otros, como si un peso enrollado en la rodilla les impidiera moverse. Vio el júbilo de los menesterosos y la esperanza pintada en el semblante de las viudas. Vio el murmullo sigiloso de los fariseos. Y se dijo:

- No cabe duda, es Juan.

Se enredó en medio de la multitud. Se dejó arrastrar hacia el lugar. No apresuró el paso. Sabía que él siempre llegaría.

A medida que el gentío se acercaba al gran río los murmullos iban cediendo hasta lograr un silencio que no parecía acorde con el tumulto. Fue colocándose hasta lograr ubicarse junto a la ribera. Observó cómo el profeta iba recibiendo a las personas, cómo las introducía en el agua y cómo, con una concha marina, les vertía el líquido sobre la frente. Así estuvo un largo rato. Algo decía a cada quien a medida que le echaba el agua, pero se lo decía tan quedo que sólo el interesado podía escucharlo. Sí podía percibirse que las personas asentían levemente con la cabeza.

Sintió una curiosidad tan grande que quiso ponerse a la fila, para que también sobre él echara el agua, pero se contuvo. Notó cómo el profeta rehusó bautizar a una persona. Rotundamente se lo dijo:

- ¡No!.

Y se escuchó con absoluta claridad.

El hombre insistió. El profeta, entregando la concha marina a un joven cercano a él, alzó los brazos y grito para que todos los entendieran:

- ¡Esto no es magia sino preparación del camino del Señor!.

El hombre agachó la cabeza y salió del río. Saúl oyó el comentario a su lado:

- Era un prestidigitador. ¡El profeta lo ha reconocido!.

Otro dijo:

- A lo mejor era un fariseo. ¡El profeta no se lleva bien con los fariseos!. Dicen que los ha insultado, que los ha llamado "raza de víboras".

- ¡Es el niño Juan! -reforzó el pensamiento de Saúl, y un contento muy grande, tanto que le pareció encontrarse en Ain Karim, junto a la cuna del pequeño, cuando le repetía una y otra vez: "Mi nombre es Saúl, mi nombre es Saúl".

El profeta salió del agua del río y se subió a una pequeña piedra, perfectamente laminada. Sólo ahora Saúl lo percibió en toda su majestuosidad. A pesar del desastroso atuendo, de la barba mal cuidada, del cabello demasiado mugriento, de las sandalias carcomidas por el polvo y el sudor, Saúl lo vio con impresionante parecido a su padre, el difunto sacerdote Zacarías. Hasta el timbre de voz era idéntico, si bien, es verdad, un grueso tono de amargura salía de aquella garganta acostumbrada a la intemperie. Se ensimismó en su voz y en la forma de agitar los brazos.

- ¿Qué quién soy?. Una voz. Solamente una voz curtida en la soledad del desierto. Una voz llena de trueno y fuego, y de celo del Altísimo. Una voz que grita por los caminos y se recuesta en el atardecer de las sombras. Una voz que quiere llegar a lo más escondido de vuestros corazones, ahí donde se apiña la rapiña, el odio, los malos deseos; ahí donde la escoria no deja medrar a la buena voluntad. ¿Qué más puedo ser que una voz.?. ¿Hay alguien aquí que piense que soy algo más que una voz?. ¡Que levante la mano y hable, y diga!. Soy la voz que viene desde el desierto, clamando: arrepentíos, cambiad de vida, dejad en la cama con su marido a la mujer de vuestros deseos, dejad que la viuda siga viviendo en su recuerdo y no la persigáis con el susurro meloso, dejad que el huérfano encuentre el camino de su casa. Y vosotros, los que más tenéis, ¿para qué queréis lo que os sobra?. ¿Para amontonarlo?. ¿Para que se lo coma la polilla?. Un cuerpo solamente necesita un vestido. Unos pies sólo unas sandalias, no un par. Un cuello no necesita collares y un tobillo tampoco ajorcas. El estómago vacío suspira por pan y la boca sedienta por refresco. Lo que predico es conversión. Que cada uno se mire, se vea y se diga: soy el doble de lo que soy y no necesito ser más de lo que debo ser.

Realizó un silencio. Paseó su mirada por sobre la multitud. Se detuvo en la mirada de algunos. Lo que les dijo sólo ellos lo saben, pero más de una persona agachó la mirada, dio la espalda al profeta y se alejó. Luego continuó:

- Óiganlo bien, no soy más que una voz y quien piense que soy más que se acerque y me toque. El viento viene de allá, pasa y se escapa. Nadie lo ha visto. Todos lo hemos sentido. El soplo del Espíritu es como el viento que va y viene, que azota aquí y acaricia allí, que arrasa a un olivo y bambolea a la mies. Y estamos en el tiempo del soplo del Espíritu. ¡Quien tenga oídos para oír que oiga!. Y quien tenga el corazón dispuesto para ser lavado que se acerque a la ribera para recibir el bautismo. La doncella debe estar limpia, sin mácula, para cuando llegue el esposo. El esposo debe recibirla como carne de su carne y hueso de sus huesos. El perro debe acercarse a la mesa del amo y lamer las migajas, y el árbol debe absorber la sabia que Yahvé le envía desde el cielo para dar el fruto a su tiempo. Cuando el tiempo llegue, y está a punto, y el corazón del hombre no esté dispuesto, habrá llanto y crujir de dientes. ¿Entienden lo que les digo?. ¿Lo entienden?. ¡Hay gente con el corazón duro y gente de tierno corazón!. ¡Traedme a ese niño!.

Una mujer joven se acercó hasta el profeta con un pequeño en brazos. De los labios del profeta se escapó una sonrisa para desacreditar a quienes pensaban que solamente había dureza en su corazón.

- Para convertiros tenéis que volveros como este niño. Quien no tenga el corazón de niño no puede oír la voz del viento cuando supla tenue, ni puede saborear la dulzura de la miel silvestre. Para convertiros tenéis que mirar a los ojos de los niños para comprobar si guardáis odio o no en el corazón.

Luego, volviéndose al niño y a su madre, gritó:

- Pues bien, ¡yo os digo que esta criatura sí alcanzará a ver el reino de Dios!.

Tras un breve silencio, añadió:

- Mañana regreso y espero que ya haya más corazones con necesidad de lavarse. Váyanse a sus hogares y comiencen a repartir aún más de lo que les sobra. El Altísimo no dará un asiento a quien tiene el vientre lleno de satisfacción.

Saúl percibió cómo los que estaban más cercanos a él lo rodearon.

Mientras la muchedumbre iba retomando su camino, el grupo que rodeaba al profeta envolvía unos atijos y se los echaba a la espalda. El profeta se introdujo de nuevo en el agua del Jordán y hundió la cabeza en ella. Luego se frotó los brazos y las piernas y se secó con un manto que le tendió uno de los acompañantes. Al terminar de secarse, y con la mirada caída, se encaminó al lugar donde se encontraba Saúl, recostado sobre el tronco de un árbol, observando. Por un momento creyó Saúl que pasaba delante de él sin ni siquiera levantar la mirada. Pero notó cómo amainaba más el paso hasta quedar a su lado.

- ¿Qué haces aquí, Saúl? -preguntó el profeta sin alzar la mirada del suelo.

- He venido a verte, niño Juan.

- ¿Cómo me has conocido?. Nadie sabe de dónde vengo ni a dónde voy.

- Yo conozco todos los secretos, niño Juan.

- ¡Antes que yo los sabes, condenado tonto!.

- ¿Te acuerdas, niño Juan?.

- He vivido en el silencio durante muchos años.

- ¿Todavía te duele la sangre de los inocentes, niño Juan?.

- Igual que a ti, Saúl.

- Herodes no iba por mí.

- Tampoco iba por mí -replicó el profeta. Luego, abandonando su estática pose, alargó la mirada hasta la de Saúl, le echó la mano a los hombros, le acarició con la mirada y le dijo: -¿Cuántas veces me repetiste tu nombre?-. Imitó la voz de Saúl y murmuró: "Me llamo Saúl, me llamo Saúl!.

- ¿te acuerdas?.

- Un día te mostraré algo que conservo en el zurrón.

- Ya sé lo que es. Una figurita de barro. ¿La conservas?.

- Guardo más de lo que tú crees.

Saúl, tomando aliento suficiente, se atrevió a formularle la solicitud que le quemaba:

- ¿Permites que te acompañe, niño Juan?.

- No, Saúl. Tu debes observar las cosas desde fuera.

- ¡Quiero acompañarte, niño Juan!.

- No, Saúl. Lo que quieres es cuidarme ¿no es eso?.

- También.

- Ya logré los treinta años, y si de cuidado se trata ahora me tocaría velar por ti.

- ¡Niño Juan!.

- Desapareció aquel niño y se convirtió en una voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, rectificad sus senderos. Mi padre ya me había hablado sobre la inminencia de este día. ¡Mi padre era un israelita auténtico, verdad Saúl?.

- Su padre y su madre, niño Juan.

- Haz esto, Saúl: llégate hasta Ain Karim, acércate a la tumba de ellos y diles: el niño Juan anda por las riberas del Jordán haciendo lo que tiene que hacer. ¿Te acercarás hasta Ain Karim?.

- Haré lo que me pidas, niño Juan. ¿Me bautizarás otro día?.

El profeta sonrió. Luego dijo:

- Lo haré. No porque lo necesites sino porque tú me lo pides. Pero tú, Saúl, tienes el alma más limpia que el agua del Jordán.

- ¿Por qué me llaman tonto?.

El profeta no respondió. Se acercó a Saúl y le dio un beso en la mejilla.

Quienes lo seguían comentaron:

- Mucho debe quererlo. ¿Será su hermano mayor?



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