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EL ANUNCIO - Capitulo I
El día ha amanecido con esa claridad de luz que proyecta la primavera. Los pájaros alborotados. Los animales, en los cobertizos. Las gentes en la aldea. Los campesinos desean alargar el día y se disponen a emprender la jornada de trabajo con el entusiasmo propio de la costumbre. En las ventanas de las casas, fluyendo de los tiestos, las flores colorean las encaladas paredes. Mujeres de todas las edades van y vienen por las calles, camino del pozo de donde se surten de agua para sus quehaceres. Llevan cántaros y ánforas en las caderas y sobre las cabezas. Se saludan con la sonrisa cotidiana. A pesar de la natural euforia un halo de tristeza se escapa de sus miradas; luego la tristeza se manifiesta en la conversación. Las noticias corres más que la noche Y esta noticia ha llegado para perturbar el entusiasmo. - Otra vez los romanos. - Dicen que ha sido una escaramuza muy bien planificada por los nuestros. - La truncada esperanza de siempre. Jamás podremos contra ellos. Son numerosos y sus armas de largo alcance. - Ahora vendrá la venganza. Sólo falta que comiencen a invadir las aldeas. Cada vez que se produce una escaramuza, y sobre todo si ha caído un romano, arrasan buscando a los culpables. Quien siempre sale perdiendo es el pueblo. En más de una ocasión han arrestado a nuestros muchachos, acusándolos de sediciosos. - Cierto. - Penamos los que no tenemos culpa. - Siempre pasa. Del dolor nace el miedo, del miedo el dolor. Un círculo. Del negro al blanco. Del blanco al negro. No hay término medio. La tranquilidad puede ser de dos signos: no atacar a los romanos para que no se venguen, o atacarlos para que tampoco ellos tengan tranquilidad. La primavera, en cambio, parece contraria a las violencias. El campo luce con diferentes tonos: verdes más claros, verdes de junto al manantial, verdes de recién nacimiento; otros más intensos: verdes de árboles frutales o verdes de pastos en las laderas. Pero verde oscuro, ninguno; nada que se asemeje a diagnosticar una primavera con signos de violencia. Las mujeres riegan los geranios y los rosales. Las mujeres están de vuelta del ordeño de ovejas y cabras. Cuecen la leche para preparar el desayuno a los muchachos. Tienden la ropa para que el sol, que ya va empinándose desde el horizonte, blanquee pañales y sábanas. Recuerdan sus pesares. Intentan refugiarse en los mejores sueños que les ha regalado la noche. Las más jóvenes, muchachas, esas que todavía esperan el día anhelado de las nupcias, han robado tiempo a la mañana para acercarse al lugar por donde pasará su prometido. Luego de la sonrisa, los han aconsejado: - Ten cuidado. Los romanos merodean. - Mejor que no salgas hoy al campo; pueden venir reclutando a quien se les antoje, como siempre. Los mozos restan dramatismo a los consejos, y no porque no le teman a los romanos sino porque desean lucir decididos ante sus prometidas. Saben que puede ocurrir. Saben, igualmente, que la vida tiene que seguir su ritmo y que no es lógico cortarlo porque los romanos merodeen. Hay jóvenes a quien es se les crispan los pelos cuando los romanos se acercan. A veces sueñan con irse al monte, como los sIcarios. Y algunos lo han hecho. Para otros, en cambio, los romanos continúan lejos. Se dejan vencer por el amor a corto plazo. Si hay que imponerse al invasor lo harán cuando llegue el momento. Para qué adelantar ese momento si lo que hasta ahora se ha logrado no ha sido más que dar argumentos a los romanos para intensificar la represión?. - Eso no es con nosotros. Allá quienes los azuzan. Y siempre, en Nazaret igual que en otras aldeas, prosperan las discusiones por causa de las escaramuzas. - A nosotros nos basta con nuestro trabajo. Para qué queremos una libertad llena de sangre?. El campo nos proporciona lo necesario. Es aquí donde nos ha tocado vivir, cuidando a las mujeres y a los muchachos. Los romanos están en Jerusalén, pues que se entiendan con ellos los de Jerusalén. Hay miedo. Hay rabia. Hay desencanto. Cincuenta años llevan los romanos imponiendo su ley. Antes lo habían hecho los asirios. También los babilonios. El sino del pueblo de Israel parecía la sumisión. La tierra donde mana leche y miel no ha podido ser conseguida. Hablarían sus antepasados solamente en metáforas?. Habría que continuar creyendo a los profetas tal cual, o sería necesario escudriñar las profecías?. Era Yahvé quien hablaba o eran simplemente poetas que divagaban?.
La historia se cansa también de pelear. Comparados con asirios y babilonios, los romanos no lucen tan sanguinarios. Eso sí, si se les provoca, arremeten. Muchos judíos recuerdan las Escrituras. Han oído al rabino en la sinagoga citar a Daniel: “Dios hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo”.
Mentira!. Han ido desfilando pueblos y pueblos invasores sin dejar respirar al pueblo de Dios. Para contrarrestar esta desilusión, Habacuc tuvo que alertar:
Para qué, entonces, continuar retorciendo la historia? Que sea Yahvé quien haga sonar el cuerno, quien cite a la hora y en el lugar oportuno, quien, sin equívocos ni fantasías, demuestre que ahora sí. Han circulado por la historia profetas buenos y profetas falsos. Ya no se sabe por cual de ellos dejó Yahvé escuchar su voz. Se prolonga, demasiado, el tiempo de la espera. La desilusión crece. El desánimo invade a muchos. Dejar que la vida vaya transcurriendo sin complicaciones es la mejor lógica. Los zelotes son necesarios, aunque no parezca la solución. - Crees, José, que ha llegado el tiempo del Mesías?. Josué se lo ha preguntado sin esperar respuesta segura. José no asentó el martillo sobre el clavo ya ajustado. Se secó ese sudor inicial que brota del trabajo duro. Era una pregunta o era un desafío?. José cree en el Mesías, igual que cualquier israelita. Pero nadie sabe el día ni la hora. Jesé habló de un palo seco que florecería. Es tiempo de primavera y el campo esparce retoños por doquier. Cuál de esos retoños procede de un palo seco?. Acaso de una de esas tablas que ahora está apuntalando José para que meses después, cuando aparezcan las heladas y los fríos, el ganado no las sufra con tanto rigor?. María también piensa en los romanos. No los ha visto de cerca. Nunca. Pero no los desconoce. Su padre le ha hablado de ellos. También del Mesías que ha de venir a restaurar el reino. También de los zelotes. Joaquín, su padre, no parece muy de acuerdo con la opinión generalizada en torno al Mesías. Y menos con los zelotes. No es que le caigan mal esos guerrilleros, con tesón inquebrantable para oponerse al romano invasor. Simplemente espera del Mesías algo más que una mera liberación política y económica. María lo ha discutido en algunas ocasiones con muchachas de su edad, pero tampoco se ponen de acuerdo. Para qué un Mesías que no restablezca todo de una vez?. - María, de verdad piensas que nosotras nunca podremos lucir las ajorcas como las lucen las muchachas de Jerusalén?. - Nosotras somos pobres - replica María. - Pues el Mesías logrará que dejemos de serlo. Ese era el deseo. Esa la esperanza. - Nuestro libertador será el rey que no tenemos. Como David. De su descendencia llegará. Nos traerá la paz. No habrá que pagar impuestos a los romanos. Trabajaremos para nosotros mismos. Seremos un pueblo grande y poderoso. Ya lo aseguraron los profetas. Y cuando el Mesías llegue, ni sirios ni babilonios ni romanos podrán con nosotros. Nuestro ejército será grande. No habrá tampoco necesidad de zelotes. María le daba vueltas a todos estos pareceres mientras se disponía a preparar un poco de masa para que, al menos en la casa, no falte el pan. Desde pequeña la han enseñado a usar el cedazo, a cernir la harina, a calcular el agua, la sal y la levadura, a amasar, a dejar la masa para que hielde. Piensa también en José y en Josué: Algo le dará. José hace bien los trabajos. Pero como siempre fía... Mira que se lo digo: José, eres demasiado buena gente. Hablas de los romanos, que nos explotan, y tú te dejas engatusar por los del pueblo. No rebajes el cobro de tu trabajo. Parece que te tiembla la voz cuando tienes que pedir lo tuyo...” No es un reproche. Así le gusta que sea José. Sabe que también a ella le temblaría la voz por lo mismo. Cuántas veces ha prestado comida sin esperar que se la devuelvan?. También a ellos, en los momentos de necesidad, le dan leche y requesón y trozos de queso, y lo que haga falta. “Que en esto sí nos distinguimos los del pueblo de los de la ciudad”. José lleva días pensando comprar un par de ovejas. Por las tardes, mientras arregla arados o cepilla tablas para insertar en puertas, María podría salir con las ovejas al campo. La primavera exhibe su mejor tiempo y ahora que se ve todo verde, florecido, hasta puede ser un respiro sentarse junto a una ladera mientras las ovejas pastan. Tendría tiempo de inventarse poemas, un secreto que ni a José le ha revelado. Cuando reza, la oración le sale como en verso, sin proponérselo. Y a ella le gusta. No son muchos los ahorros que tienen. María no pudo contener la tentación de bajar de la alacena el cuenco de barro donde depositan los ahorros. Cuenta. Definitivamente no llegan. Ni siquiera con lo que le pague Josué habrá suficiente. Así que, por ahora, tendrán que continuar alimentándose de la leche comprada en la posada. Las cavilaciones de María se vieron interrumpidas por el pequeño Nicanor. - María. - Ahora estoy ocupada, Nicanor. Ya les hablaré más tarde sobre el Mesías. Continúen jugando. - No es eso, María. Un señor pregunta por ti. - Si es para asuntos de carpintería, dile que busque a José en casa de Josué. - Dice que es contigo con quien desea hablar. - Y quién es?. - Un forastero. María se enjuagó las manos en el agua de la jofaina. Las tenía pegajosas de masa. Se las limpió en el delantal y se encaminó hacia la puerta. Era un joven apuesto y María se turbó. - Salve. - Salve. - No temas, María. - Mi esposo está fuera, en casa de Josué. El joven sonrió. Sin adelantar un paso trató de tranquilizarla. - No temas. Nuestro Dios está contigo. Fuera el día había avanzado en luz y colorido. Las aves gozaban su primavera retozando de rama en rama. Los chiquillos, luego de observar con detenimiento, curiosidad y asombro al forastero reanudaron sus juegos. - Si fuera romano vendría vestido de soldado, y a caballo. - Y con espada. Y se olvidaron de él. María ofreció agua al forastero. - No es caluroso el día –dijo él. También le ofreció leche: - Bueno, leche sí. María no acertaba a entender aquella extraña visita. Tendió un asiento al visitante. Lo observó mientras se tomaba la leche en el cuenco de barro. - Déjame que me presente: mi nombre es Gabriel. No era aclarar mucho. Repasó a sus familiares, y como si hubiera descubierto el truco, María dijo: - Ah, vienes de parte de mi prima Isabel. El forastero sonrió de nuevo. Negó levemente con la cabeza. Por vez primera María cayó en cuenta de la mirada del joven: lucía de un azul extraño, atrayente, digno. Si en principio María sintió reparo, ahora, ya descubierta la claridad azulada de la mirada, desapareció por completo. Por su cuerpo relampagueó un halo de alivio, algo parecido a aquel atardecer en el que le dijo sí a José. - Soy un mensajero, María. No podía tratarse de un mensajero con malos augurios. Los repartidores de malas noticias tienen otro aspecto, se presentan de otra manera, con una luz en los ojos más desigual. Quién sabe si el buen hacer carpintero de José había llegado hasta Jerusalén y alguien envió al joven para proponerle trabajo... Si, por el contrario, no es un mensaje para José, quién puede enviarle un recado a ella?. El joven seguramente se habría informado en el pueblo y le habrían dicho que ambos, María y José, eran inseparables. La táctica, entonces, consistía en convencer a la mujer para que ella convenciera al hombre. “Estos de la capital saben mucho”, pensó María. Y como la cristalina mirada del joven le había infundido confianza, María se adelantó: - No seré yo quien presione a José. El joven Gabriel sonrió nuevamente. Otra vez le dijo que la cosa iba con ella. - Alégrate tú. El Señor nuestro Dios está contigo. En lo que haces, Dios vela por ti. María... has sido la favorecida. - Todo nuestro pueblo es el favorecido de Dios –insistió María. - Pero tu eres la Amada. María agachó la mirada. La respuesta del joven la sumió en un mar de confusión. Como si el día se hubiera nublado. Como si la pujante primavera hubiese dado paso a un otoño lóbrego, amenazador. Un temblor frío recorrió su cuerpo. Gabriel intuyó la confusión de ella. Habló para retornar a la normalidad aquel joven cuerpo de mujer sin mancha. - No temas, María. De verdad, no temas. Has encontrado el favor de Dios. - El favor de Dios –musitó ella–. - Vas a quedar embarazada. - Si?. María se llevó las manos al vientre. Sintió como si ya, de verdad, lo estuviera. El frío de antes se tornó un calorcillo suave, secreto, como de brisa distinta El joven de mirada azul continuó con su mensaje: - A ese niño le pondrás por nombre Jesús. - Jesús!. - Será grande. Terminarán reconociéndolo como Hijo del Altísimo. Nuestro Dios le dará el trono de David, ya que es su antepasado. Y reinará sobre el pueblo de Jacob por siempre, porque su reino no terminará jamás. María continuaba adornando su vientre con las manos. Recordó un poema de verdad, tan bello que no se atrevió a cantarlo delante del joven: “Voy a tener un hijo”, decía el estribillo, un estribillo que se repetía una y otra vez, como se repitan las buenas noticias, una y otra vez, para que no se escapen, una y otra vez, para que suenen a lo que son: buenas. El joven Gabriel la observaba ciertamente llena, llena de todo, llena de gracia. El griterío de los chiquillos pegaba bien con el anuncio. Una gallina, de las que picoteaban fuera, irrumpió con escándalo en la estancia. Sirvió el alboroto para que María despertara de su ensueño materno y cayera en cuenta de la realidad. Si el anuncio del joven de los ojos azules era verídico, si aquel calorcillo fantástico que le recorría el vientre no estaba fuera de tono, cómo podría ser eso si no conocía varón?. Y la intranquilidad la empujó hacia donde estaba José. Las nupcias no habían sido consumadas, de ahí que todo se tornara de pronto en una pesadilla. Por un momento le pareció que la mirada azul del joven no era transparente y que su mensaje no podía provenir de Dios sino del maligno. Ya había ocurrido al principio, cuando el Ángel de Luz tentó a los primeros padres: seréis como dioses. No hay más que morder la manzana. Cómo una simple manzana puede cambiar el sino de la historia?. Se había quebrantado la ley, la más elemental, la primera, aquella que pone a Dios por encima de todo. El maligno, una vez que se reveló, había formado un ejército de lacayos para difundir la mentira, revistiéndola de verdad. Es un truco que le ha venido funcionando. Desde entonces, los mensajes llegados de lo Alto se cruzaban con la zancadilla de Luz Bel, y éste continuaba maquillando con su belleza la mentira, haciendo que los caminos rectos de Dios se retorcieran, convirtiéndose en laberintos. Sobre todo para los humildes. María retiró sus manos del vientre temiendo haber cedido a la tentación. Pero, por qué. No era mujer como cualquiera de sus amigas, y no recaía en todas ellas el don de la maternidad?. No llevaban todas las mujeres de Israel por delante esa promesa fecunda de que de una de ellas nacería el Mesías?. Claro que era una pretensión demasiado osada. Pero había sido Yahvé quien les donó la promesa. Claro, no todas las mujeres israelitas habían sido agraciadas con el don de la maternidad. Ahí estaba su parienta Isabel, a quien se le ha pasado la hora de la fertilidad sin poder llegar a ser una de las depositarias de la promesa. María espantó a la gallina con el delantal. La vida debía de seguir su ritmo. No estaría de más unos cuantos polluelos para aumentar el corral y aminorar las cargas de la casa. El joven de ojos azules se hizo a un lado, sin apartar la mirada de esa joven de Nazaret que intentaba acallar la voz confusa interior con el recurso de espantar a una gallina. - Ahora sí necesito agua –solicitó el joven de ojos azules. María agradeció aquella petición. Del cántaro vertió agua en el cuenco de barro y se lo ofreció. - Dicen que el agua de la fuente de Nazaret es tan buena como la del pozo que construyó Jacob –sonrió el joven Gabriel. - Mala no es. Dios nos ha dado ese fruto. María encontró espacio para fijarse de nuevo en la mirada del forastero. La comprobó otra vez nítida. El maligno no podría jamás enviar a un recadero con una claridad así. Aunque el maligno en un principio había sido el ángel más bello, luego pasó a convertirse en el ángel de las tinieblas. Por más sagaz que fuera, jamás podría ocultar esa mácula que lo había apartado de la luz. Tomó fuerzas. Antes de que el joven desprendiera de sus labios el cuenco, María acotó: - Y cómo puede suceder lo que has dicho, cómo podré ser madre si no he tenido relación con hombre alguno?. Ya estaba dicho. Ahora le faltaba al mensajero aclarar el entuerto. Dejó el cuenco sobre una pequeña repisa y lo dijo de una vez, con voz que ya no parecía la utilizada hasta entonces: -María, el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder de nuestro Dios te cubrirá con su sombra; por eso, tu hijo será santo, y lo llamarán Hijo de Dios. Allí tienes a tu parienta Isabel: a su vejez ha quedado esperando un hijo, y la que no podía tener familia se encuentra ya en el sexto mes de embarazo, porque para Dios nada es imposible. Bien. El joven de los ojos azules respiró profundo. Como si se hubiese quitado un peso de encima. El enviado había cumplido su cometido y únicamente le restaba esperar la respuesta. María no se demoró en demasía. Para que todo transcurriera por los cauces normales, para que el posible tentador no se saliera con la suya, para que el enviado pudiera devolver la respuesta justa, sin equívocos, la joven de Nazaret replicó: - Yo soy la esclava del señor, nuestro Dios; que se haga en mi lo que El desee. Gabriel, el joven de los ojos azules y clarísima mirada, la obsequió con su mejor sonrisa. Luego se retiró. Se detuvo junto a los chiquillos y accedió a un breve juego con ellos. María lo observaba desde el ventanuco. Luego corrió la cortinilla y retomó la masa. Había que apurar el trabajo para cuando llegara José. |