EL ANUNCIO - Capitulo IV

Jamás de Nazaret podrá salir algo bueno!.

María había escuchado muchas veces esta historia, pero no se sentía protagonista de ella, como el resto de sus paisanos. Es verdad que los nazarenos eran camorreros y faltos de luces, pero también es cierto que la vara de medir era idéntica para todos, y que en su mente no había pasado una brizna de venganza. No obstante, el recuerdo de esta historia la turbó. El viejo Joaquín, que también sabía medir los grados del temperamento de su hija, se percató del cambio tan repentino en su semblante. Y José.

José fue el primero en preguntarle:

- Ocurre algo, María?.

- Me ha entrado como una calentura repentina.

Era cierto. Más que calentura se trataba de un escalofrío. Joaquín intervino:

- No me dirás...!

- De eso nada! -se adelantó José.

Y María, para tranquilizar a ambos, dijo:

- Siempre que me viene a mente la historia de la hija de Azael me entra este sofoco.

- Pues para algo sirvió -intervino su padre-. Nos tendrán por brutos, pero desde entonces han sido respetadas nuestra mujeres. No hay doncella nazarena en todo Israel que no sea respetada donde quiera que se encuentre.

- Es por miedo, padre, no por otra cosa

- Para lograr ciertas protecciones, el miedo es buena medicina -dijo Joaquín.

María no estaba interesada en prolongar aquella conversación. Y lo hizo constar.

Joaquín sacó a relucir el por qué estaba allí. Estuvo de acuerdo con José en que lo más acertado parecía emprender viaje hasta la aldea de Ain-Karin, en Judá, donde, según María, sus ancianos parientes gozaban la alegría de la fertilidad.

- Eso sí. Tu sola no vas.

- José no puede acompañarme, padre. Ahora hay trabajo y necesitamos ahorrar algo. No te ha hablado José de nuestros proyectos?. Alguna pareja de ovejas no nos vendría mal...

- No digo que te acompañe José, pero sla tampoco vas. Ya arreglaré eso con tu madre.

Varios días de camino, a lomos de un pollino, no es apto para una mujer sola. Y más con los tiempos que corrían: ladrones y forajidos se escondían a la vera de los caminos. Asaltantes sin respeto por niños o doncellas. Ya no era el miedo a los zelotes. Estos tenían un objetivo más concreto: los romanos. Los hijos de Israel deberían ser protegidos. Pero el salteador, el vagabundo, el ladrón a secas, el sádico... no tienen nacionalidad, ni acepción de personas. Van a lo suyo: el desvalijo, el hurto, la violación.

Joaquín no quería que su hija emprendiera viaje sola. Además, deseaba comprobar personalmente el portento obrado en el vientre de Isabel. O pedir justicia ante el Altísimo, como se temía, para quien se hubiera ensañado con una anciana para mofarse de su infertilidad.

No le costó mucho convencer a Ana sobre esta decisión. Ana no solamente estaba de acuerdo sino que ella misma deseaba emprender viaje. Sentía un especial orgullo por comprobar la preñez de su parienta, y en ese argumento iba implícito acallar tantas malas lenguas que se habían despachado contra la esterilidad de su prima.

Era cierto que la esterilidad no parecía cuadrar con los planes de Dios sobre el creced y multiplicaos. La esterilidad era un signo negativo. Una vergüenza. Sara se sintió despreciada ente la fecundidad de su sierva. Raquel, desesperada, le gritó a su marido: Dame hijos, o me muero!. Jacob, su esposo, se enfureció con ella porque no era él quien debía sentirse culpable: Estoy yo en lugar de Dios, que te ha rehusado la maternidad?. Sara, Rebeca, Esther... Vientres vacíos. E Isabel.

Por qué Yahvé negaba la maternidad a la mujer decente y prodigaba en descendencia a la sierva o a la prostituta?. La fecundidad era una gracia divina, la infertilidad una maldición. Si Isabel tenía vida en su vientre, a pesar de la edad, era signo evidente de que el Altísimo había dejado pasar el tiempo normal para enaltecer, en el tiempo anormal, la honradez de la familia.

Todo esto lo había pensado Joaquín, y era el momento preciso para enaltecer públicamente la grandeza de Yahvé. Así que la decisión de acercarse hasta Ain-Karin fue bien visto por todos. Ana comenzó a preparar comida para el trayecto. También ropa limpia.

El tiempo favorecía la decisión. El campo lucía florido y el calor no había llegado a los rigores del verano. El deshielo hacía brotar riachuelos por doquier, fuentes de agua clara, de agua viva. El verdor quitaba rigidez al camino. Era el momento apropiado.

Ana resultó de fácil contento. Aunque su deseo era acudir ella, en vez de María, o en lugar de Joaquín, éste la convenció, sacando a relucir los rigores del camino, las escaramuzas de los filibusteros y, con mucho tino, los achaques de jaqueca que en aquellos últimos tiempos la estaban atormentando. Y la consoló con una promesa: Si es cierto lo que nos han anunciado, te irás a atenderla en el momento del parto. Para eso tendrá mucha mejo maña que María. Resultó argumento convincente.

María, aquella noche no durmió tranquila. Se llevaba las manos al vientre para comprobar si de él salía una luz lo más clara posible para comunicarle diáfanamente todo a José. No debía emprender viaje sin que su esposo conociera de su estado. En sus duermevelas un ángel vestido de luz, muy parecido al mensajero, la tranquilizaba: El Señor está contigo. Pero una vez que el resplandor tranquilizador se desvanecía, la sombra de la angustia hacía que se llevara nuevamente las manos al vientre. Espiaba la respiración de José, en el camastro cercano. La luna que se deslizaba por el ventanuco permitía espiar el sueño de José. Parecía tranquilo.

Sintió sed. Procuró no hacer ruido al echar agua en el cuenco. Se acercó al ventanuco. Se apropió de toda la noche, sumamente clara, con su cielo de primavera celeste. Le pareció descubrir estrella nuevas, recién nacidas con la primavera, hijas de un tallo florecido después del invierno pasado. Por un momento se olvidó de José. Dio rienda suelta a ese ansia natural de hacer poemas en los momentos más difíciles. Susurró: contenta estoy por lo que el Altísimo ha hecho en mi; contenta porque su misericordia s grande y porque en mi está haciendo maravilla. Y la invadió una gran paz.

No supo el tiempo que transcurrió. Imaginó miles de formas combinando estrellas. A veces una nube diafanamente transparente se paseaba ante la luna, permitiendo tonos diferentes en la claridad de la noche. El frescor de la estación le hacía bien Y no se percató de que José llevaba algún tiempo tras ella.

- Qué piensas, María?.

El frescor de la noche se tornó en escalofrío. Todo lo que se le ocurrió contestar, fue:

- José, por qué me asustas?.

José elevó sus manos hasta el rostro de María, fresco como la noche, y la apartó de la claridad del ventanuco.

- Tienes la mirada más clara entre todas las claras miradas de las hijas de Israel.

- - Tu crees? -sonrió, sonrojada, María.

- No es claridad, cierto. Es resplandor!.

María se sintió dichosa. Las palabras de José la transportaron hasta sus sueños. Recordó la luz del ángel de luz. Habría llegado el momento?.

- Maña emprenderás viaje y deberías estar descansada. Duerme.

- No te preocupes, José. Estoy fresca. Ni un asomo de cansancio hay en mi cuerpo. Quizá sea la emoción.

- Sigues estando segura de que lo de Isabel es cierto?.

- Convencida, José. Con una seguridad que no te imaginas. Si supieras lo que hay en mi, podrías comprender mi certeza.

- Y qué hay en ti?.

Había llegado la pregunta clave. Era, por lo mismo, el momento oporotundo.

- José!.

- Vamos, dí.

- Resulta difícil, no creas.

- Cuanto antes se diga, antes termina la dificultad.

- El Señor ha puesto cosas maravillosas en mi.

- Somos su pueblo, María. Y a pesar de todas nuestras infidelidades, el Altísimo no nos rechaza. Continúa manteniendo su promesa.

- Recuerdas la profecía de Isaías

- Isaías es un profeta con muchas profecías. Es de los más grandes de nuestros profetas.

- Me ha venido a mente uno de sus grandes dichos: Ábrase la tierra y produzca salvación y germine justamente la justicia.

- Todas las primaveras el Altísimo hace que la tierra se abra, brote la simiente, exploten los tallos y luego madure el fruto. El Altísimo nos concedió la naturaleza como paraíso para nuestra salvación. Mana leche y miel todos los años. Es su milagro.

- Y con las doncellas también hace maravillas -precisó María.

- Y con la vejez, al parecer! -apuntó José.

- Pues de eso quería hablarte, José. El Señor también ha obrado en mi algo maravilloso. En mi vientre.

María tomó las manos de José y las encaminó hacia su vientre.

- ¿Qué quieres decir? -tartamudeó José.

- Todavía es pronto para que tu lo notes, pero yo ya sé que está ahí.

- Que está ahí, qué! .

José no terminaba de entender.

- Y qué es lo que se anida en el vientre de una mujer?. Ya sé, ya sé, José. Ya sé que no lo puedes creer. Sólo te pido tiempo. Pero quiero contártelo todo antes de emprender viaje. Luego... pues tú decides!. Qué quieres que te diga?.

María fue relatando todo el proceso del anuncio. Le dijo por qué estaba segura de que su parienta Isabel había sido llena de vida. Las dudas no pueden prosperar ante las evidencias. La mejor evidencia era su propio vientre, el cual, sin intervención de varón, lo sentía lleno. José no interrumpió el reflexivo relato de María. Escondía su rostro entre las manos.

- No te pido que me digas qué piensas, José; sólo quiero que me respondas: me crees?.

José permaneció impasible, sin alterar su pose, sin modificar su temperamento. Había quedado como muerto.

- Confías en mi, José?.

La voz de María salió suplicante, como de vida o muerte. José no sabía, no podía aventurar un sí o un no. Desconfiar de María? Sería tanto como cometer el peor de los pecados contra el amor. Ni una brizna de sospecha aparecía en su existencia. Desde que se conocieron, desde que se dijeron que se amaban, cuando correteaban juntos, las manos entrelazadas, entre los matorrales... qué mancha, ni él ni nadie, osaría imaginar contra la hija de Joaquín y Ana?. Pretendientes había tenido, claro. Inclusive, algunos nombres le venía a mente. Pero también le venía la imagen risueña de María para rechazarlos sin que semejante desplante constituyera ofensa para la añoranza del pretendiente.

Cuántas veces se lo habían dicho!: Qué suerte tienes, José. Difícilmente se consigue una mujer como María, con mirada en una sola dirección, en ti. Y esto constituía parte de su orgullo. Eran él y María un todo que difícilmente se produce fuera de la imaginación.

Por el momento creyó que esta fantasía de María no era más que una broma femenina, quizá para ponerlo a prueba. Inmediatamente desechó la sospecha. Ella no era de ese estilo. Probando y haciendo sufrir?. Definitivamente, no. Además, le resonaba en la mente el ruego: Crees en mí, confías en mi?.

Nuevamente, susurrante, angustiada, dolorida, volvió la pregunta:

- Por favor, José, ¿crees en mi?.

José únicamente acertó a contestar:

- Dame tiempo.

Y se recostó sobre el camastro. Ninguno de los dos durmieron. El silencio de la noche ayudaba a las cavilaciones. Los grillos ya se iban desentumeciendo. Algún búho quiso ufanarse proclamándose rey de la tranquilidad nocturna.

La vida, fuera, continuaba su ritmo. La vida que se empeña en emerger contra todos los rigores de un mal presagio. La vida, escondida durante el prolongado invierno en el seno de la tierra y ahora proclamando su triunfo. Muchas sinagogas evocaban en esta época los poemas de David:

Haces manar las fuentes de los valles,
Entre los montes se deslizan;
Abrevan a todas las bestias de los campos,
En ellas su sed apagan los onagros;
Sobre ellos habitan las aves de los cielos,
Dejan oir su voz entre la fronda.
De tus altas moradas abrevan los montes,
Del fruto de tu cielo hartas la tierra;
La hierba haces brotar para el ganado,
Y las plantas para el uso del hombre,
Para que saque de la tierra el pan
Y el vino que recrea el corazón del hombre
Para que lustre su rostro con aceite
Y el pan conforte el corazón del hombre.
La llegada de la primavera constituía la mejor manifestación del Altísimo. Lástima que su pueblo, el elegido, no pudiera gozar de ese edén mil veces ofrecido y mil veces rechazado por su dureza de corazón. Pero la promesa permanecía en pie, y aunque el tiempo de la espera parecía prolongarse, la esperanza no estaba perdida. Una vara seca, la de Jesé, florecería. Una primavera, por lo tanto, había sido anunciada como el inicio de un cambio de clima, de un despertar del invernadero, de una lozanía vital. La salvación vendría en primavera.

El amanecer fue despertando a la aldea. Los gallos anunciaban ese nuevo día inevitable y esperanzador. María hacía tiempo que tenía todo a punto: leche cocida para que José desayunara, el atijo a punto, en el que había metido lo indispensable, las cosas de la casa correctamente en su sitio. Sabía que era cuestión de horas. Aunque José no era de por sí desordenado, pronto dejaría la casa patas arriba. No importaba: Ana, su madre, todos los días acudiría a echarle una mana. Ana se encargaría de adecentar la pequeña estancia.

José se incorporó del camastro.

- No has pegado el ojo, José -saludó María.

Vaya saludo!. Sería posible que los monstruos interiores le dejaran dormir? Mejor, inclusive, que el sueño no lo hubiese vencido, porque dentro del sueño es donde triunfan las pesadillas, donde se esconde o enaltece la realidad, donde se desvirtúa, donde se desfigura el tiempo o se revitaliza la ilusión. Vaya pregunta!.

El silencio de José no parecía la despedida más afortunada.

- Mi padre estará a llegar -recordó María.

José, fuera de la estancia, se refrescó el rostro con el agua que había dormido a la intemperie. Se restregó los ojos, como si quisiera que por ellos saliera esa desazón, esa especie de nube que lo embotaba.

Joaquín tiraba del rabero de su pollino, acercándose. Antes de contemplar de cerca el rostro de José, pensó: éste no ha dormido. Y lo comentó con Ana.

- Es normal. Recién desposados y ahora este viaje...

Era, evidentemente, un reproche. Aunque convencida de la necesidad de visitar a su parienta Isabel, Ana no estaba aún muy de acuerdo con que se ausentara María

- No volvamos sobre eso -corrigió Joaquín-. La niña es muy quién, y hasta los recién casados necesitan un poquito de añoranza. Así que te ruego no toques ese tema en presencia de ellos.

José los vio acercarse:

- Ya están ahí, María.

María no pudo evitar un escalofrío. El momento había llegado y la situación entre José y ella no había quedado aclarada. José se había empeñado en un silencio prudente, en un dar tiempo al tiempo. María sintió remordimientos: sería lo más prudente dejar a José en semejante situación?. Y, acercándose a José, se lo comunicó como la solución más acertada:

- José, no emprenderé viaje.

- Qué dices?.

- Es mejor que me quede. Sé por lo que estás pasando.

- Lo que estoy pasando tengo que pasarlo. Cada quien debe hacer su camino. A ti te toca ahora visitar a la prima; a mi alimentarme de soledad.

- José!.

- Qué quieres, María?. La vida es así!.

- La vida es como nosotros la hagamos.

- Y la estamos haciendo.

María no acertaba a interpretar estas insinuaciones de José. Serían un reproche? Serían producto de la resignación? Cómo en una noche la vida puede dar un vuelco tan radical? Es que acaso el Altísimo tiene que hacer sufrir a los humanos hasta el límite para que la historia enderece los caminos torcidos?

Job. Ahí quedaba el caso de Job. Un hombre cabal, recto, temeroso de Dios, apartado del mal. Ni una tilde en su haber. Ni una mota en su clara existencia. Un hombre atento a lo suyo, a sus siete hijos, a sus tres hijas, a los animales de su hacienda, a sus criados. Y sobre él, incomprensiblemente, cruelmente, cayó toda la ira del Altísimo. Sólo con el fin de probarlo. Pero, probarlo de qué?, probarlo para qué?. Solamente por una disputa entre Yahvé y Satán?. Únicamente para comprobar detrás de quién se encamina el corazón recto del hombre? Sólo para probar quién vence a la postre en ese pulso entre el bien y el mal?.

Ahora el turno le había correspondido a ella..., y solamente estaba comenzando. Atravesaría su corazón una espada de dolor? Se convertiría la luz brillante del ángel en una espada de fuego? Tendría razón José, y Joaquín, al detectar como burla absurda ese pretendido anuncio del embarazo de Isabel? Sería lo suyo también un burda burla? Estaría comenzando a deshilvanarse ese hilo del ovillo de la prueba? Hasta dónde habría que llegar?.

- José, aún estamos a tiempo. Si quieres me quedo.

- Lo que tenemos que hacer hemos de hacerlo. Cada quien andará su camino.

Joaquín y Ana llegaron rebosantes de esperanza. No había por qué demorar la despedida. El tramo no era corto y mejor aprovechar la tranquilidad primaveral de la mañana.

Ana impartió las últimas recomendaciones y Joaquín le salió al paso en apoyo a María:

- No es una niña. Y no va sola.



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