EL ANUNCIO - Capitulo III

Joaquín, el padre de María, entró en la casa malhumorado:

- Qué cuento es ese de Isabel, hija!.

Ni siquiera había saludado a José. Para calmar a su suegro, José le tendió la jarra con vino. Joaquín no era precisamente un hombre de temperamento irascible. Al contrario, era un israelita con fuerte dosis de humor. Se pavoneaba ante sus amigos de que su hija era la más bonita en mil lenguas a la redonda. Quizá exageraba, pero no se le podía acusar por ello. Era, además, un israelita atento a la liberación de su pueblo. Los zelotes, por ejemplo, gozaban de más apoyo en sus sentimientos que repulsa. En honor a la verdad, tampoco los bendecía por ciertas acciones. El ojo por ojo y diente por diente predicado desde antiguo tenía ciertas reservas en la sensibilidad de Joaquín. Pero, en principio, defendía el argumento de la defensa: estamos invadidos, debemos liberarnos.

Aquella entrada intempestiva en casa de María causó asombro en José. En María no. María sabía llevarlo. Desde pequeña le había prodigado todos los mimos inevitables y Joaquín todavía ahora no deseaba renunciar a ellos. Bastante renuncia había sido consentirla para formar hogar con José.

- ¿Quién fue ese forastero? -soltó Joaquín, aún sin aceptar la jarra que le tendía José.

- Pues un mensajero, padre.

- Un embustero, querrás decir!.

- Ya mi madre te calentó la cabeza, no?.

- No metas a tu madre en esto. Ni calentura ni cuentos! -cortó Joaquín- Si hubiera sido un mensajero como Dios manda hubiese acudido a mi, para comunicármelo, o a tu madre. Desde cuándo eres la depositaria de los secretos familiares?.

- Eso me suena a celos -se burló María.- Estás rabioso porque soy más popular que tu. No gritas por ahí que soy la más bonita de la comarca?. No se te cae la baba cuando alguien viene y pregunta por el padre de María? Por qué, entonces, ahora te celas?.

Joaquín alargó la mano hasta la jarra que todavía le tendía José. Tomó un buen trago.

- Refréscate, para que se te pase el mal humor -continuó María.

Joaquín la condescendía demasiado, era claro. Entendía a María tan bien como ella a él. Sabía que sus réplicas no estaban encaminadas a enfurecerlo sino a halagarlo. Por eso los arranques de Joaquín, como padre, se calmaban ante la osadía de la hija.

- Es bueno este vino, José. ¿De quién es la cosecha?.

- Del viejo Jacobo. El siempre hace buen vino.

- Porque pisa a las uvas con rabia.

José sonrió. Joaquín se desquitó con José:

- Y tú no lo haces mejor porque no sigues mis consejos. A los jóvenes de ahora no les gusta aprender.

- Pero qué te pasa, padre?

- Que tengo entre ceja y ceja a ese dichoso mensajero. No permitiré que nadie se burle de la familia.

- Otra vez?.

- Y menos de Isabel! Bastante dolor tiene ya haber llegado a la vez con el vientre estéril para que ahora nos vengan con estas!.

María tenía argumento que ofrecerle pero juzgaba que no era el momento más apropiado para revelarlo. Así que optó por callar. Joaquín, al devolver la jarra a José, le preguntó:

- Y tú qué opinas de todo esto?.

- Lo mismo que usted -sentenció José-. Ya le dije a María que no fuera tan crédula con los chismes.

- Si esto no es un chisme!. Esto es una infamia!.

- Tampoco así, padre. Y si fuera cierto? -insistió María.

- Si lo fuera... -tartamudeó Joaquín-. José, dame otro trago, que esta criatura me saca de quicio.

Era la primera claudicación. Por más que se esforzara, nunca podría contra la lógica de María. Había sido así desde pequeña.

- Siempre se sale con la suya? -preguntó José.

- Y qué mujer no se sale siempre con la suya? -atajó Joaquín.

A María no le causó gracia aquella confabulación de los dos hombres y les dedicó un mohín que, a fuer de aparentar despreciativo, dibujó un encanto de niña traviesa.

Joaquín torció el hilo de la conversación. No deseaba un enfado de su niña, así fuera por unas horas. Tomó la jarra de la repisa y sorbió otro trago.

- Han vuelto los zelotes -dijo.

- Cada vez se ponen más duros -intervino José-. Y no se si eso nos traerá algo bueno.

- Luchar contra la opresión extranjera siempre trae algo bueno.

- A la larga, puedo; pero a la corta... No es la primera vez que, para escarmiento, arrasan los soldados con nuestros sembradíos.

- Es un precio que hay que pagar.

- Pero quienes siempre salen malparados son los que menos culpa tienen. Para los ricos, ni con los romanos se da el hambre. Somos los pobres quienes padecemos las consecuencias.

Era cierto. Joaquín lo sabía, aunque no quisiera dar su brazo a torcer. Recordó una vez más los sacrificios que tuvo que soportar el pueblo durante su larga marcha por el desierto:

- Y eso que en aquel momento gozaban de un guía directamente enviado por el Altísimo: Moisés.

- Es lo que yo digo. Qué líder tenemos hoy día?. Ni siquiera los zelotes nos han podido brindar un hombre a quien seguir. Tenemos un nacionalismo a flor de piel, pero un poco anárquico. Nos falta el líder. Hay algún Sumo Sacerdote líder?. Hay algún profeta que dirija?. Hay algún escriba que haga valer las leyes? Hay algún fariseo que no se ocupe de otra cosa que no sea su fortuna?. Si me permite, Joaquín, voy a decirle una cosa: todos ellos viven de maravilla con los romanos. Que sí. A los sacerdotes no les estorban. Con las leyes no se meten. Los fariseos pagan diezmos por una parte, pero se ocupan de redoblan las ganancias por la otra. Para qué oponerse, entonces, a los romanos. Con oponerse de palabra es suficiente para ellos. Y los romanos se lo consienten. Saben que se trata de un desahogo que los beneficia. En el fondo entre ellos se llevan muy bien.

- Por eso insisto en la necesidad de los zelotes -se afianzó Joaquín.

- Los zelotes carecen de fuerza suficiente. Y para los romanos son la mejor excusa para apretar la tuerca cuando llega la ocasión. Joaquín, somos nosotros los que estamos mal. Somos nosotros quienes necesitamos de una urgente salvación. De los romanos, claro que sí; pero también de la inconsistencia de nuestros gobernantes. Eso es lo que yo pienso.

En el fondo estaban de acuerdo. El sentimiento de liberación que afloraba en el alma de los pobres de Israel, aunque muy bien manipulado contra el extranjero, no andaba desprovisto del ansia de una liberación de las estructuras internas de Israel. Para las autoridades resultaba fructífero seguir manteniendo, un tanto demagógicamente, ese sentimiento nacionalista. Los problemas internos quedaban minimizados. Mientras el pueblo tuviera a un extraño al quien odiar, y con razón, no encaminaría sus miras contra los desafueros de sus propios gobernantes.

A su manera seguían funcionando las dos concepciones en torno a la justicia: la primera, la más antigua, la proclamada en los primeros libros de la Escritura, una justicia teñida de venganza contra los enemigos de Israel; y la segunda, la profética, la que los paladines y despertadores de la conciencia del pueblo habían predicado: la justicia está en función de la bondad o de la maldad del ser humano, no de la pertenencia de éste a un clan u otro. Yo soy Yahvé, que hago misericordia, derecho y justicia sobre la tierra., había gritado Jeremías. Y más claramente Isaías: Saldrá un vástago del trono de Jesé, que no juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra.

Acaso se han acabado los pobres en Israel?. Han desaparecido los anawin? Quiénes son la causa de que la injusticia siga prosperando entre el pueblo: los romanos o los dirigentes israelitas?. José lo tenía muy claro, por eso en las discusiones que proliferaban a raíz de las escaramuzas de los zelotes, José intervenía con cautela. Una cosa es no odiar a los romanos y otra responsabilizarlos de todos los males. Para José, los zelotes continuaban siendo el mejor argumento de las autoridades, también de las religiosas, para mantener al pueblo en su agonía. Mientras los zelotes existiesen, había argumentos para canalizar el odio. El Mesías verdadero, según la apreciación de José, habría de enderezar todos los entuertos, comenzando por poner orden en la propia casa.

María también era de este parecer. No es que no le simpatizaran los zelotes: ningún israelita, aún en lo más profundo de su sentimiento, dejaba de aplaudirlos. Pero intuía que el mal que padecían los humildes no podía ser achacado en todo su furor a los romanos. De esto había platicado en repetidas oportunidades con José. También con su padre. Aunque Joaquín, cuando carecía de argumentos sólidos para contestarle, la reprendía: Esas no son conversaciones de mujeres. Además, doctores tiene la ley que saben responder.

Evidentemente, la ley tenía sus doctores. De lo que no estaba muy segura María, más por intuición que por verdadero conocimiento, era de que tales doctores interpretaran la ley en función de las necesidades del pobre.

- Además, en este pueblo, la gente es demasiado altiva, demasiado camorrera. Ya lo dicen por ahí: ¿qué bueno puede salir de Nazaret?.

Un juicio que no complacía a Joaquín, su padre. Si había que ser nacionalista y luchar contra el extranjero, igualmente había que ser defensor de la propia aldea. Joaquín insistía en que los nazarenos no eran diferentes a los otros aldeanos. Y si es cierto que en repetidas ocasiones los zagaletones de la alea habían tenido pleitos con compañeros de otros entornos cercanos, era por lo que ya se sabía. Cuestión de mujeres.

La fama de camorreros les venía desde antiguo, quizá desde aquel incidente en que los nazarenos apedrearon hasta matarlo a un muchacho de Cafarnaún. Joaquín recuerda el incidente por haberlo oído de labios de su padre. En definitiva, los nazarenos creían haber impartido justicia por su propia mano siguiendo el consejo viejo del ojo por ojo y diente por diente.

Fue cuando Nazarías, el de Cafarnaún, dejó embarazada a la hija de Azael, aquella muchacha de ojos café y piernas de gacela, para la que los límites de Nazaret quedaban estrechos.

La hija de Azael se había ganado fama de vender en Cafarnaún algo más que los frutos del campo. Sus idas y venidas a la ciudad sembraban todo tipo de comentario. Los mismos nazarenos no la miraban con buenos ojos. La muchacha, por lo mismo, y a la vez que hacía sus reiteradas visitas a Cafarnaún, distanciaba más su estancia en Nazaret. Cuando regresaba se pavoneaba de sus ajorcas y zarcillos, de sus vestidos de seda, de sus cascabeles. Pero no lo hacía tanto por exhibición cuanto por demostrar que en Nazaret las mujeres son doblemente bellas si saben cuidar sus encantos. El rumor se iba por el camino inevitable: ¿De dónde saca la hija de Azael para vestirse como se viste?. Y la imaginación proporcionaba la respuesta que ya se sabe.

En reunión secreta, cuyos integrantes en principio se negaron a identificarse, se tomó la siguiente decisión: cuando alguno de ellos se acercara hasta Cafarnaún, debería frecuentar los lupanares, con el fin de certificar in situ la creciente sospecha del trabajo de la joven nazarena. Lo hicieron. Ninguno de ellos confirmó la sospecha. Pero, a la vez, creció en todos una sospecha mayor: que aquel que la hubiera precisado guardaba el secreto con el fin de que nadie le robara el premio que había ganado por su insistencia.

Un día la hija de Azael llegó de Cafarnaún sin los afeites de costumbre. La reacción en Nazaret fue de desencanto. Por primera vez se percataron los nazarenos de que, en el fondo, querían a una muchacha desenvuelta en Cafarnaún. La causa de la desafortunada aparición de la joven en Nazaret la desveló su padre. Luego de que, tras el vino que ingirió como calmante contra el disgusto, hizo público el secretó.

Tres días y tres noches pasó Azael gritando por las calles de la aldea, con su calabaza devino colgada al hombro y trastabillando por las calles empinadas, proclamando su desventura: Los de Cafarnaún me las pagarán, han violentado a mi hija.

La muchacha llevaba ya meses avanzados. Prefirió pasar su vergüenza en el pueblo antes de verse obligada a penar en Cafarnaún los sinsabores del parto en completa soledad. Se encerró en la casa. Unicamente el pueblo conoció la verdad por la proclamada venganza que durante tres días y tres noches proclamó Azael, urgido por el vino.

Es obvio que muchos condenaron el proceder de la muchacho. Sobre todo las mujeres. Pero también es cierto que el dolor proclamado sin tapujos por el viejo Azael acumuló adeptos. Y los primeros fueron aquellos ancianos que meses antes habían recorrido los lupanares para conseguirla in fraganti. Ellos, como muestra de apoyo al viejo Azael, le susurraron: no te preocupes, de esto nos encargamos nosotros.

Se encargaron, efectivamente, de adoctrinar a los más jóvenes. Les dijeron que si no tomaban venganza, ninguna muchacha de Nazaret podría presumir, ante los de Cafarnaún, de mujer decente: creerán que Nazaret no es una aldea digna sino un nido de prostitutas.

Semejante argumento convenció a los jóvenes. Unos pusieron los ojos en sus hermanas. Otros en sus prometidas. Todos en sí mismos, para llegar a la conclusión inevitable: quien deshonró a la hija de Azael será apedreado, como si se tratara de un adúltero. Estaban interpretando las Escrituras a su manera, pero lo estaban haciendo conscientes de que se trataba de la mejor solución para su propia supervivencia.

Tuvieron que romper el silencio impuesto voluntariamente por la joven. La muchacha intuía que la venganza no iba a proporcionarle buenos resultados y, en el fondo, ella no deseaba la venganza. Su padre la presionaba:

- Por qué te empeñas en ocultar a quien te hizo lo que te hizo?.

La joven prefería el silencio:

- Es que acaso eres cómplice de la deshonra?.

La muchacha, luego de aguantar el mismo argumento, repetido día y noche, explotó:

- Lo que me pasa no hubiera sucedido si yo un hubiese puesto mi cuerpo. Si el hombre es como es, es porque la mujer se lo permite. Así que, padre, déjame penar mi culpa y dirija su venganza hacia otro lugar. Ya bastante tengo con lo que tengo.

Azael no podía aceptar semejante desafío. Zarandeó a su hija y juró exponerla al escarnio público, expulsarla de la casa y borrar su nombre de la genealogía:

- Peor que si no hubieses nacido.

Antes de hacer pública su determinación, Azael decidió consultarla con los ancianos. Lo hizo aquella tarde, a la salida de la sinagoga, y luego de haber escuchado el comentario de la lectura de los versos de los Provervios:

El hijo sabio es la alegría de su padre,
El hijo necio entristece a su madre.
Tesoros mal adquiridos no aprovechan,
Mas la justicia libra de la muerte.
Yahvé no permite que el justo pase hambre
Pero rechaza la codicia de los malos.
Mano indolente empobrece
Mano diligente enriquece.
- Ya que se niega a revelar al culpable, tomaré yo la justicia contra ella: Fosa profunda la boca de la prostituta.

- Qué insinúas, Azael? -preguntó el más viejo de los ancianos.

- Que ella se niega a revelar al culpable.

- No ha de negarse -aseguró el anciano.

- No la conoces bien. Es terca como una mula.

- Cederá.

- Para mí que no. Y si no cede, lo que propongo es: fuera de la casa de sus padres, fuera su nombre de mi extirpe para que la descendencia no tenga machas en sus ojos.

- Siempre es malo precipitarse, Azael.

- No hay otra solución para un corazón desgarrado.

- Déjala de nuestras manos -insisitió el más joven de los ancianos-. Verás cómo confiesa.

- Que el Altísimo te oiga.

El Altísimo lo escuchó.

Los ancianos se las ingeniaron, con presiones de toda índole, para que la muchacha revelara al culpable. Sólo que su triunfo se tornó comprometido al conocerlo.

- Es el hijo del Sumo Sacerdote?.

- El mismo. Ya están satisfechos?. Interpreten ahora las Escrituras y obren en consecuencia -desafió la joven.

Los ancianos se llevaron las manos a la cabeza, rascándose, todas las ideas y temores que tal revelación estaba pariendo. Al anciano más viejo se le ocurrió dejar todo tal cual, y que fuera Azael quien tomara la venganza si esta seguía siendo su decisión. El anciano más joven, en cambio, reconfirmó la sentencia:

- Es reo de venganza.

El anciano más viejo terminó recapitulando:

- A los nazarenos nunca nos han asustado reyes ni sacerdotes, y si hay que voltear profetas verdaderos en falsos, los volteamos. Que se haga según se había pensado.

Fue la sentencia. Solamente había que esperar el momento y el lugar apropiado. Y eso lo dejaron ya a discreción de los zagaletones. En definitiva, era en ellos donde estaba la fuerza de la venganza para lanzar piedra sobre el cuerpo.

Fueron adoctrinados sin mayores contratiempos. Los jóvenes de Nazaret se sentían ufanos por haber sido los designados para hacer cumplir la sentencia. De ahora en adelante tanto en Cafarnaún como en Betulia, Séforis, Caná, Acco e inclusive más allá de estas cercanas fronteras, sabrían de qué talante seran los nazarenos.. fama que, presumían, se 3xtendería hasta el Medio Oriente, Egipto, Siria... Los traficantes de sedas, perfumes, ajorcas, tapices, alfombras, esencias y demás, llevaban el rumor de uno a otro confín después de haber gozado el reposo de Cafarnaún. Se cuidarían, inclusive, de solicitar, en los lupanares, jóvenes nazarenas.

Al principio, y cuando se enteraron de que el autor del desaguisado contra la joven aldeana era nada menos que el hijo del Sumo Sacerdote, se asustaron. Pusieron en entredicho su hombría. Fueron nuevamente los ancianos quienes, recurriendo al argumento del honor y el patriotismo aldeano, convencieron a los zagaletones de la necesidad de hacer justicia:

- Se van a asustar ahora del hijo de un rabino? Si nosotoros tuviéramos la edad de ustedes, no necesitábamos contar con vosotros. Los hombres no son mejores o peores por ser hijos de sacerdotes sino que han de medirse por sus obras; el refrán lo dice: por sus obras los conoceréis.

El agujón había profundizado en el sentimiento de los jóvenes. Sin razonar más el asunto, juraron venganza:

- En Cafarnaún sabrán de qué somos capaces los nazarenos.

Era imprescindible emprender viaje. Por lo mismo, tenían que cuidarse de manifestar sus intenciones, sobre todo al paso por Cafarnaún y por Magdala. No era cuestión de una jornada.

Cafarnaún siempre lucía atractica para un nazareno, como cualuqier ciudad a orillas del mar lo es para un aldeano de montaña: Cafarnaún, Magdala, Tiberíades...

El hombre y la mujer de mar tienen otro temperamento. Incluso en lo físico se diferencia del refugiado en la montaña. El habitando junto al mar es desprejuiciado. Y más orgulloso. El mar abre un horizonte nuevo, aunque es cierto que el Mar de galilea, lago al fin y al cabo, se estrellaba rápidamente con las costas de Betsaida y de Hippos. Un mar, por otra parte, al que cada ribereño quería hacerlo suyo. Así, era o Lago de Tiberiades o Lago de genesaret. Llamarlo Mar de galilea era como darle pertenencia a los aldeanos de Caná, de Naín, de Tabor o de Nazaret, para quienes sus aguas no regaban sus linderos. Sin embargo, los nazarenos se ufanaban de estar más cercanos al verdadero mar, el Mediterráneo. Vana gloria. En realidad Nazaret está a mita de camino entre el Mediterráneo y el Mar de Galilea. Por lo tanto, ni lo uno ni lo otro.

No era conveniente que se desplazaran muchos. Era preferible no levantar sospechas. Optaron por seleccionar a los cinco más decididos. No resultó fácil: dado el estado de efervescencia colectiva cada quien intentaba lucir sus mejores dotes. Quien o estaba agraciado con la fuerza física, exaltaba su picardía, su capacidad para incordiar, su destreza y puntería a la hora de lanzar la piedra. Y salía a relucir como un argumento contundente el pleito entre David y Goliat. Otro puso en evidencia su táctica para planificar emboscadas. Aseguró que en varias ocasiones había tenido contacto con zelotes y que, a buen seguro, luego del incidente que deberían protagonizar en Cafarnaún toda su furia la encaminaría hacia la montaña:

- No será raro que tengamos que huir, y qué otro recurso nos queda para ponerse a bien con todos los nazarenos que hacernos célebres como zelotes?. Cualquier pecado puede lavarse con sangre romana.

Los ancianos decidieron compaginar un equipo surtido, en el que se uniera fuerza y destreza, incluyendo a un buen corredor para que, en caso de emergencia, pudiera, gracias a su velocidad, escapar de Cafarnaún y traer la noticia, pronta y oportunamente, asta Nazaret. Si había que hacer el quite, todo el pueblo lo haría.

Semejante planificación de nada sirvió. Es realidad, el atentado salió mejor de lo previsto. Luego de unos días de tanteo en Cafarnaún, y de haber soportado más de una mofa, los muchachos nazarenos lograron hacer amistad con el joven hijo del sacerdote, quien llegó a ofrecerles comida en caso de que les escaseara el dinero. También quiso ofrecer sus buenos oficios para buscarles trabajo en el puerto.

Se rieron con él cuando les habló de las bondades de las doncellas de la región, sobre todo de las de Magdala, asegurando que eran las preferidas de los comerciantes sirios y egipcios, los cuales utilizaban, en sus desplazamientos, a Cafarnaún como ciudad de paso. También ciudad de descanso y jolgorio.

- Tal así que muchos se desvían hasta Magdala para envidiar a las doncellas con sus sedas y perfumes a cambio de un rato de entretenimiento -confesó el joven Nazarías.

No cayó en la trampa. Nada comentó sobre la hija de Azael. Ellos tampoco mostraron especial interés, cortando así de raíz la posibilidad de que el muchacho sospechara sus intenciones. No obstante se brindó a darles algunos datos sobre las prostitutas de Cafarnaún. Incluso les sugirió que una forma envidiable de fornicar era haciéndolo en el interior de una barca, de esas que reposan pr la noche sobre la tranquilidad vaiveneante del lago:

- Eso sí -les advirtió-. Cuidado con los pescadores. No hay hombre más celoso y más vengativo en cien millas a la redonda que un pescador de Cafarnaún.

Los cinco nazarenos se miraron furtivamente. Era otro desafío más. Para vengar la doncellez de sus hembras no había parangón con los nazarenos. Precisamente para eso estaban ellos allí.

Quedó claro el día que Naarías apareció tendido sobre una barca, flotando sobre el lago Genesaret, con el cuerpo negro-azulado y con una mueca eterna y de muerte pegada a los labios. Los jóvenes nazarenos habían cambiado la táctica del apedreamiento por la del ahogo. Ello se debió, entre otras razones, al deslumbramiento que les causó el lago y a la unión que este mar de Galilea tenía con el mar Muerto. Además, aparentaría como un escarmiento para todos los ribereños.

Aunque las sospechas recayeron sobre los forasteros, dada la conexión que tuvieron en los última días con el hijo del sacerdote, y dada igualmente la rapidez en la fuga, durante algún tiempo no se pudo determinar. Tampoco el móvil. Aparentaba una muerte misteriosa. En honor a la verdad, más de uno en Cafarnaún se alegró de ello. El hijo del sacerdote había acumulado fama de pendenciero y presumido. Ostentaba su linaje como un argumento de superioridad y realizaba cuanto desafuero le venía en gana.

Hubo consternación. El sacerdote elevó preces al Altísimo y oró conforme a la ley vigente del diente por diente y ojo por ojo. En balde intentaron consolarlo. Se refugió en el templo durante dos semanas y castigó su cuerpo con ayunos, saco y ceniza para que Yahvé redoblara el castigo contra los culpables.

Su hijo primogénito había sucumbido a merced de esa plaga que no había llegado precisamente desde Egipto sino desde Nazaret.

Luego del ayuno se puso en contacto con el destacamento romano, instando a los soldados para ayudarle a ejercer justicia. No resultó el intento. Los romanos argumentaron que no deseaban meterse en asuntos privados del pueblo judío y menos para aplicar leyes que no eran de su incumbencia. En vano se esforzó el sacerdote acusando a los asesinos como agentes de los zelotes. Los romanos, que no se veían en nada afectados por este incidente, pensaban que aquel crimen tenía todos los tintes de estar envuelto en cosas de hembras. El sacerdote, ante el fracaso y la subsiguiente humillación, juró en el templo vengarse también de los romanos, dando todo el apoyo que estuviera de su parte para azuzar a los zelotes.

En Nazaret, en cambio, la euforia era desbordante. El viejo Azael volvió a salir a la calle con porte de triunfo. Los autores del crimen exhibían su liderazgo. Tal así que las doncellas, envidiosas, quisieron desplazar cada una de ellas a la joven causante de semejante alboroto. Aunque el viejo Azael perdonó los desmanes de su hija, la instó a lucir su barriga por las titubeantes calles nazarenas. Ella, en cambio, no dio muestras de euforia. Parecía, incluso, que la asesinada había sido ella. Se negó a salir de la casa y se pasaba horas y horas protegiendo su barriga como si alguien se empeñara en robarle lo que escondía dentro.

Pensó huir. Pensó, también, en retornar a Cafarnaún y presentarse ante el sacerdote para donarle, a cambio del hijo muerto, el retoño que ya daba muestras abundantes de vida en su barriga. Pensó igualmente emular la historia de Moisés: dejar al niño, cuando naciera, sobre una canastilla, embreada, en algún recodo del lago de Tiberiades, para que una dama caritativa lo adoptara. Siempre el Altísimo se apiada de los indefensos. Quién sabía si aquel niño engendrado como signo de perdición llegara algún día a ser el mejor de los zelotes, la fuerza esperada en Israel, la solución del Altísimo para enderezar los renglones torcidos de la la historia que habían escrito los hombres. Miles de ocurrencias brincaban en su imaginación atormentada. De una cosa estaba completamente segura: cuando naciera la criatura llevaría por nombre Nazarías: era su venganza contra los nazarenos, sus paisanos, y era su fórmula para que el niño algún día se vengara contra los asesinos de su padre.

La noticia, como un relámpago, estremeció aldeas y caseríos. Los pescadores de Cafarnaún revisaban todas las madrugadas sus barcas por temor a encontrar algún cadáver. Los trashumantes sirios y fenicios guardaron abstinencia carnal a su paso por Cafarnaún. Las prostitutas de Magdala condenaron mil veces a los nazarenos, causantes de su bancarrota. Las madres del contorno alertaban a sus hijas, y los padres a los muchachos, para que se cuidaran de nazarenos y nazarenas. Los predicadores de las sinagogas ojeaban las Escrituras buscando versículos de condena. De Naín surgió un profeta, vestido de alpargatas y pelo de camello, anunciando la perdición de los nazarenos. Algunos clarividentes detectaron al río Jordán bañado en sangre, igual que aquella de las plagas de Egipto: corría desde el mar de Galilea hasta el mar Muerto. Tardaron tiempo en degustar pescado ribereño los habitantes de Cafarnaún, Magdala, Tioberíades, Hippos y Betsaida. Un maldición recorría la comarca. Todas las malas intenciones se posaban sobre Nazaret. Únicamente los nazarenos seguían ufanándose en su idílica venganza. Pero les quedó el estigma: jamás de Nazaret podrá salir algo bueno.



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